Loca y orgullosa: el feminismo tumba al capacitismo

  • La literatura y el cine han alimentado el estereotipo de las mujeres con trastornos mentales
  • En el multitudinario 8M, las mujeres estigmatizadas pusieron rostro a la realidad de 4,6 millones españoles con algún tipo de trastorno

La literatura y el cine han alimentado el estereotipo de las mujeres con trastornos mentales con personajes como Bertha Mason, en ‘Jane Eyre’, una esposa en el ático al acecho del señor Rochester. O como Catherine Earnshaw, en ‘Cumbres Borrascosas’, tóxica con quienes la amaban. Eran las locas, las que destruían todo lo que las rodeaba. Las noticias también han contribuido a esta idea, asociando a estas mujeres con el peligro y la agresividad, personas de las que conviene alejarse.

Frente a estos prejuicios han surgido las voces de las propias estigmatizadas, las mujeres con problemas de salud mental. En el multitudinario 8M ellas pusieron rostro a la realidad de 4,6 millones españoles con algún tipo de trastorno, según estimaciones de la OMS, organismo que calcula que uno de cada cuatro españoles afrontará esta misma situación en algún punto de su vida.

El riesgo de violencia machista para las mujeres con enfermedad mental grave se cuadruplica, señala la Confederación de Salud Mental de España. Más de la mitad son agredidas físicamente por sus parejas y violadas en más del 40% de casos. Así consta en ‘Violencia familiar y de pareja hacia las mujeres con trastorno mental grave’.

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Las causas son la dependencia emocional y económica, el aislamiento y poca credibilidad social, la baja autoestima y la falta de recursos públicos adecuados. Por todas estas razones, las mujeres con trastorno mental rompen el silencio para erradicar el estigma. Y lo hacen contándose a sí mismas. Estas son sus visiones personales transcritas de manera directa

Nisa Navarro, canaria de 22 años

Me derivaron por primera vez a un psiquiatra con ocho años y el diagnóstico llegó cuando tenía 12. Mi historial es largo, confuso y hasta contradictorio e incluye trastorno límite de la personalidad (TLP), trastorno de déficit de atención con hiperactividad e impulsividad (TDAH) y trastorno de conducta alimentaria no especificada (TCANE) pero el TLP es erróneo: soy autista y estoy a la espera de que lo corrijan.

Nisa Navarro.

Porque me niego a que me conviertan en una etiqueta. Y sí, al principio un diagnóstico alivia pero luego te das cuenta de que no hay pastilla que ‘arregle tu problema’ ni correas que te calmen. Que se crean traumas sobre traumas y que la terapia no puede hacerte sufrir por tu propio sufrimiento. Estas reflexiones surgieron cuando en mis ingresos veía que me ponían por encima del resto solo por cumplir las normas. En los ratitos de lucidez -sueles ir ‘zombie’ por la medicación- te cuentan testimonios de violencia de género.

Porque hay sistema patriarcal y se ve en que a las mujeres se nos diagnostica con hasta 30 años el autismo. En cambio a los hombres se les diagnostica de niños, en torno a los seis años. Mientras a nosotras nos detectan trastorno de límite de personalidad, en ellos, con los mismos síntomas lo llaman trastorno antisocial. El machismo se detecta en que si acudes al médico por un dolor siendo mujer, es por ansiedad pero siendo varón te hacen pruebas. Se repite este sesgo en que si un chico avisa de ideas suicidas se le cree, pero a las chicas no. Podría decir mil cosas más, como que en el TDAH en las niñas se piensa que tienen probabilidad de desarrollar depresión, bipolaridad, ansiedad… pero a los pequeños se les asocia con trastorno negativista desafiante, es decir, con agresividad.

Antes de estar empoderada e independizada tenía muy interiorizado el capacitismo (discriminación contra las personas con diversidad funcional), tanto que a los 16 fui víctima de violencia género y daba gracias a mi pareja porque estaba conmigo. Cuando lo hablé con algún profesional, de manera muy superficial, se me responsabilizaba ¿Por qué? Por la etiqueta. Y creo que ya es hora de que hablemos por nosotras mismas porque nuestras vivencias son legítimas y necesarias.

Isabel Quintairos, gallega de 56 años

Mi depresión empezó cuando era periodista y pedí una excedencia para trabajar en un partido político. Al retornar me despidieron y, tras varios juicios, la sentencia dictaminó, de manera pionera, que me echaron por mi ideología y orientación sexual. Volví porque el despido se declaró nulo, pero me tuve que enfrentar a que cada día se me tratara mal.

