Así de dulce era América (y II)

David Torres

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Imagen: auzza38 (pixabay.com)

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Negué con la cabeza. Luego pensé que tenía más posibilidades de morir en un accidente de tráfico que de un ataque cardíaco. Me metí a rastras en el coche y esta vez, aparte del calor, percibí de inmediato la tufarada a fritanga y a fósiles de pizza que emanaba del asiento trasero. Miré la hora en el reloj como si luego tuviera que anotarla, preparar un informe, una coartada. Eran casi las dos de la mañana. Mónica no abrió la boca mientras conducía calle arriba devorando semáforos. A la altura de la Cruz, le dije que doblara para tomar Hermanos García Noblejas. Y quiénes coño serían los Hermanos García Noblejas para merecer una calle tan larga, tan grande y tan fea.  No vi venir la moto por el retrovisor hasta que Mónica no masculló “joder” entre dientes. Pegado a mi ventanilla, el piloto empezó a chillar y a pegar patadas al coche. Apenas reconocí a Paco traspasado por la velocidad, embutido en la rendija del casco. Mónica dio el intermitente, se echó a la derecha y aparcó. Paco abrió la portezuela con una violencia que me hizo pensar en huesos desencajados.

– Sal del coche.

– No puedo. Soy paralítico.

– Te he visto andar antes, gilipollas. Sal, que te voy a matar.

– Paco.

Mónica rodeó el coche y lo agarró del brazo. Con la blusa, la minifalda y las botas altas de ella y el casco negro y el chándal blanco a listas rojas de él, hacían una excelente pareja de barrio periférico. No había sido muy buena idea interponerse en aquella historia de amor.

– Sólo quiero que salga del coche y hablar un rato con él.

– Paco, tienes un juicio pendiente.

– ¿Cómo te llamas, colega?

– Terry –dije–. No. Espera. Terry era el pastor alemán.

– Sólo fuimos a casa a pillar algo de coca.

– ¿Y él a qué fue?

– Es amigo de Claudio, Paco.

– ¿Eres amigo de Claudio?

Lo miré fijamente a la ranura del casco, donde brillaban los pinchos de sus ojos y pensé que ahí estaba la muerte, la misma que llevaba días cortejando. A lo mejor debería contarle que su novia había intentado chuparme la polla media hora antes, pero pensé que no era buena idea. Se supone que pretendía suicidarme yo, no suicidar a Mónica.

– ¿Quieres que te mate, tío? ¿Es eso? Que salgas del puto coche.

Se arrancó el casco de un tirón y lo arrojó en medio de la calzada. Rebotó como una calabaza y se quedó cabeceando en la mediana; quizá mi cabeza o la de Mónica habrían llegado más lejos. Recién desembalada, congestionada por la ira, su cara era una emulsión de harina y sangre. Me agarró de un codo, casi alzándome en vilo y me arrojó a la acera. Rodé, caí de culo y me quedé sentado mientras Mónica intentaba hacerle ver los inconvenientes de matarme a hostias. Cuchichearon un rato, ella le rozó una mano, él le tocó la coleta. Al final se abrazaron y luego el chándal blanco se separó, vino hacia mí y extendió un brazo para ayudar a levantarme.

– Lo siento, tío. No sabía lo de Claudio.

Fui a replicar con un chiste pero la mirada de Mónica me disaudió. Acepté su mano, me puse en pie, me froté los pantalones manchados. Tenía un siete a la altura de la rodilla.

– No pasa nada –dije.

El chándal cruzó la calle en dos zancadas, recogió el casco, se lo enfundó en la cabeza y regresó hacia su montura. Era una moto grande y negra, un acertijo de tubos y metales brillantes, probablemente de buena marca, pero tampoco tengo mucha idea de motos. La arrancó mientras Mónica le daba un último abrazo. Luego pasó a mi lado como una borrasca, retembló al bajar la acera, describió una amplia curva, saltó la mediana y se perdió en la noche.

