‘Mi casa en París’: ¡Milagro, cine al fin!

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Mi casa en París
Cartel de Mi casa en París. / Golem

Qué gusto da ir en verano al cine y encontrarte con un guión bien escrito y no con una sucesión de ocurrencias, malabarismos, superhéroes, explosiones, carreras de coches o adolescentes licántropos. Qué maravilloso es encontrarte con un actor veterano que busca, que se esfuerza, con experiencia e instinto. Qué bien, te dices, cuando sales del cine y te acaban de contar una sencilla pero emocionante y humana historia. Y te la han narrado con ganas, con gusto y con talento.

De lo primero, del guión, se encarga Israel Horovitz, que también dirige el film. Horovitz, de 76 años, debuta aquí en el largometraje, su primera película es el mediometraje Tres Semanas después del paraíso, basado en un monólogo propio sobre el 11-S.

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No parece haberse aburrido Horovitz en esta vida. Fue amigo personal de Samuel Beckett, su maestro, y es dramaturgo, guionista, novelista y poeta. Además ha sido profesor de dramaturgia en el City College de Nueva York y de guión en la Universidad de Columbia y fundador y director artístico del Laboratorio de Dramaturgos de Nueva York y de la Compañía del Estado de Gloucester. Además, ha sido nominado dos veces para el Premio Pulitzer. Sus guiones más celebrados son los de The Strawberry Statement (1970) y ¡Autor!¡Autor! (1982).

My Old Lady (traducida en España como Mi casa en París) es una adaptación de sus propia obra teatral con igual título. En ella Mathias es un neoyorkino que se acerca a los sesenta y que necesita dinero. Sin un dólar, acaba en París con su última esperanza: su padre, con el que mantenía una relación muy distante, le ha dejado en herencia un lujoso apartamento. Pero con sorpresa, la delicada anciana Mathilde, de 92 años, vive allí con su hija soltera. Y no tiene intención de abandonar la casa ya que según la ley francesa, y lo que firmó su padre, Mathias no podrá hacerse con el piso hasta que muera Mathilde.

La primeras escenas del film, que me recordaron a Avati!, de Billy Wilder (también basada en una obra de teatro y con un americano al que se le acaba de morir el padre y se enfrenta a las costumbres europeas), te atrapan y ya no te sueltan.

El planteamiento del conflicto es brillante y los personajes te seducen enseguida, especialmente el de Kevin Kline como el heredero y el de Maggie Smith como la vieja dama. Dominique Pinon como agente inmobiliario está simpático. No puedo decir lo mismo de Kristin Scott Thomas, nunca he sido un gran fan de esa señora que me da una pereza terrible nada más verla en pantalla.

Quizás el poco creíble planteamiento de una subtrama en la que está involucrado el personaje de esta última haga flojear algo al film, pero no para hacerlo malbaratarse. El cambio de la comedia ligera al absoluto drama, Horovitz lo maneja bien, no chirría aunque pueda estar a punto de hacerlo. Y ahí Kline lo da todo. Muy grande.

Lo mejor de Mi casa en París es, sin duda, volver a reencontrarte con un actorazo como Kline. El que nos sorprendiera por su versatilidad y calidad en La decisión de Sophie, Reencuentro, Silverado, Grita libertad, Un pez llamado Wanda, Escándalo en el plató o Grand Canyon y que no ha tenido demasiada suerte u ojo en sus últimas películas, ofrece aquí un trabajo precioso, lleno de verdad y con toques de histrionismo que le vienen muy bien a su personaje. Parece que se va a pasar pero nunca lo hace. Borda su personaje, es lo mejor que he visto en una sala de cine en lo que va de año.

A Mi casa en París, que no es perfecta pero sí honesta y amable en el mejor de los sentidos, le puede perjudicar su origen teatral y que Horovitz no pretende ser un virtuoso de la cámara, pero los diálogos son buenos, los actores mejores y la localización tiene vida propia. ¿Qué más se puede pedir hoy? ¡Y en verano!

Si quieren volver a ver cine, ese que cuenta buenas historia y las cuenta bien, no se la pierdan.

GolemDistribucion (YouTube)

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