Raimundo Castro: “El periodismo no sirve para encontrar la verdad recóndita humana”

  • Entrevista al autor de 'El esclavo de los nueve espejos'
  • Periodista y colaborador de 'cuartopoder.es'

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Raimundo Castro (Torremocha, Cáceres, 1955) acaba de publicar una nueva novela, El esclavo de los nueve espejos en Libretería. Este veterano periodista y compañero de cuartopoder.es vuelve a la novela con frecuencia, ya escribió La quema (Sedmay, 1979) y Los imprescindibles. La historia de los últimos maquis (La esfera de los libros, 2016). También, ensayos y biografías, como La izquierda que viene, junto a Julia Navarro, o El Sucesor, una biografía de José María Aznar previa a que llegara a la Presidencia del Gobierno. Hablamos sobre su producción más allá del periodismo.

– Además de su actividad periodística y como cronista político, nunca ha dejado de lado la ficción literaria. ¿Qué encuentra en la literatura, que no puede vivir sin practicarla? 

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– La ficción literaria me permite alcanzar la profundidad de pensamiento. De alguna manera, el periodismo me ha permitido buscar la verdad en las noticias, pero, sobre todo, me ha dado de comer, que era mi objetivo fundamental en ese frente. Aunque soy vocacionalmente novelista, supe por Valle-Inclán que el deber de todo escritor es matar de hambre a su familia, lo que me pareció muy acertado por lo mal pagados que están, pero supone una exageración por la irresponsabilidad que conlleva. Además, el periodismo no sirve para encontrar la verdad recóndita de la condición humana.
Como dice mi amigo y compañero Luis Díez, el periodismo está para surfear la espuma de los días, por supuesto en un sentido diferente al que le otorgó Boris Vian en su novela. En cambio, la literatura, los cuentos, los poemas y, sobre todo, las novelas, te permite bucear en el mar de fondo en el que se agitan la conciencia y los actos de los seres humanos, penetrar en sus ideas y sus sentimientos radicales. Gracias a la literatura puedo profundizar en su esencia paradógica, aparentemente incompatible, de ser animales y racionales al tiempo. O investigar, por ejemplo, por qué nunca hemos superado la dicotomía entre el ser y el deber ser o por qué el conocimiento de nuestras limitaciones no basta para superarlas.
– En sus novelas, el componente histórico, sobre todo de los años de la Transición y la llegada de la democracia tras la dictadura franquista, suele estar muy presente. ¿Qué nos enseña esta época hoy?

"Hay que reformar la Constitución mirando al exterior" 

– Si no fuera porque tiendo a ver la botella siempre medio llena, te diría que Borges tenía razón defendiendo el eterno retorno, la idea de que todo se repite. Pero, como me he educado en la dialéctica materialista y creo en la filosofía de que la historia se mueve dos pasos adelante y uno para atrás, aunque quizás lo haga con excesiva lentitud, pienso que la Transición fue positiva si no se la sacraliza. ¡Había que ver cómo se vivía sin democracia, mirando hacia atrás pensando que te seguía un policía aunque solo fueras un mero simpatizante de un partido o una causa progresista! ¡Las mujeres sufriendo el peso de una legislación que las arrastraba a la cárcel por abandono del hogar cuando huían de un marido que les pegaba palizas a ellas y sus hijos! ¡Tantas atrocidades más del sistema dictatorial que metían el terror en el cuerpo de la gente decente!
Fue una transición hacia una democracia recortada, frágil, que permitió elaborar una Constitución con pecados originales que aún pesan sobre todos nosotros. No hubo ruptura, sino reforma. Y quedaron colgando sobre nuestras cabezas los sables militares que pintaba Peridis. Unos sables, togas y aparatos represivos y, sobre todo, poderes económicos, que conformaban en democracia la misma corte de los poderes fácticos que medró con Franco. Una corte que asustó tanto a la oposición, incluso la de izquierdas, que consiguieron que hasta socialistas y comunistas convirtieran sus concesiones, hechas entonces con la mejor intención de evitar un baño de sangre, en renuncias todavía vigentes.
Por eso, ahora que el miedo ha sido superado, pasada la generación que vivimos aquello, ahora que pesa sobre nosotros la misma podredumbre del sistema capitalista pero de forma global, en su conjunto, hay que reformar la Constitución surgida en el 78. Y hay que hacerlo mirando al exterior, internacionalizando los planteamientos y pensando en que lo que puede acabar con la humanidad ya no es un problema de estados o naciones, sino de clases que, como las meigas, aunque dicen que no existen, haberlas, haylas, que dirían los gallegos.
El esclavo de los nueve espejos. ¿Por qué aconseja leer esta novela?
– Primero, para pasárselo bien. Porque divertir, aunque sea dramáticamente, sí que es un deber del escritor. Y segundo, para reflexionar sobre lo que escribió Shakespeare cuando pone en labios de Hamlet la frase “hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que pueda soñar tu filosofía”.
– Trabaja el simbolismo del espejo, ¿qué encuentran los personajes cuando se miran en ellos?