De repente sentí un escalofrío, como si la motocicleta se hubiera llevado todo el calor envuelto en su cortejo de polvo. Eché una mano a Mónica que intentaba arreglar la portezuela desencajada pero al final desistimos. No me quedó otro remedio que viajar sosteniendo la manija. Atravesamos un silencio extraño mientras la avenida se desplegaba en su métrica irregular de árboles, farolas y cubos de basura. Después de unos cuantos bloques de pisos, la carretera se internaba sola en la oscuridad, más allá de San Blas, a través de un descampado yermo, una tierra de nadie roturada de montículos y hierbajos atónitos a la luz de los faros. Casi se adivinaba la silueta del poblado gitano desmantelado muchos años atrás, las antenas fantasma, los desperdicios, los arroyos de mierda, las chabolas abandonadas. En mi niñez aquel páramo era el fin del mundo, un vertedero de traficantes de poca monta, navajeros anoréxicos y yonquis terminales donde ni siquiera se atrevía a entrar la policía. Yo nunca me había acercado tanto pero recordaba haber visto a zombis jóvenes deambulando ebrios de camino al desguace, mendigando por las aceras, robando cualquier cosa: un reloj, una barra de pan, unos pantalones colgados de un tendedero. Se decía que tras la fachada de cartón y chapa roñosa se ocultaba uno de los mayores centros de distribución de droga de Europa. Hoy no quedaban más que matorrales, mogotes y piedras. El coche se tragó un bache y la portezuela casi se me escapa de las manos. A lo lejos aparecieron las primeras calles de Vicálvaro.

– ¿Dónde vamos?

– A ver a Claudio.

A pesar de mi pregunta, me sorprendió su voz: no sabía que pudiera estar callada tanto tiempo. Circunvalamos una rotonda y nos detuvimos un poco más allá, en una avenida casi desierta que parecía una prolongación del descampado. Había solares a derecha e izquierda, una tapia a medio derruir, esqueletos de árboles. Mónica aparcó y apagó el motor y los faros. Durante unos minutos seguimos callados, mientras un par de farolas goteaban luz sobre la acera. Al fondo, apelmazado en la oscuridad, se erguía un bloque de viviendas. Mónica señaló la única ventana encendida en la fachada, un rectángulo velado por las cortinas en uno de los últimos pisos. Aquella pincelada de luz le daba al edificio el aspecto de un faro desamparado en la frontera de la tierra firme. Daba la impresión de que ahí terminaba la ciudad y empezaba otra cosa: la tiniebla, la noche eterna extendiéndose sobre fríos y negros océanos. Fui a abrir la portezuela del coche pero Mónica me detuvo con un gesto.

– ¿No íbamos a ver a Claudio?

– Ya lo estamos viendo –dijo–. Esto es lo máximo que puedo acercarme a él.

Habló sin dejar de observar la ventana, apoyando la nuca en el respaldo del asiento. Yo escuchaba la voz monótona brotando del perfil en sombra, tendiendo un cable a lo lejos, hacia la única luz encendida en la fachada. Claudio fue su primer amor, el hombre que se enamoró de ella cuando apenas era una chiquilla. Lo conoció en un concierto; él tocaba la guitarra en un grupo de rock; un hombre alto, fuerte, con melena y barba de chivo, con ropas de cuero negras. Mónica se acercó luego junto a unas amigas, Claudio la invitó a tomar una copa y ella se sintió atraída de inmediato, no sólo por su corpulencia y su físico, sino por la diferencia de edad entre ambos. Claudio –se enteró más tarde– tenía treinta y seis años; ella, diecisiete. Casi de inmediato se enamoró de Mónica absolutamente, como un animal, sin límites ni medias tintas. Le escribía poemas, tocaba la guitarra, le dedicaba canciones, la llevaba al cine, al teatro, a conciertos de rock y a restaurantes caros. Mónica era una emperatriz adolescente recién coronada, recién ascendida a su trono. Para darles envidia, les contaba a sus amigas íntimas cómo hacían el amor, cómo él le traía el desayuno a la cama, cómo hacía todo lo que ella le pedía. Al poco de empezar a salir juntos le pidió que se casara con ella. Mónica, halagada y asustada, le dijo que tendrían que esperar hasta que ella cumpliera dieciocho. Que una cría, por guapa que fuese, pudiera seducir de ese modo a un gigantón vestido de cuero negro, le pareció fascinante. Empleó esa palabra, fascinante, la repitió mientras sacaba un cigarrillo, lo encendía y bajaba la ventanilla para expulsar el humo.