Isabel Quintairos

Mi mujer fue la primera que se dio cuenta de mi estado y acabé por ir al psiquiatra. Lo que me chocó fue que ningún especialista me dijo que había organizaciones como FEAFES (ahora llamada Confederación de Salud Mental en España) con la que topé de casualidad. Y cuando fui a FEAFES lo primero que me dijeron fue que tenía que ponerme bien.

Otro golpe que viví fue quedarme sin empleo, que se acabaran las ayudas y perder el médico. Encontré, gracias a FEAFES, trabajo de limpiadora. Y desde hace dos años y medio tengo la invalidez porque soy sorda de un lado, tengo varias vértebras dañadas y un tumor cerebral pequeño benigno. Sumado a la depresión, mi doctora me dijo que estaba fatal. Es decir, ahora soy pensionista y me causa tristeza decir que es una ilusión no ir a trabajar.

¿En qué me afecta la depresión? Me da por llorar. A veces lo explico y me dicen que jamás lo habrían pensado ¿Y cómo se supone que he de parecerlo? Respecto al feminismo me parece genial que se visibilicen las minorías. De adolescente no sabía nombrar mi orientación sexual. He sufrido LGTBfobia y machismo y veo esto último en especial en las parejas de mis amigas, quienes se empeñan en curarlas en vez de apoyarlas.

Galicia Méndez, murciana de 33 años

Temía que si un médico me diagnosticaba sería oficial que era un monstruo. Acabé yendo al psiquiatra con 18 años por tener varios ataques de ansiedad cada día y agorafobia. También se me paralizaban los músculos y me autolesionaba. No sé ni cómo aprobé Bachillerato.

Galicia Méndez.

En 2009, con 23, intenté suicidarme. Me vi forzada a pedir ayuda a mis padres porque cada sesión de psicólogo eran 50 euros -unos 200 al mes- que para una familia humilde es mucho. Me veía como una carga. Estuve también dos años en el centro Ramón Alberca con la inmensa suerte de que dan terapia de diez meses para trastorno de límite de personalidad (TLP).

Mi jefe desde hace cuatro años sabe de mi TLP y me ha tratado como a un ser humano. Sin embargo, mis parejas me han tutorizado porque si a las mujeres ya se nos trata de histéricas, si encima tienes un diagnóstico ya eres la loca legal. Y mientras que a los diagnosticados se les cuida, nosotras molestamos porque nuestro rol es el contrario: ejercer como cuidadoras.

Ahora valoro visibilizar mi realidad pero en 2009 me sacaron forzosamente del armario con cuchicheos. Y es que te sientes disonante ante los demás porque no conectas con la realidad común y terminas por interactuar como si hubiera un cristal. Me explico: no eres tú pero tampoco cambiar satisface. Por eso importan tanto los espacios seguros que compartes con otros que te entienden y con quienes puedes hablar.

Sofía Kanerva, pseudónimo de una zaragozana de 25 años del Colectivo Desatad@s

En mi primer ingreso era menor y tenía trastorno de conducta alimentaria (TCA). Entré con un Índice de Masa Corporal muy, muy bajo con riesgo de muerte. No me contuvieron físicamente sino químicamente. Recuerdo que a un compañero lo ataron. Estaba tan delgado que por las noches se deslizaba entre las cuerdas e iba a pasear. Estuve dos meses en el centro y después pasé unos años de relativa estabilidad. Más tarde sufrí varias recaídas de las que me recuperé con muchísimo apoyo de mi familia. Todos estos problemas impidieron que, aunque nunca suspendí ninguna asignatura, no terminara la universidad. No he podido tampoco trabajar ni he recibido ninguna ayuda para reinsertarme.

Sofía Kanerva, del Colectivo Desatad@s
Sofía Kanerva, del Colectivo Desatad@s

Ahora estoy aprendiendo a mirar a través de las gafas moradas (el feminismo). Por ejemplo, en el último ingreso me fijé en que el personal se dirigía a los chicos no como si fueran niños sino como adultos, mientras que a mí me infantilizaban. En general, me siento invalidada continuamente y si cuento mi situación es porque estoy segura de que quiero hacerlo, como ocurrió hace unos meses con una profesora. Su reacción fue muchísimo mejor de lo que esperaba: me dio todo su apoyo.

El próximo 19 de mayo todo el colectivo retoma por segunda vez en España el Orgullo Loco en varias ciudades, una reivindicación que en otras partes del mundo lleva más de 25 años celebrándose. Os dejamos además un documental con testimonios directos: