Las guardianas españolas de la memoria antifascista

 

La Historia que se estudia en las aulas es como un álbum de cromos donde faltan más de la mitad. Todos tienen los del general, el héroe nacional o el presidente del Gobierno, pero quien quiera saber quién ocupa el resto de huecos en blanco tiene que husmear en bibliotecas, archivos nacionales o leerse libros como el que ha publicado Susana Koska (Donostia, 1966). En Mujeres en pie de Guerra. Memorias de nosotras (Ediciones B), recupera la historia de una decena de mujeres españolas que construyeron el siglo XX. Entre sus páginas, mujeres diversas: desde la revolucionaria Sara Berenguer hasta la periodista Carmen Alcalde.

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Susana Koska
Susana Koska, autora de ‘Mujeres en pie de guerra’. / Ediciones B

En este libro, la autora cose, relato a relato, la memoria de algunas de esas mujeres que curaban a los heridos en los frentes, que organizaban el día a día de la resistencia o que ayudaban a cruzar a los exiliados. El origen de toda la investigación de Koska pregunta: “¿qué fue de los tuyos en la Guerra Civil?”. La primera mujer que surge buscando esta respuesta es Rosa Díaz, su tía. Fue una de las niñas a la que acogió una familia francesa durante la Guerra Civil. Después la reclamaron y regresó en 1939.

Terminada la contienda, hubo otros a los que ya no les quedaba familia que les recibiera. “Hay cantidad de niños que regresaron sin tener a qué casa volver”, cuenta a cuartopoder.es en un hotel madrileño. “Además, siendo hijos de rojos, de los perdedores de la guerra y de gente que estaba en prisión fueron reeducados con mucha saña. Hubo niños que regresaron sin saber si tenían padres y madres. Algunos no sabían cómo se llamaba el pueblo en el que vivían antes de marcharse y aún así los trajeron”, asegura la autora.

La guerra pilló a la revolucionaria Sara Berenguer siendo aún una adolescente. Eso no impidió que pusiera todo su energía en la defensa del antifascismo. Militante de Mujeres Libres, marchó al país vecino cuando las tropas franquistas cercaron Barcelona. “Cuando se terminó la Guerra Mundial, pensamos que nos ayudarían a ganar España otra vez, pero no fue así”, confiesa en el libro esta libertaria, que participó activamente en la resistencia. El Gobierno francés la condecoró en 1998 con la Legión de Honor.

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 Neus Català
Neus Català, campo de exterminio de Ravensbrück, 1943. /Ediciones B

La militante de Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) Neus Catalá también tuvo que marcharse, pero corrió peor suerte. Fue detenida por la Gestapo e internada en el campo de concentración de Ravensbrück. Sobrevivió y hoy hace gala de sus 102 años siendo un icono de la lucha antifascita en Cataluña. “Sin tu familia, salir adelante era una utopía”, relata sobre cómo la solidaridad entre un grupo de amigas se convierte en un ejercicio de resistencia en las peores circunstancias posibles. Al final, los nazis fueron derrotados, pero los franquistas no. Mientras en Alemania o Francia se esforzaron por encumbrar a sus héroes y levantar monumentos que dejaran patente el horror nazi, en España, hace apenas unos meses, la presidenta de la Asamblea de Madrid, Paloma Adrados, rechazó una petición de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) para que se leyeran los nombres de los 500 madrileños que acabaron en campos de concentración, tal y como contó Eldiario.es .

“Es tan horrible que parece que no puede ser cierto”, reflexiona Koska, que viajó hasta Ravensbrück para intentar comprender, sin éxito, esta barbarie. Para eso, precisamente escribe esta autora. Para que los horrores inconcebibles queden fijados en la memoria colectiva de manera incuestionable. Pero advierte de que no hay que irse lejos para hablar de deshumanización, de condiciones infrahumanas y de violencia extrema: “Es igual de escalofriante el testimonio de una mujer que estuviese diez años en la cárcel de Segovia”.

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Ellas participaron activamente en la guerra y la posguerra. Llevaban a cabo tareas que permitían sostener a las familias, como la recaudación de fondos o las visitas a la cárcel. Pero no tomaban las grandes decisiones: “El que militaba era el marido, a ella no le daba tiempo”, ironiza la autora sobre el doble peso con el que cargaban: el hogar y sus actividades fuera de él. Muchas mujeres fueron represaliadas por las implicaciones políticas de sus esposos y otras tantas vivían con el miedo de ser detenidas y que nadie pudiera hacerse cargo de sus hijos después de una guerra que había dejado muertos y miseria.

Las mujeres que lo contaron: de Cecilia G. de Guilarte a Antonina Rodrigo

El libro ‘Mujeres en pie de guerra’, de Susana Koska.

“Yo creo que, en España, todos o casi todos los periodistas padecen del hígado. O de cualquier otra cosa. Y es natural. Ser periodista tiene la misma importancia que vender garbanzos”, escribía Cecilia G. de Guilarte en el periódico CNT del Norte antes de referirse a cómo esa “monotonía se trunca de repente” con la guerra. “Ante los aparatos fascistas destrozados, ante los cadáveres carbonizados de los aviadores me he sentido más periodista que nunca. Y también más joven”, continúa explicándose en este fragmento del libro.

Koska es el último eslabón de una cadena de mujeres que se han preocupado por conservar su versión de lo que ha ocurrido en las últimas décadas. Berenguer y Catalá dejaron escritas sus vivencias, G. de Guilarte lo plasmó en sus crónicas de guerra, mientras Antonina Rodrigo (que nació ya en 1936) recogió el testigo investigando sobre pioneras como Amparo Poch y Gascón o Margarita Xirgu. “Las cosas de mujeres les parecían idioteces. En el periódico, las mujeres hablaban de cocina y hogar, los derechos de la mujer, como que no interesaban”, le cuenta Luz Miranda, entonces redactora de La Voz de España sobre lo que se consideraba de interés femenino.

“Las mujeres que empezaron a escribir sobre estas historias han tenido que picar muchas piedras. La generación Antonina lo hizo en un momento en el que se bajaba la voz todavía”, argumenta la autora de Mujeres en pie de guerra sobre aquellas que removieron los cimientos en la Transición.

En 1968, se creó Diario Femenino. “Al principio nos dieron rienda suelta pensando que no haríamos ruido, pero sí que lo hicimos”, cuenta Carmen Alcalde en el libro. La nómina era ambiciosa e incluía a algunas columnistas como Ana María Matute o Lidia Falcón. Un artículo sobre el divorcio provocó un escándalo y el despido de Alcalde, lo que desembocó en una ola de solidaridad por parte de sus compañeras. Al poco tiempo de la muerte del dictador, nació Vindicación Feminista, de la mano de Alcalde y Falcón. La idea fue incubada mientras esta última estaba en la cárcel de Yeserías. La revista se convirtió en un hito gracias a tratar temas como el adulterio, la violencia contra la mujer o el techo de cristal en profesiones como el periodismo bajo una perspectiva feminista.

La autora advierte de que aún siguen latentes las dos Españas y que los prejuicios siguen cayendo en cascada generación tras generación. “Aún parece que por no molestar al otro dejamos esas casas sin barrer y a esas personas sin homenaje”, reflexiona. En la última parte del libro aparece la voz de su autora, que relata a base de cartas y mails cómo ha construido su investigación, un camino al que le queda recorrido y nuevas paradas.

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