– Yo era sólo una niña, entiendes, pero lo manejaba a mi antojo. Descubrí que podía hacer con él lo que quisiera, lo que me diera la gana. Un día, después de una discusión tonta, le dije que si quería demostrarme cuánto me quería, tenía que apagarse un cigarrillo en la mano. Lo dije por decir, sin pensar realmente lo que estaba diciendo, pero Claudio lo hizo sin pestañear, mirándome fijo a los ojos y no me di cuenta de lo que había ocurrido hasta que olí el tufo a carne quemada. Eso me asustó pero también me excitó muchísimo. Me di cuenta del poder inmenso que había adquirido, algo que iba mucho más allá del amor o del sexo. Era sólo una cría que aún vivía con sus padres y ya tenía un hombre a mis pies, un esclavo para mí sola.

Por segunda vez en la noche pensé en arañas y en moscas. Mónica soltaba el humo en espirales que salían por la ventanilla y se disipaban en la oscuridad.

– Mis padres descubrieron la movida y me prohibieron verlo. Estuvieron a punto de denunciarlo a la policía pero les amenacé con suicidarme. Les monté una escena que te cagas. Total, al final acabamos viéndonos a escondidas y cuando cumplí los dieciocho me fui a vivir con él, allí, a ese mismo piso –señaló la luz encendida–. Los primeros meses fueron maravillosos, follábamos de día y de noche, salíamos a cenar por ahí, lo acompañaba a todas partes. Era un hombre tan dulce, después del sexo siempre se levantaba a poner algún disco, algo de piano o de trompeta, jazz, baladas, se sentaba desnudo en la cama y empezaba a contarme historias sobre músicos, historias tristes que casi siempre acababan mal, llenas de nombres propios de los que yo nunca me acordaba.

Mónica soltó una última ráfaga de humo que salió flotando hacia la noche. Arrojó la colilla a la calle.

– Una vez le pregunté si no preferiría tocar así en lugar de aquel rock suyo machacón y ruidoso. Se echó a reír y me dijo: Nadie puede tocar ya así, nena, y yo menos que nadie. Me señalaba una melodía como si se deshiciera entre sus dedos y me explicaba por qué era tan hermosa, qué intentaba decir, qué martirio horrible se escondía detrás de esa belleza. Casi todos los músicos de los que me hablaba eran drogadictos, alcohólicos, negros maltratados desde la niñez o todo eso junto. La vida es amarga pero la música es dulce, nena, me decía. Ese es el secreto. Así de dulce era América.

Agarró el volante con las dos manos, fuerte, como si quisiera evitar un choque. Pero estábamos varados en medio de la madrugada, entre susurros sonámbulos y sueños proletarios. Una brisa extraña iba apartando el resquemor de julio. No una brisa, sino una frialdad que parecía emanar de la misma tierra.

– ¿Te aburro?

– No.

– Como no dices nada.

No decía nada porque no había nada que decir. Mónica siguió hablando mientras tamborileaba los dedos en el volante.

– Me trataba como una reina, ésa es la verdad. No me negaba ningún capricho, ni uno solo. A lo mejor ése era el problema porque empecé a cansarme de él lo mismo que de un postre demasiado empalagoso. Igual que una muñeca que me regalaron por reyes, la llevaba conmigo a todas partes, al colegio, a la calle. No me separaba de ella ni para ir al baño y un día, porque sí, me harté de ella. ¿No te ha pasado eso alguna vez? ¿Encapricharte de un juguete?

– De un juguete. Sí.

