LITERATURA/ Una visión a la poesía escrita por mujeres

Poetas contra el machismo: las creadoras construyen su genealogía literaria

SARA MONTERO | Publicado: - Actualizado: 07:08

Laura Casielles, Carmen Garrido, Ana Castro y Sofía Castañón / CP

“Vencidas, no. Desposeídas

de la raíz, o bien cerradas

sin camino, clavadas cuerpo adentro”.

                                                      Maria-Mercé Marçal

La poesía, como el resto de las artes, tiene un árbol genealógico incompleto. Los estudiantes memorizan textos de Jorge Manrique, Antonio Machado o Gabriel Celaya. A veces, algún poema de Sor Juana Inés de la Cruz o de Emilia Pardo Bazán. Casi nunca de Ana María Moix o Ángela Figuera. Por eso, cuando una poeta comienza a alimentarse (literariamente) por sí misma encuentra un sinfín de autoras que le han sido negadas. Comienza un proceso de investigación que desemboca primero en la fascinación del explorador y luego en el enfado. Las creadores más jóvenes buscan respuestas de otras voces.

Muchas mujeres comienzan escribiendo con una voz masculina, de forma inconsciente, porque reproducen lo que leen. Sus bibliotecas están llenas de autores masculinos entre los que se intercala alguna escritora. “Chimamanda Ngozi cuenta que ella, siendo mujer y africana, hacía sus primeras historias con niños blancos y rubios que desayunaban mermelada como protagonistas. Eso es porque nos ofrecen pocos referentes en los que mirarse”, explica Sofía Castañón, poeta y diputada y secretaria de Feminismo Interseccional y LGTBI de Podemos. Como muchas creadoras, ella comenzó a tejer su genealogía literaria en un proceso que dio como fruto el documental ‘Se dice poeta’, para el que entrevistó a 21 mujeres que habían nacido entre 1974 y 1989 para charlar sobre su obra y su repercusión.

El lenguaje no solo describe, también crea. Por eso, estas mujeres (que juegan con la palabra) consideran fundamental analizarlo. El nombre de este documental que Castañón estrenó en 2014 contenía una reflexión sobre por qué en algunas ocasiones se habla de ‘poetisa’ en vez de ‘poeta’, una cuestión que ha sido debatida en varias ocasiones. “El término ‘poetisa’ se usa desde el siglo XVIII con una carga peyorativa muy fuerte. Los poetas hacían textos trascendentes, mientras los poetisos los recitaban como divertimento”, explica Castañón. Si “periodista” se utiliza para los dos géneros, no encuentra razón para que no se aplique la misma norma para “poeta”. Para Castañón es solo un detalle, pero de lo anecdótico se nutre también la macroestructura machista.

En la mayoría de las ocasiones, las poetas van tejiendo en silencio su propia red de influencias. Ana Castro, autora del visceral libro ‘El cuadro del dolor’ (Renacimiento, 2016) en el que habla de la mujer-raíz, no recuerda cuál fue la primera escritora a la que leyó, pero si hay un nombre que la marcó profundamente: “Yo comencé a leer poesía en el instituto y en nuestros libros de texto hay un gran silencio y olvido de las voces de ellas. Sí que puedo incidir en la primera poeta a la que leí concienzudamente: Juana Castro. Por aquel entonces yo colaboraba en la revista de mi instituto y me encargaron hacerle una entrevista. Jamás pensé que entonces se estaba produciendo uno de los hechos más importantes de su vida, porque la poesía de Juana ha marcado completamente la mía y ella a mí”.

Autoras de 'Se dice poetas'.
Algunas de las autoras que participan en el documental ‘Se dice poeta’, que dirige Sofía Castañón. / C.P.

Aún es frecuente referirse a algunas escritoras por su vinculación a otro gran hombre de la literatura sin sopesar su trayectoria o las influencias mutuas y simétricas. Las antologías compuestas solo por hombres son “lo normal”, mientras que aquellas recopilaciones en las que la nómina está compuesta solo por autoras siempre llevan el apellido “femenina”, como si fuera en sí mismo una categoría. Por una parte, las fuentes consultadas reconocen que visibilizar la obra de ellas es positivo, pero no ignoran el hecho de que cualquier etiqueta es excluyente: “Lo masculino sigue leyéndose como lo universal, aunque solo sea porque se omite y las obras de hombres nunca se adjetivan así”, explica Castañón.

Esto hace que muchas autoras, que aspiran a lo universal, huyan de esa etiqueta. Las poetas que acaparan la atención siguen siendo la excepción. “Hay mucha encorsetación de la producción literaria escrita por mujeres. Tal autora habla de la menstruación, tal otra de la maternidad… Si te atreves a sacar un tema, a nombrarlo, se te atribuye automáticamente esa etiqueta. Probablemente ya lo hayan hecho conmigo y digan que yo soy “la del dolor””, narra Castro.

