Nico Rost, embajador de la causa republicana en Dachau

nico_rost_goethe_en_dachau
El escritor holandés, Nico Rost, auntor de ‘Goethe en Dachau’, durante su 70 cumpleaños. / Wikipedia

Dachau fue el primer campo de concentración que Adolf Hitler ordenó construir tras su llegada al poder en 1933. Un campo modelo, convertido en una suerte de teatro, que trata de mostrar a la prensa internacional que las condiciones de los presos, en su mayoría comunistas y socialdemócratas, no son tan malas. Por eso, en Dachau había una biblioteca. Allí escribió su diario Nico Rost (Groninga, 1896), periodista y traductor, corresponsal en España y Alemania, que sobrevivió a su internamiento en el campo gracias a la literatura. ContraEscritura Ed. publica por primera vez en castellano Goethe en Dachau, el diario de Rost, “el holandés loco que devoraba libros y engullía papel”, como lo definían sus compañeros.

Publicidad

Nico Rost reside en Berlín desde 1923 donde trabaja como escritor, traductor y periodista. Su militancia en el Partido Comunista desde 1927 y su relación con intelectuales de la época le lleva a ser arrestado por primera vez en 1933 y encerrado en el campo de concentración de Oranienburg, sobre el que también escribirá un libro. Tras su salida, y ante la negativa de Rost a confabular con el régimen, recibe una orden de expulsión del país y se traslada a Bélgica. Durante la invasión en 1940 de Países Bajos, participará en la resistencia acogiendo en su casa a escritores y artistas que huían de la Alemania Nazi, convirtiéndose así en uno de los hombres más buscados por las tropas nazis. El 6 de mayo de 1943 es detenido de nuevo. Un año después y tras pasar por varias prisiones y campos, es trasladado a Dachau con un absceso en la pierna que lo llevará directamente a la enfermería donde permanece hasta la liberación del campo. El día 10 de junio de 1944, Nico Rost comienza a escribir las notas que darán lugar a Goethe en Dachau y lo hace, claro, citando al escritor alemán: “La Vieja Tierra todavía sigue ahí y el cielo aún sobre mí arquea”.

Diario de un lector

Goethe en Dachau es un diario de un preso en un campo de concentración que no habla sobre campos de concentración. Goethe en Dachau es un diario de lecturas y reflexiones, de experiencias vitales, una guía de conversaciones y debates de un intelectual recluido. Nico Rost aprovecha en primer lugar el hecho de estar encerrado en la enfermería y tener acceso a la biblioteca del campo, que contaba con más de 15000 ejemplares, para leer ávidamente. Marta Martínez, editora del libro, explica que aunque existía una censura, la total ignorancia de los oficiales de las SS y el contrabando permitieron que grandes obras de la literatura con un profundo contenido político, defensoras de la libertad y la democracia, estuvieran en los estantes de la biblioteca de Dachau. Todo lo que se sabe de aquella institución, de la que apenas se conservan 50 libros, es precisamente gracias a las notas de Rost. En segundo lugar, el escritor neerlandés toma la presencia de importantes intelectuales y políticos en el campo como una oportunidad para fomentar intensificar su actividad intelectual, fomentar el debate, la reflexión, el intercambio. Incluso se constituyen pequeños clubes de lectura, se dan clase los unos a los otros y, ante la desidia, se recetan libros. 

Aunque el libro fue publicado originalmente en neerlandés en 1946, se trata de un texto incompleto e impreciso, fruto de la urgente necesidad de contar de Nico Rost. Una segunda edición, esta vez en alemán y traducida por la mujer de Rost, Edith, es publicada en 1948. De esta versión, y dado que los manuscritos no se conservan, parte la edición en castellano. Nuria Molines, la traductora, destaca aspectos de la escritura de Nico Rost que resultan fundamentales para comprender mejor la obra. La primera, la distancia emocional que Rost establece al usar el alemán para hacer referencia a todo lo relativo al campo. Una distancia que Molines ha decidido conservar en la versión en castellano en la que esos términos tampoco están traducidos. La segunda, que Rost escribe siempre en futuro, como obviando lo extremo y volátil de su situación. Es un grito de esperanza. “Él dice en el libro que la única manera de sobrevivir en el campo es la vitamina L de literatura y F de futuro”, explica Nuria. Y eso hace: leer y pensar a largo plazo. El tercer aspecto que destaca en el diario es el particular sentido del humor de Nico Rost. “Yo creo que lo utiliza como una tabla de salvación. No es una manera de banalizar lo que le rodea sino todo lo contrario”, reflexiona la traductora.