– Paco dice que necesito mano dura –sonrió, vi su labio curvarse en algo que quizá fuese una sonrisa–. Mi madre me regañaba, decía que soy una caprichosa. No sé, tal vez los dos tengan razón. Lo cierto es que cuando abandoné la casa de mis padres, ya no hubo nada que me impidiera estar con Claudio a todas horas. Pero ahora estar con él había dejado de ser una aventura. Ya no era una novedad, se convirtió en otra cosa, algo, cómo decirlo. Oficial. Aburrido.

– ¿Como ir al colegio?

– Algo así. Una obligación, entiendes. El día en que cumplí los dieciocho me llevó a un sitio muy caro, terminamos de cenar, pidió champán, sacó una cajita y la empujó al lado de mi copa. Yo no quería abrirla porque sabía que dentro había un anillo. No me asusté como la primera vez que me lo pidió sino que me sentí –buscó la palabra en el parabrisas pero al otro lado del parabrisas sólo había polvo, manchas de insectos estrellados–. Saciada. Esa es la palabra. Saciada, igual que con la cena. Le dije que no hacía falta que nos casáramos. Vivíamos juntos, dormíamos juntos, íbamos juntos a todas partes. ¿Para qué hacía falta una boda? Incluso me había regalado días atrás una tarjeta de crédito a mi nombre, ¿te lo imaginas? Podía entrar a cualquier tienda que me diera la gana, una joyería, unos grandes almacenes y no tenía por qué justificar gastos. ¿Para qué necesitaba un anillo?

Apretó un botón en el cuadro de mandos y dos chorros de agua salpicaron el parabrisas. Las varillas iban frotando el cristal en una negativa doble, terca. Al cabo de un minuto se detuvieron y un rastro de humedad quedó flotando ante nuestros ojos.

– Claudio se levantó sin decir nada y nos fuimos del restaurante. Sentí pena por él pero también alivio. Después regresamos a casa, nos acostamos y muy tarde, ya de madrugada, lo oí sollozar al otro de la cama. Me dio más pena comprobar que el amor que sentía por él se había transformado en pena.

Calló un rato que invertimos en mirar las gotas que aún descendían por el parabrisas. Algunas se juntaban con otras, se absorbían en una breve cópula. Otras bajaban solas.

– Claudio decía que era culpa suya, que me había pedido demasiado. Que yo era demasiado joven, que debía explorar mis sentimientos, que quizá debería pasar más tiempo con mis amigas.

– ¿Es lo que hiciste?

– Más o menos. ¿Qué debería haber hecho?

– No tengo ni idea.

– Paco me habría dado una buena bofetada y así se me hubiera quitado la tontería.

– No creo que fuese una tontería.

– No, yo tampoco lo creo –sus dedos tamborilearon otra vez sobre el volante–. Cada vez volvía más tarde a casa. Había noches en que ni siquiera volvía. Al regresar, encontraba a Claudio con su cara de perro triste, abrazado a una de sus guitarras, sentado en una silla. Nunca me reprochó nada, nunca me preguntó dónde iba, qué es lo que hacía. A lo mejor debería haberlo preguntado aunque supongo que eso tampoco habría cambiado mucho las cosas. Dijo que prefería darme libertad, que yo era un pájaro y que los pájaros deben volar libres. ¿Te hace gracia?

– Ninguna. Lo siento. Me he acordado de otra historia.

– ¿Una tuya?

–No importa. Continúa.

– Una vez estuve tres semanas fuera de casa. Le llamé un par de veces desde Alicante, donde había ido a casa de mi amiga Yoli. La última su voz sonaba lejana, ausente, como si no me hiciera mucho caso. Haz lo que quieras, nena. Lo que quieras. Cuando regresé, descubrí que se había deshecho de todas sus guitarras, los cacharros, los amplificadores. Le pregunté y me dijo que se los había vendido a un amigo, que ya no podía tocar, que la música le había abandonado. Me fijé en que se le estaba cayendo el pelo y en que había echado barriga. De repente no tenía nada que ver con el hombre del que me había enamorado sólo unos años atrás, era sólo un gordinflón, se pasaba el día sentado ante el televisor pasando de canal a canal comiendo patatas fritas. Ya ni siquiera ponía música. Un día que iba a poner uno de sus discos, pensando que quizá lo animaría, me rogó que lo quitara. Es demasiado dolor, nena. Le dije si no era mejor que lo dejáramos. Le devolvería la tarjeta y me iría de casa. Me miró a la cara y me respondió que no lo sabía y que prefería no averiguarlo. Averiguar qué, le dije. Si esto puede doler más todavía.

