ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 19:03

El profesor de Ética de la Universitat de Barcelona, Norbert Bilbeny. / www.norbertbilbeny.com
El profesor de Ética de la Universitat de Barcelona, Norbert Bilbeny. / Jordi Roviralta (norbertbilbeny.com)

Como agua de mayo ha salido a las librerías un libro escrito por Norbert Bilbeny, Reglas para el diálogo en situaciones de conflicto (Los libros de la Catarata, 2016). En tiempos urgentes de diálogo y entendimiento, con unas segundas elecciones cerca que amenazan con no resolver nada, este tomito podría recomendarse a los dirigentes políticos como lectura de cabecera. Cuartopoder.es ha hablado con su autor, catedrático de Ética de la Universidad de Barcelona, autor –y premiado- de varios libros sobre filosofía moral y política. 

— Ha escrito una “pragmática del diálogo”, según sus palabras. ¿Se puede  aplicar a la situación política actual en España?

— Lo escribí preocupado por la situación en Cataluña que, después, se ha extendido a la de España, la de Europa con el debate del Brexit y el problema de los refugiados y, en general, la del mundo, donde la guerra ha acallado los argumentos de un improbable diálogo. He intentado ser radical mientras lo escribía.

— ¿Se acerca algún partido a una situación radical de diálogo?

“Escribí el libro pensando en Cataluña y la situación se ha extendido a España
y Europa”

— Yo no lo veo. Prima el interés partidista con acentos sectarios. No es que me parezca mal que los partidos defiendan sus intereses, pero más prioritario es el interés público al que deben servir los partidos en una democracia.

— Me ha sorprendido ver que Albert Rivera también ha echado mano del sistema de interrumpir, con Iglesias; era casi el único que no lo hacía. ¿Hay miedo a las opiniones del otro?

— Hay algo peor que miedo: desinterés. No contar con el otro; no existe. Su opinión no me interesa y si no es la mía, menos. Entonces desconectamos o le insultamos. La democracia es un régimen de opinión, pero con monólogos ni hay opinión ni democracia. Hoy priva la inmediatez y la emoción por encima de las razones y la dedicación a hablar. Escuchar al otro, intentar entender sus razones, no excluye que podamos exponer la nuestra. No son excluyentes estas dos actitudes, necesarias para que se dé diálogo. Las soluciones políticas que prosperan se han logrado a través del diálogo donde es muy importante la persona que desempeña el papel de intermediario.

Portada del nuevo libro de Bilbeny. / catarata.org
Portada del nuevo libro de Bilbeny. / catarata.org

— Frases como “usted no es decente” no ayudan al desarrollo  del diálogo, imagino.

— Eso fue una formidable metedura de pata. Pero es lo que parece requerirse porque tiene rentabilidad mediática y electoral. Aunque, no sé, las personas inteligentes se pasarán a otro canal de televisión, supongo.

— Las más preparadas, las mejor informadas, sí, pero…

— Somos un país notablemente alegre y comunicativo y no creo que el problema sea de falta de preparación ni de información. La dificultad se presenta cuando se trata de disputas de interés. Entonces somos menos buenos dialogando y conversando. Cada vez más se recurre a la mediación. Mala señal.

— En el libro se habla de negociaciones que fallan por motivos personales…

— Claro; los motivos personales son tanto un estímulo como un obstáculo para el desarrollo del diálogo. La personalidad del intermediario es, por eso, de suma importancia, alguien capaz de escuchar y acercarse a la posición de la otra parte. Si la persona está en ánimo positivo, el diálogo funciona, pero la obcecación cierra toda posibilidad de acercamiento de posturas.

— ¿Qué cualidades morales debe tener un intermediario en un conflicto o el representante de un partido político, para el diálogo?

— La cualidad de una personalidad dialogante. Es decir, apertura, argumentos, respeto al otro y clara defensa de lo propio. No se trata de “aproximarse” al otro, sino de explorar juntos un punto común. Hay que tener capacidad para ello.

— “Otrarse”, como dice Pessoa y usted menciona en el libro. ¿Eso requiere personas muy ecuánimes?

— En todos los partidos las hay gente respetuosa y dialogante, pero no interesa que se muestren en primera línea, se prefiere otro perfil de representación.  El “otrarse” es una suma de inteligencia y empatía. Nos hace vernos desde fuera, pero así también comprender y, si es preciso, relativizar al otro, tan “otrado” como nosotros. Se aprende en el hogar y la escuela. Pero el egoísmo y la arrogancia que muchos maman desde la infancia nos empujan a esa falta de “otramiento”, indispensable para sacarnos de conflictos -y para disfrutar de la conversación- con el diálogo. A los políticos y financieros, como dice Don Quijote: “Llaneza, Sancho, no te encumbres, que toda afectación es mala…”

— Se habla del procomún, casi como una moda urbana, pero ¿cuánto hay de tendencia real de cambio de paradigma?

“La izquierda clásica tenía las ideas más claras, ahora son consignas y bastante ensoñación”

— Sí, asistimos a una vuelta de lo común, pero falta definir en qué y para qué. La apelación es emocional y populista. La izquierda clásica tenía las ideas más claras. Ahora son consignas y bastante ensoñación.

— “No hay más objetividad que el acuerdo de subjetividades” (Rorty), como menciona en el libro, ¿desmonta la idea de que “hay que ser objetivos” en un conflicto?

— La objetividad no existe. Es un acuerdo, o sea el fruto de un entendimiento sobre lo que llamamos ser objetivo. Pero la subjetividad en sí misma es insuficiente y a menudo engañosa: ha de abrirse a la información, el rigor del pensamiento, y al otro…

— Apunta que conversar es mejor para resolver un conflicto que el diálogo como mero formalismo, y pone usted como ejemplo a Barenboim, el músico.

— Conversar es dialogar largo y tendido. Lo cual da más frutos en una negociación que la interlocución a la directa.  El acuerdo entre hablantes es como un acorde entre intérpretes musicales. Y la dirección de orquesta lo hace posible. Pero cada interlocutor dirige su propia orquesta. Acordar es concertar; si matizamos nuestros silencios y nuestras voces, el diálogo fluirá mejor. Mal ejemplo, el de los tertulianos en los medios, o los políticos en el foro. Daniel Barenboim ha escrito sobre eso. Inteligente y sensible; interculturalista.

— La historia de Europa –dice- es una historia de falta de diálogo.

— Una historia de guerra civil, sí. Del 45 al 75 se vivió un periodo de esperanza, a pesar de la guerra fría, pero eso se acaba con la caída del Muro de Berlín, en 1989, de donde surgen los conflictos de Afganistán, Irak, la ex-Yugoslavia, Irán… etc. Entonces Estados Unidos decide unilateralizarse, ante la idea de que la historia ha terminado (Fukuyama) y por tanto no hay diálogo que valga pues la única razón válida es la de la democracia occidental. Y esa la imponen ellos. Por las buenas, o no.

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