‘Vida de Galileo’ o el nacionalismo es la peste

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Escena de la obra 'Vida de Galileo'. / cdn.mcu.es

Hoy viernes estará entre nosotros y hasta el 20 de marzo, se estrena en el Teatro Valle Inclán, con montaje del Centro Dramático Nacional, Vida de Galileo, de Bertolt Brecht, bajo la dirección y versión de Ernesto Caballero y con la traducción del texto brechtiano a cargo de Miguel Sáenz, uno de los grandes traductores del alemán y Premio Nacional, y con Paco Azorín a cargo de la escenografía. El montaje es ambicioso, tanto que pasa por ser uno de los grandes acontecimientos de la temporada teatral madrileña. Para hacerse una idea: 14 actores, entre los que se cuenta Ramón Fontseré, legendario actor de Els Joglars, pero también, Chema Adeva, Marta Betriu, Paco Déniz, Alberto Frías, Pepa Zaragoza, Borja Luna, Ione Irazabal, entre otros, y con acompañamiento de la música de Hans Eissler, a cargo de Javier Coble, Pau Martínez y Kepa Osés. Un enorme escenario y montaje de la temporada teatral en homenaje a una de las principales obras de Bertolt Brecht, que a su vez es uno de los grandes renovadores del teatro moderno en el siglo XX. Miel sobre hojuelas. La cosa promete más de lo esperado.

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Toda la obra responde a una enorme tensión. Bertolt Brecht realizó tres versiones de la obra: la primera, en el 38, cuando se refugiaba por Dinamarca huyendo de los nazis, la segunda en colaboración con Charles Laughton y que estaba muy adaptada a los gustos del público norteamericano, y la última de 1955, muy influido por la guerra nuclear y la proliferación de las armas atómicas, obra más sombría, más desencantada y que es la que Caballero ha preferido para ser representada hoy día. Hay que decir que es obra muy alejada de los hechos reales y que Brecht utilizó como una ajustada metáfora de la libertad de pensamiento ante la imposición totalitaria: en un momento de la obra, el mismo Brecht aparece afirmando que el nazismo es la peste, el fascismo es la peste, el totalitarismo es la peste, el nacionalismo es la peste, aparte de advertir que hay que ser realistas, por lo que no hay que dejarse seducir por cantos de sirenas. Todo un programa de ética revolucionaria en unos tiempos en que parecen aflorar los viejos fantasmas, con la crisis económica al fondo y el hundimiento de las socialdemocracias.

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El montaje responde a esa claridad conceptual, tan presente en Brecht. En un escenario giratorio deambulan los actores recitando textos sin apenas movimientos. El argumento es igualmente transparente, casi pedagógico: la pieza está ambientada en 1609, en los últimos años de vida de Galileo. Comparte vida con su hija Virginia en su hogar de Florencia y quiere transmitir sus conocimientos a Andrea, el hijo de su casera. Comienza entonces el famoso juicio a sus tesis sobre el sistema solar, del que no le libra ni el propio cardenal Barberini, hombre culto e ilustrado. Concluye el proceso y Galileo recibe la visita de Andrea, ya estudiante universitario. El físico le hace entrega de un documento que contiene el nacimiento de dos nuevas ciencias y le ruega que difunda la obra más allá de las fronteras de Italia.

“La verdad es hija del tiempo y no de la autoridad” dice en un momento determinado Galileo. Frase premonitoria que nos aleja de los cantos de sirena de que nos advierte el dramaturgo. Para Fontseré, que realiza el papel principal, el de Galileo, es una de las frases que resume el espíritu de la obra, tanto que el actor cree que la retrata en su totalidad. El físico es tenaz, como verdadero científico y luchador de las luces, pero el actor, para atemperar ese carácter, le ha dado un toque irónico, un tanto distante, algo muy brechtiano, y que moderniza el espíritu épico del protagonista.

Caballero cree que la simbiosis Bertolt Brecht- Galileo tiene visos de perfección, ambos eran bont vivants, gente que sabían gozar de la vida, pero, sobre todo, eran tenaces, resueltos y ambos, cada uno en su esfera, lograron destruir los prejuicios de su época: Galileo con su tesis de que no éramos el centro, con lo que la autoridad piramidal de la Iglesia quedaba cuestionada, y Brecht removiendo el teatro en aras de la participación del espectador en la obra a través de unas estructuras de texto y escénicas que siguen vigentes hoy día.

El director ha sido fiel a la imagen que Brecht da de Galileo, figura muy alejada del héroe romántico que la ciencia del XIX promovió. Es figura realista que no se engaña respecto a los poderes del momento y hombre empírico, práctico. Creador del factor científico como motor del proceso social, así lo quiso Brecht, este Galileo posee la versatilidad que le dio el propio dramaturgo, pues en el montaje de Caballero se tiene en cuenta el concepto de teatro global de Brecht, cosa difícil de conseguir, cara de realizar y que se ha hecho raras veces en España. Deberíamos recordar que antes de este montaje ya se realizaron otros, uno en el teatro Barceló, en el 76, en adaptación de Emilio Romero, y otra más acorde con el original, de 1999, representada en el teatro Bellas Artes, bajo la dirección de Santiago Sánchez, una buena versión algo oscurecida por esta de Caballero, mucho más moderna y con una idea de los tiempos de la dramaturgia mucho más sofisticada.

Una de las obras más esperadas de la temporada. Bertolt Becht nunca desmerece.

centrodramatico001 (YouTube)

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