Para hablar sin tapujos sobre la regla tuvo que llegar Anne Sexton. Alfonsina Storni transformó en versos el castigo social que suponía tener un hijo “fruto del amor sin ley”. Que ellas nombraran estas realidades no significa que haya temáticas exclusivamente femeninas. “Hay temas que abordan más las mujeres que los hombres (por ser optimistas) o que sólo abordan las mujeres, pero la maternidad, el aborto, el cuerpo… son cosa de ambos sexos. Sí que hemos tenido que ser nosotras las que tengamos la valentía de ponerlos sobre la mesa y hablar de ellos. Puede que nosotras hablemos más del cuerpo porque éste es aún un terreno por conquistar, en el que aún los hombres y la sociedad a menudo quieren decidir por nosotras”, explica Castro.

“El ámbito doméstico ha sido relegado en la poesía. Parece que a los hombres solo les interesan lo bélico y a las mujeres la maternidad, pero lo cierto es que es más probable que los potenciales lectores tengan un hijo que que vayan a la guerra. Además, la magia de la creación es que puedes colocarte en voces que no son las tuyas. No hace falta menstruar para hablar de la regla”, alega Castañón.

Acoso dentro y fuera de las redes

Las mujeres tienen cada vez más cota de decisión en todos los ámbitos, también en el literario y en el editorial.  Aún así siguen siendo áreas donde el machismo campa a sus anchas, ya sea a través del paternalismo hacia las poetas más jóvenes o en las situaciones incómodas que viven cuando ellas escalan en las estructuras. Luna Miguel fue de las primeras autoras en recopilar las humillaciones y vejaciones que a veces las poetas se ven obligadas a soportar en los recitales. Lo hacía en un artículo en Play Ground donde relataba comentarios fuera de tono e insinuaciones sexuales que algunas autoras habían sufrido. No fue la única, la periodista Beatriz Triguero también reunió varios testimonios para otro reportaje en Voz Pópuli

Este tipo de situaciones les suceden especialmente a las mujeres más jóvenes. Una autora consultada para el reportaje narra una anécdota similar: “Hace unos años, cuando estuve trabajando como parte del equipo de organización de un festival de poesía, uno de los poeta extranjeros invitados, de avanzada edad, me invitó -todo lo galantemente que pudo, eso sí- a acompañarle a su habitación y darme un baño con él. Obviamente, rechacé tal ofrecimiento. Me pregunto si, de haberse dado al contrario las tornas, habría sucedido. Me temo que no (y así lo espero, de hecho)”.

Sin embargo, lo más sorprendente para ella no fue la insinuación: “Lo peor de todo fue la reacción de los demás, porque lo hizo mientras estaba rodeada de más invitados del festival. Se rieron, lo vieron como una “gracia”, una “excentricidad” de los poetas. “LOS”. Porque me niego a pensar que estamos tan acostumbradas a este tipo de actitudes que las encontramos “normales”. Vaya broma que se sobrepasen con una cuando está haciendo su trabajo. Me sentí tremendamente expuesta, avergonzada”.

Denunciar públicamente este tipo de actitudes desemboca en reproches, insultos o acusaciones de exageración, especialmente en las redes sociales donde la brutalidad es anónima. Sin embargo, estas pequeñas acciones tienen su consecuencia en las mujeres que las sufren: esas poetas que van ganando terreno llegan a dudar sobre si el halago de su compañero a su obra tiene una segunda intención, si están ahí porque se lo merecen o si deben evitar ciertos temas que pueden suponer una provocación. El machismo en el plano creativo acorrala, limita y facilita la autocensura de las creadoras, que a veces prefieren el segundo plano, temerosas de los juicios y las críticas que acompañan siempre la exposición y que se ceban especialmente con las mujeres.

 

Internet ofrece infinitas posibilidades. Permite bucear en nombres que apenas has oído, seguir en Twitter a esa escritora que dice cosas tan interesantes o meterte en grupos de Facebook para compartir impresiones. Pero Castañón advierte de que se reproducen los mismos patrones heteropatriarcales que en el resto de soportes y lo ejemplifica con una anécdota personal: “Hay señores que me han escrito para pasarme sus primeros poemas, a pesar de que no se los había pedido. Pero después, destapan otras intenciones y acaban haciéndote comentarios sobre, por ejemplo, tu aspecto físico”. La creadora sigue condicionada siempre por su condición de mujer.

También hay una ‘cara B’ maravillosa. En la red han surgido proyectos donde los lectores interesados pueden intercambiar textos escritos por mujeres, como el club de lectura que cada año propone ‘La tribu de Frida‘ . En las librerías también hay antologías con una nómina exclusivamente femenina que son muy recomendables, como el libro (Tras)Lúcidas (Bartleby, 2016), editado por Marta López Vilar.

Carmen Garrido, Miriam ReyesYolanda CastañoOlvido García Valdés, Julia Uceda, Piedad Bonnett o Chantal Maillard son algunas de las referencias contemporáneas de todo aquel que quiera abrir las ventanas de las que solo la poesía tiene la llave. También Laura Casielles, que trabaja para Podemos al igual que Sofía Castañón. Comparten una misma palabra para describir a las que las precedieron: valentía.

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