DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 6/1/2017 19:23

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Cubierta de la obra ‘Instrumental’ publicada por Blackie Books.

“La música clásica me la pone dura”. He ahí la primera frase de las confesiones del pianista James Rhodes. Y es una frase mucho más provocadora y obscena de lo que parece. A James Rhodes lo violaron por primera vez a los seis años, un profesor de gimnasia, y los abusos se prolongaron durante tres largos años. Rhodes ya advierte que la palabra ‘abusos’ se queda muy corta para lo que le hicieron. En realidad, no hay palabras para ello, pero él se empeña en buscarlas, a lo largo de casi trescientas páginas, para intentar dar nombre a lo que no se puede nombrar, para bautizar un abismo. El asco, el horror y la vergüenza se quedaron sepultados al fondo y han tardado tres décadas en emerger a través de Instrumental, el libro que la editorial Blackie Books acaba de publicar en español.

Escribirlo debió de ser terrible, pero publicarlo tampoco ha sido nada fácil. A pesar de que sale más que bien parada en sus páginas, la primera esposa de Rhodes se opuso a que el libro viera la luz con el argumento de que podía causar graves daños psicológicos al hijo de ambos. Tras un largo y costoso pleito en que el pianista gastó una fortuna y que involucró a celebridades como Stephen Fry y Benedict Cumberbacht, el Tribunal Supremo autorizó la publicación de Instrumental. De hecho, el violador le advirtió que no contara nada a nadie jamás, que le pasarían cosas terribles si lo hacía. Rhodes comprendió que los temores que lo habían atormentado durante treinta años se hacían realidad durante el juicio. El abogado de su ex llegó a compararlo con un enfermo de SIDA que hubiera contagiado deliberadamente a su mujer.

De las partes más tenebrosas de Instrumental puede decirse lo mismo que T. S. Eliot dijo de Cumbres borrascosas: “la acción sucede en el infierno; los personajes, no sé por qué, hablan inglés”. El infierno es psíquico y es fisiológico. La fisiología consiste en terribles dolores de espalda y ano que se prolongaron años y años, en sucesivas operaciones de colon y columna para corregir las lesiones causadas por las brutales penetraciones en un cuerpo tan pequeño, hasta desembocar en un plato fuerte quirúrgico: la fusión espinal. Los daños psicológicos fueron mucho más severos e incluyen intentos de suicidio, cortes en las muñecas y antebrazos y varias aterradoras estancias en hospitales psiquiátricos de donde salió convertido en un zombi. A los diez años, el pequeño Rhodes creía que una mamada era el mejor atajo para conseguir unos dulces y se prostituía en los lavabos del colegio. A los quince descubrió que ni siquiera le gustaban los hombres. A los veinte supo que la polla de aquel hijo de puta seguía clavada en su cabeza y que no había forma humana de sacarla de allí.

¿Por qué contar estas cosas? ¿Por qué no guardarlas para siempre en el sótano? Porque sólo hay una manera de luchar contra los monstruos y es sacarlos a la luz. El tabú sobre la pederastia es más o menos el mismo que campea sobre ciertos crímenes horrendos: el Holocausto, el Gulag, las cunetas del franquismo. Mejor no hablar de ello. Mejor no remover estas cosas. Por respeto, por no darles publicidad, mejor pasar página. Pero sucede justamente al revés: no sólo se puede hablar de estas cosas. Se debe. Hay que hacerlo, hay que desenterrar a los muertos o su olor, su pestilencia, no nos dejará vivir en paz. James Rhodes encontró su voz a través de la música, un día de su desgraciada infancia en que descubrió la Chacona en re menor de la Partita No. 2 para violín de Bach. Vagamente intuyó que la música no sólo es una pomada contra el dolor, sino también una forma soberana de expresarlo, un grito, una denuncia, un testimonio. Por eso Bach había compuesto la Partita en memoria de su esposa muerta, la compañera de su vida; como dice Rhodes: “una puta catedral musical erigida para recordar a su mujer, la torre Eiffel de las canciones de amor”. Por eso Rhodes incluyó la Chacona -en la versión para piano de Busoni− en su primer disco, Razor Blades, Little Pills and Big Pianos.

Algún lector desprevenido quizá pueda pensar que hay algo de exhibicionista, de impúdico, en esta clase de confesión. Sin duda alguna, lo hay, y Rhodes advierte desde las primeras páginas: “Soy un imbécil vanidoso, egocéntrico, superficial y narcisista”. Más de un crítico le ha reprochado que, al revelar las tinieblas de su pasado, el autor sólo pretende publicitar su libro e impulsar su carrera de pianista heterodoxo. Son muy libres de pensarlo, pero conste que es la misma clase de opinión que ha hecho de la violación y la pederastia dos de las vigas maestras de la cultura occidental. Rhodes las derriba a fuerza de humor negro, de incontinencia verbal, de rencor y de mala leche. Pero también de bondad, de inteligencia y de belleza. Porque, a pesar de sus demonios, sus precipicios y sus torturas, Instrumental es, más que nada, un libro sobre el amor, sobre el amor a la música y el amor a la vida.

Al negocio de la música Rhodes se acerca con el mismo desparpajo y la misma rabia redentora que a las instituciones psiquiátricas, preguntándose cómo tal universo de maravilla (Beethoven, Schubert, Ravel Scriabin, Prokofiev) se presenta al público envasado al vacío en mortuorios recipientes de tedio y respeto, envuelto entre flores nauseabundas y trajes de etiqueta. En su particular e irreverente enfoque del repertorio, nos enteramos de que Schubert era muy feo, Chopin un trepa, Bruckner un soltero bajito y gordo y Liszt un mujeriego que se metió a cura. Al intentar “liberar la música de la tiranía de los imbéciles”, al despojar a sinfonías, conciertos y sonatas del asfixiante caparazón de seriedad que les han echado encima durante siglos, se revela un legado prodigioso y palpitante, como devolver a un animal disecado a la vida. Es lo que le ocurrió a James Rhodes: lo que cuenta en el libro es una resurrección. La única duda que me queda después de leerlo es cómo se salvarán las víctimas que no cuentan con la ayuda del talento y el arte.

James Rhodes (YouTube)

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  • Isabel

    Antes de leer esta entrada tuve la oportunidad de leer otra, muy parecida y sobre el mismo libro, firmada por Rosa Montero. Si está en EBook me haré hoy mismo con la historia de James Rhodes.

  • Amaya García

    “Escribirlo debió de ser terrible, pero publicarlo tampoco ha sido nada fácil.”
    En ese caso, nos olvidemos de lo que debió de ser traducirlo, que los traductores también tenemos nuestro corazoncito y nos afectan los textos que tenemos que asimilar y reescribir. El mérito en este caso es de Ismael Attrache.

  • Klaus T.

    Amaya, es evidente que no se refiere a la dificultad de la escritura, sino de la vivencia. Evidentemente, el traductor está muy alejado de eso

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