La bofetada

Protagonistas The Slap
Cuatro de los protagonistas de la miniserie australiana de TV ‘The Slap’. / play.google.com

El empleo de diversos puntos de vista para iluminar un mismo hecho es una técnica narrativa que vertebró diversas novelas de James y de Conrad, articuló ese Faulkner gran reserva que es Mientras agonizo y dio pie a que Cabrera Infante, Queneau y Perec formaran ingeniosos rompecabezas. Probablemente, el empeño literario más grandioso en lo que a juego de perspectivas se refiere sea El cuarteto de Alejandría, la magna tetralogía de Lawrence Durrell que, como él mismo señala con no poco orgullo, sigue el modelo del espacio-tiempo de Einstein, con tres novelas que representan la tres dimensiones del espacio –Justine, Balthazar, Mountolive– y la cuarta, Clea, que marca el desarrollo temporal.

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En el cine los ejemplos más famosos de estudio del punto de vista son Rashomon de Akira Kurosawa, con su brillante narración de un crimen desde cuatro perspectivas distintas; Laura de Otto PremingerEva al desnudo de MankiewiczForajidos de Robert Siodmak (una inventiva adaptación del relato The killers, de Hemingway); Barry Lyndon de Stanley KubrickReservoir Dogs, la primera e inigualada cima de Quentin Tarantino. El recurso apuntala, como sugería metafóricamente Durrell, una teoría de la relatividad de la narración, donde las distintas voces permiten examinar una realidad siempre escurridiza y subjetiva.

En la pequeña pantalla, este juego de perspectivas ha alcanzado una extraña perfección en The Slap, una miniserie australiana de ocho capítulos que resulta una breve y compleja maravilla. Basada en una novela de Christos Tsiolkas, dramaturgo australiano de origen griego, cada capítulo está contado desde el punto de vista de un único personaje, monólogos incluidos, mientras que la acción va avanzando a partir de un incidente en apariencia trivial: durante la fiesta de cumpleaños de Héctor, inmigrante griego que acaba de entrar en los cuarenta, uno de los críos recibe una bofetada de un adulto. Ese golpe, de improviso, pone en evidencia la fragilidad no sólo de las relaciones entre el grupo de amigos sino de nuestras propias convicciones éticas. El niño -malcriado por un padre alcohólico y sobreprotegido por el victimismo de una madre que todavía le da el pecho en público- revela el secreto oscuro de Harry, el macho alfa que, bajo su estampa de empresario triunfador, oculta a un maltratador doméstico. Pero hay más secretos escondidos: Connie, la niñera, está enamorada de Héctor y trabaja por el día en la clínica veterinaria de su esposa, Aisha, quien a su vez ya está un poco cansada de su matrimonio. En unas pocas pinceladas se nos muestran algunas de las líneas maestras del drama que se avecina. Adulterio, celos, homosexualidad latente, abusos, alcoholismo, el miedo a la madurez y a la vejez se van entretejiendo a través de los prismas de ocho personajes, cuatro hombres y cuatro mujeres.

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Hay ya una adaptación estadounidense de la teleserie, perfectamente prescindible porque el original australiano es soberbio. Con su reducido aunque formidable elenco, su elegante producción y sus sencillos decorados, The Slap pone en entredicho, una vez más, esa estupidez de que para hacer buena ficción televisiva hace falta mucho dinero. No, lo que hace falta únicamente es una narración potente, saber hacer, actores sólidos, técnicos competentes, buen gusto y, sobre todo, no tomar a la audiencia por imbécil. En este país se hicieron miniseries con talento cuando había excelente material de partida y la adaptación de Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester es el mejor ejemplo. Por eso, The Slap es también una bofetada en la cara a los que cada día sufrimos y también sufragamos gilipolleces sobre ninjas medievales, calcos carcelarios, gimnasios para descerebrados, vecinos mongólicos y ministerios temporales que dan vergüenza ajena y propia.

ABC Tv (YouTube)

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