JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 29/3/2017 10:48

Imagen que ilustra la cubierta de la obra de Ramón J. Sénder 'Madrid-Moscú'
Imagen que ilustra la cubierta de la obra de Ramón J. Sender ‘Madrid-Moscú’ en la reciente edición de Fórcola.

Madrid-Moscú. Notas de viaje, 1933-1934, es un libro que ha publicado recientemente Fórcola teniendo como referente el que publicó Pueyo en 1934 y que era rareza incluso entre los bibliófilos. Se trata de artículos que el entonces joven Ramón José Antonio Sender escribió para Libertad invitado por la Komintern, es decir, la Internacional, viaje que realizó en 1933, coincidiendo con otro paisano suyo, Manuel Chaves Nogales, escritor y periodista vinculado a Manuel Azaña, que publicó algunos libros de viaje a la URSS, género que estaba de moda en los años previos a la II Guerra Mundial, como El maestro Juan Martínez que estaba allí; La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja o Lo que ha quedado del imperio de los zares, publicados antes que el de Sender y donde el escritor andaluz se mostraba muy crítico con el régimen estalinista. No así Sender.

En aquel tiempo Ramón J. Sender era ya un considerado escritor que había publicado Imán, novela sobre la aventura colonial en Marruecos, y Siete domingos rojos, basada en la historia del movimiento anarquista español, el más importante de Europa, y faltaba aún un año para que ganase el Premio Nacional de Literatura con Mr. Witt en el cantón, una novela sobre la insurrección del cantón de Cartagena, que acaudilló Roque Barcia. En 1933, a raíz del triunfo de Hitler en Alemania, se constituyó la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, de la que formaron parte Federico García Lorca, Jacinto Benavente, los hermanos Baroja, Antonio y Manuel Machado, Victorio Macho, Gregorio Marañón, Ramón del Valle Inclán, Regino Sainz de la Maza y Secundino Zuazu, es decir, un elenco de personalidades variopintas que abarcaban desde la izquierda a los liberales. Sender, además, asistió a las primeras manifestaciones del Frente Antifascista, donde estaban Wenceslao Roces, traductor de El capital, de Karl Marx; Dolores Ibárruri y Francisco Galán, hermano del capitán Fermín Galán, que se sublevó en Huesca en 1930 a favor de la República y que ésta había convertido en mártir. Es en este contexto cuando Sender es invitado por la Komintern. Poco tiempo antes, en el PCE, se había realizado la primera purga estalinista, expulsando a José Bullejos, Serafín Adame y Gabriel Alonso Trilla y elevando a dirigentes a figuras como Dolores Ibárruri, Jesús Hernández, Vicente Uribe y Jesús Díaz. Sénder, pues, realizó el viaje como en un campo de minas. No en vano había demostrado con creces su ideario anarquista.

Fotografía de Ramón J. Sender en su juventud.
Fotografía de Ramón J. Sender en su juventud. / cvc.cervantes.es

De ahí el desasosiego que recorre estas páginas, leídas tantos años después. Sender, joven, se fascina ante la llegada a la patria del socialismo, donde se está creando el hombre nuevo, pero lo cierto es que el estilo es vívido y convierte estos textos en páginas maestras del periodismo. Así, junto a descripciones de este tipo: “Otra noche fuimos desde el hotel Metropol a la Plaza Roja con un español, sevillano, de imaginación brillante, que está convencido de que los que hablan español en Moscú no le entienden”, sevillano que le informa de lo terrible que fue Iván el Terrible y lo terribles que fueron los zares posteriores. Hay otras de más enjundia revolucionaria, como cuando ve a Stalin en la Plaza Roja, el nuevo zar, a quienes muchos comunistas ven aún como un sujeto zafio. “Una primera impresión agradable: no es un intelectual. Al frente de las tareas de la construcción soviética un intelectual tiene poco que hacer… una mano de hierro y unos ojos claros es lo que aquí necesitan”.

Sobre el período de autocrítica, vamos, sobre las purgas, Sender asiste a esas depuraciones en masa y da cifras: seis millones de ciudadanos que quieren integrarse en el Partido, en el Komsomol, es decir, las Juventudes Comunistas, otros seis millones; entre los pioneros, unos doce… Sender se limita a recibir las explicaciones del fanático de turno que asegura que ni el mismo Stalin escapa de la autocrítica, mientras pone a caldo a Zinoviev. Pero Sender sigue llenando páginas y páginas sobre el asunto hasta que concluye: “Lealmente hablando, yo no sé decir lo que un obrero auténtico puede decir contra Stalin”.

Y así seguimos y seguimos mientras caemos en la cuenta, si no hemos caído antes, de que Sender cae en el mismo juego que los soviéticos: se está purgando a sí mismo porque ha sido invitado por la Komintern y juega a lo que se espera de él. No ve, porque no quiere ver, porque cree que aquello que le desagrada es condición ineludible de la construcción del hombre nuevo, y esto le sucede porque, en el fondo, posee una conciencia cristiana que le hubiera asustado de ser consciente de ello: acepta el Purgatorio para acceder al Paraíso, sin caer en la cuenta de que estaba en el Infierno.

El libro es apasionante porque refleja a la perfección las contradicciones dramáticas en que se debatían los revolucionarios de la época: asistían a la producción de acero y carbón en dos veces en un sólo plan quinquenal y se anonadaban, mientras tenían noticia de las masacres de ucranianos y se estremecían, por lo menos los que no las justificaban, y en este sentido y a pesar de sus anteojeras, Sender da buena cuenta de ello, aunque procura no juzgar, ya que hemos de tener presente que son crónicas periodísticas y el reportero informaba, no juzgaba, algo difícil de entender hoy en el periodismo.

La historia no se repite si no es bajo forma de caricatura: merece leer estas estupendas crónicas. Nos avisan de las trampas pasadas, presentes y por venir.

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