DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 20/2/2017 17:12

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Maradona regatea a la defensa antes de marcarle el ‘gol del siglo’ a Inglaterra. México, 1986. / Revista El Gráfico (Wikipedia)

En Italia se ha armado un revuelo tremendo al conocerse la noticia de que está al caer un musical sobre Diego Armando Maradona. El escándalo no es tanto la producción del musical en sí como el hecho de que vaya a estrenarse en el Teatro San Carlo, de Nápoles, uno de los edificios de ópera más antiguos del mundo. A los alabarderos de la tradición les causa sarpullidos la idea de que el fútbol mancille uno de los templos sagrados de la música italiana, a pesar de que todavía no conozcan ni una nota de la partitura. Pero, al parecer, el problema está en el tema elegido, no en la música. Al fin y al cabo, a lo largo de la amplia y variada historia del género ha habido óperas protagonizadas por toreros, putas, militares, asesinos, espectros, adúlteras y cualquier cosa que se les ocurra. Puccini ambientó una de sus óperas en el Lejano Oeste; Berg hizo que a su Lulú la asesinara Jack el Destripador; Janácek consiguió una obra maestra en la que los principales papeles están cantados por una zorra, una rana, una gallina, un guardabosques y un par de mosquitos.

Sin embargo, el fútbol sigue siendo tabú en los escenarios líricos, y eso a pesar de que la ópera ha sonado muchas veces en los campos de fútbol. La celebérrima aria Nessun Dorma adornó una y otra vez en la BBC las retransmisiones de la Copa del Mundo de 1990, celebrada en Italia. El gran tenor Plácido Domingo no sólo ha interpretado a menudo selecciones operísticas en campos de fútbol, sino que también ha cantado el Himno del Centenario del Real Madrid, su equipo favorito. La sintonía actual de la Champions League es una adaptación del Zadok the Priest, de Händel, y el compositor español Marcos Fernández basó su ópera Miracle! en la Premier League, donde llegó a utilizar cánticos del Sunderland.

No, probablemente el tabú operístico no sea tanto el balompié como el propio Maradona, un personaje incómodo desde cualquier punto de vista, un héroe del fútbol y, muy especialmente, del fútbol napolitano. Rechoncho, bajito, cocainómano y pendenciero, el delantero argentino es algo así como la antimateria del deporte al tiempo que la más acabada expresión de un futbolista. Emir Kusturica le dedicó un documental donde analiza de arriba abajo su heroico partido contra Inglaterra, un encuentro histórico que se vivió como la revancha de la derrota en la guerra de las Malvinas y donde el astro gordinflón materializó dos goles inverosímiles: el primero con la mano (“la mano de Dios y la cabeza de Maradona”) y el segundo después de regatear él solo a media escuadra inglesa. Un amigo argentino me dijo que aquel campeonato podía considerarse una hazaña en solitario, puesto que la victoria fue obra exclusiva “de Maradona junto a diez picapedreros”. Puede que no fuese para tanto, pero lo cierto es que, al año siguiente, en el Napolés, el Pibe de Oro revalidó el empeño de echarse sobre sus pantorrillas a un equipo entero para lograr algo que no han podido igualar ni Messi, ni Cruyff, ni Pelé, ni Best, ni Di Stefano, ni nadie.

En 1987, con un equipo del montón, se alzó con el primer scudetto de la Società Sportiva Calcio Napoli, una gesta que se combinó con la consecución del tercer triunfo en la Copa Italia, doblete histórico que antes sólo habían conseguido el Inter, la Juventus y el Torino. Después de que les entregara otro scudetto y el primer triunfo internacional en la Copa de la UEFA, los napolitanos lo adoraron como a un dios, el único dios vivo según el evangelio de la iglesia maradoniana fundada en 1988 en la ciudad de Rosario. Para los fieles maradonianos, que actualmente rondan el medio millón, el tiempo se cuenta a partir de 1960, año del nacimiento de Diego Armando, y los excesos y trifulcas de su demiurgo no valen gran cosa.

En La juventud, la maravillosa película de Paolo Sorrentino, aparece un trasunto de Maradona gordo e hiperbólico chapoteando en una piscina y lanzando al cielo una pelota de tenis que parece imantada a sus pies. “Yo también soy zurdo”, le dice a un niño al que ve chapoteando en la piscina. Un actor le responde: “Todo el planeta sabe que eres zurdo”. Una religión quizá sea demasiado, pero un musical en Nápoles es lo mínimo que se merece.

Tube 2000 (Youtube)

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