Por un momento me pareció ver que lloraba pero fue sólo una ilusión, quizá el reflejo de las últimas lágrimas del parabrisas. Sus ojos estaban secos, sus pestañas le rozaban los pómulos.

– Era como haber cazado un cachalote, verlo revolcarse en su desgracia de la mañana a la noche, un enorme animal arponeado, varado en una playa, respirando sangre. No pude soportarlo más, cogí mis cosas y me fui, lo dejé sentado en su sofá, delante de un montón de latas de cerveza y bolsas de patatas vacías. Tiene gracia pero lo último que le dije fue que debería dejar de atiborrarse con esa mierda. Necesito un colchón, nena, respondió. Una capa de grasa con la que intentar defenderme del mundo. No he vuelto a hablar con él desde entonces.

– ¿Cuánto hace de eso?

– Cinco años. Algunas veces, cuando salgo de trabajar, vengo aquí y me siento a mirar su ventana.

– ¿Y para qué? ¿Para qué vuelves?

– No lo sé –se encogió de hombros–. Me imagino que necesito ver que la luz sigue encendida.

Abrí la boca para decir algo más pero la pregunta se me quedó atascada en la garganta. Era una pregunta retórica. Todas lo son, cada una a su manera. Un coche pasó a nuestro lado y después otro que emborronó el aire en una ráfaga metálica.

– Una noche llegué demasiado pronto y lo vi salir del portal y bajar la basura. Parecía un anciano, apenas podía moverse. Estaba casi calvo y pesaba como doscientos kilos. Fue hace mucho tiempo. Supongo que ahora sigue ahí sentado delante del televisor, pensando en mí, en nosotros, en los días en que fuimos felices. Entonces, mientras hago la guardia, suelo poner alguno de los discos que me grabó y recuerdo su voz mientras me hablaba de esos negros desgraciados que no tenían más escape que la música. Así de dulce era América.

Miré la ventana flameando en medio de la oscuridad. Nos quedamos callados un buen rato vigilando el turbio resplandor tras las cortinas. Mónica sacó un cigarrillo, lo compartimos, le di un par de caladas, observamos las volutas de humo disipándose en la noche.

– ¿Te acerco a casa?

Negué con la cabeza. Luego abrí la portezuela, salí del coche y me incliné por la ventanilla.

– Buenas noches.

Mónica no respondió, siguió mirando la ventana como llevaba haciendo desde hacía años, a ratos perdidos, esas noches que no tenía nada mejor que hacer. Eché a andar alejándome del coche, pisoteando charcas de penumbra. Cuando cruzaba la rotonda, oí el ronquido del motor al arrancar; luego el coche me rebasó, la portezuela destartalada golpeando como unas castañuelas y vi el rojo candelabro de las luces traseras perdiéndose en la noche. Más allá, la oscuridad caía a plomo sobre el mundo. Me adentré en ella dejando atrás el resplandor de la última farola y el parpadeo insomne del semáforo. Tenía que regresar a pie, entre recuerdos de chabolas desvencijadas, la carretera atravesando la honda madrugada, las latas tiradas en los arcenes, trozos de plástico, cristales que apenas brillaban. Un filo de botella rota, clavada entre los hierbajos, me hipnotizó con su fulgor: durante unos minutos contuvo otra ventana abierta hacia el pasado. Un perro que ladraba a lo lejos me sacó de mi estupor; pensé que no me pasaría nada si no abandonaba la carretera. Aquel camino me llevaba a casa y quizá bastara esa caminata para cansarme, para poder dormir un poco. El perro brotó de unos arbustos, sucio y pequeño y se quedó mirándome desde el arcén con sus ojos huérfanos. Búscate un amo, le dije. Búscate un amo.