Frontal Goethe-1
Portada del libro de Nico Rost, ‘Goethe en Dachau’. / ContraEscritura Ed.

Recuerdos de su paso por el frente español 

España también está muy presente en Goethe en Dachau. Durante sus años como periodista en Alemania, Nico Rost viaja en varias ocasiones a la península en plena Guerra Civil. En 1937, visita Barcelona, Madrid, Valencia… y recorre los campos de batalla. Entrevista en varias ocasiones a Dolores Ibarruri, ‘La Pasionaria’, y escribe un libro que recoge la crónica de su periplo: Desde el frente libertario español. Rost apoya la causa republicana como intelectual antifascista y participa en julio de ese mismo año en el Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura en Valencia, en el que coincide, entre otros, con Antonio Machado, Pablo Neruda o César Vallejo. Su profundo conocimiento de la situación en España hace de Nico Rost embajador de la causa republicana en Dachau. El escritor se convierte en una referencia sobre política española en el campo para quienes creen, explica el propio Rost, que la guerra contra el fascismo empezó en el 39.

“Sus recuerdos de España son muy vivos”, explica Marta Martínez, “él tiene muy presente lo que ha visto y ha vivido en España, casi como un preludio de la Segunda Guerra Mundial”. Tanto que el escritor se estremece cuando un prisionero español, malherido, es internado en la enfermería y clama a voz en grito: “¡Madre! ¡Madre!” Los mismos lamentos que el escritor había escuchado durante los bombardeos en Valencia, de los que fue testigo como corresponsal.

Dachau, con 700 presos, es el segundo campo de concentración en el que más españoles fueron recluidos. La mayoría, considerados presos políticos, fueron detenidos cuando participaban en la resistencia en Francia. Dachau era un campo enorme, dividido en pequeños campos satélite completamente autónomos. Al campo principal, los presos solo acudían para ir a la enfermería. Por eso y porque la mayoría de los españoles acabaron en Mathausen, resulta tan sorprendente que Nico Rost y Alfredo volvieran a encontrarse.

Alfredo es un miliaciano español que luchó en la Guerra Civil y que Nico Rost conoce en Brunete. Tras la derrota de la República, Alfredo se exilia en Francia donde es detenido y enviado a distintos campos de concentración hasta que llega a Dachau. Alfredo fue el chófer de Rost durante su primera visita a España y llegó incluso a pasar unos días en casa de la familia del miliciano en Madrid, muy cerca de la Puerta del Sol. “Hemos estado un año buscando a Alfredo”, relata Nuria Molines, “pero ni con el archivo de Mathausen ni con el de Dachau lo hemos conseguido. Seguiremos tratando de ponerle apellido”.

Un acto de rebeldía intelectual 

Publicidad

Goethe en Dachau no es un relato del horror sino la prueba de la supervivencia. No sólo una supervivencia física sino también intelectual. El mero acto de escribir el diario, tal y como apunta la escritora alemana Anna Seghers en el prólogo, es un ejercicio de rebeldía de Nico Rost. Pero lo es además que el texto huya de la victimización del prisionero para convertirlo en un ser humano pleno cuya dignidad se fundamenta en su capacidad reflexionar y cuestionarse en el más aciago de los contextos: la constante tortura física y mental y el acecho incesante de la muerte. Nico Rost se abstrae en el ejercicio de la escritura, no ya de su encierro físico, sino del contexto político e histórico en el que se encuentra para ir un paso más allá. Y lo hace aún en el campo.

Para Marta Martínez, la relevancia del libro radica en que ofrece una experiencia completamente distinta y prácticamente ausente en la literatura concentracionaria. Rost, explica la editora, se niega a caer en el sistema de deshumanización de los nazis: “Él sabe que es un intelectual, que forma parte de su carácter la lectura, la reflexión y no deja de hacerlo. Nico Rost probablemente desde ese punto de vista más abstracto sea uno de los pocos supervivientes de los campos porque no solo sobrevive físicamente sino también espiritualmente. Su carácter, lo que él hace, lo que le define… permanece intacto. Este libro es único porque muestra otro punto de vista. Que sí, hubo alguien que consiguió no ser solo un número”.

(*) Beatriz Ríos es periodista.