"Una tortura que lleva al condenado a buscar un sicario para que le mate"

– Podría resumirte la intención con la frase que dice Freud en la entrada del libro: “Si aspiras a encontrarte a ti mismo, no te mires al espejo porque allí sólo encontrarás una sombra, un extraño…”. Uno de los protagonistas puede estar más cerca de lo que pretendo cuando afirma que son los espejos los que nos necesitan porque somos nosotros los que les damos vida. Son espejos-prisión, que tienen atrapadas en su interior vidas singulares, reales o fantásticas, pero malditas por muy diversas razones. Un peón que sueña ser un hombre libre, una persona que se sabe dios y por ello mismo aspira a ser un hombre libre, un ex guerrillero bisexual que huye de una realidad en la que todos los bandos le rechazan, un vampiro tísico que busca confesión, una mujer que huye hacia el infinito tras experimentar el horror porque estaba condenada desde que siendo niña quiso decir no y dijo sí, un joven que es fruto de un pecado social y moralmente imperdonable…

Y todo dentro de una sala circular de espejos que distorsionan la razón y en la que una maldición obliga a un esclavo inocente a colocarse permanentemente ante los azogues y afrontar los monstruos que habitan en ellos. Una tortura que lleva al condenado a buscar un sicario a quien encarga que le mate para librarle de ellos.
Un anuncio en la revista Ajoblanco es el desencadenante de la trama. ¿Qué importancia tuvo, y tiene, esta revista?
– Fue decisiva. Un martillazo contra la campana gris del franquismo postrero de los setenta. La impulsó José Ribas y supuso un aldabonazo libertario en Barcelona, y luego en toda España, que dio oxígeno a la rebeldía antifranquista de todos los colores. Se convirtió en un auténtico símbolo de la contracultura española y, aunque cerró en 1980, volvió a salir en 1987. Luego volvió a cerrar casi coincidiendo con el fin del pasado milenio y, finalmente, reinició su tercera etapa en 2017, sin publicidad y un montón de páginas, pero ya con carácter cuatrimestral. Nunca ha dejado de ser una revista con intención de transgredir los límites, que fue lo que siempre pretendieron sus creadores.
– ¿En qué género definiría esta novela? 
– ¡Buf! Eso sí que es difícil de responder. Es una historia articulada de principio a fin, a modo de novela, pero regida por los cuentos de los prisioneros del cristal, que influyen sobre los dos personajes centrales complicando la incógnita de si se cometerá el asesinato y qué pasará después. Es un libro borgiano, mezcla de realidad y fantasía, pero todo está al servicio de un dilema moral que no se resuelve hasta el final, el del crimen. Podría llamársele una novela de cuentos porque están las dos cosas a la vez.
– ¿Cuáles son sus próximos proyectos como autor literario?
– Pues, simplificando mucho, un atraco al Banco de España que servirá para rematar la trilogía sobre el pasado medio siglo XX. La empecé con La quema, sobre el desencanto que supuso para los jóvenes revolucionarios españoles el final del franquismo y la renuncia a la ruptura. Luego di marcha atrás con Los Imprescindibles, la historia de los guerrilleros antifranquistas y los maquis desde 1937 a 1955. Y remataré la faena con la historia de Rodolfo Sempavor, un falso nombre que significa “hombre que persigue la gloria sin miedo”, atracando el Banco de España justo cuando se está haciendo la entrega de poderes por parte de UCD al PSOE tras la victoria de Felipe González el 28 de octubre de 1982.
No cuento detalles porque resulta que vengo trabajando en ella desde hace un montón de años y me acabo de enterar de que están haciendo una película de otro atraco al Banco de España, aunque al parecer va de atracadores modernos que aprovechan que España está jugando la final del Mundial de Fútbol de Sudáfrica. Pero para que se vea que lo mío es anterior, me ha venido muy bien la publicación de El esclavo de los nueve espejos, donde es protagonista uno de los a su vez protagonistas de la futura novela del atraco, al que ya hago referencia.

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