Sexo y salud mental: el doble tabú que enfrenta la mujer psiquiatrizada

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Araceli San José habla con orgullo de su pareja, con quien comparte vida desde hace 15 años. “Estoy tan enamorada como el primer día”, dice con una carcajada alegre. 5.475 días en los que ha habido baches y se han superado. “Ha aprendido a valorarme no porque tenga un diagnóstico sino porque a veces he intentado echarle de mi vida y se ha aferrado con uñas y dientes”. Araceli -Aratxu en realidad- ve su futuro con Marcos, su compañero desde que una mañana, tras una noche de fiesta, le llamó bombón.

Por ahora Marcos y su hermano cuidan de su madre, ya de avanzada edad, y por eso Aratxu aún no vive con él. A sus 48 años a Aratxu este hecho no le preocupa ni tiene prisa. Convive con sus padres y afirma que no podría estar mejor: “Me levanto, me ducho y cuando voy a la cocina tengo mi zumo de naranjas recién exprimido, mi kiwi pelado, mi café con leche y mi tostada con mermelada”, recita contenta al otro lado del teléfono. Y recalca: “Dime tú dónde voy a tener eso cada día”.

Para alcanzar esta plenitud, Aratxu ha afrontado su propio proceso. A los 25 años, y a raíz de las drogas, un día una ambulancia la llevó a un centro de salud mental. “Fue todo tan rápido que ni lo recuerdo”, recalca. En el centro de salud mental le dijeron que tenía trastorno bipolar y le nombraron por primera vez Asasam, una asociación que actualmente atiende a 220 personas, 110 de ellas usuarias. Asasam se ubica en Ayala, un municipio compuesto de pequeños núcleos de población -24 en total- que coordina Álava.

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Aratxu es una de esas 2.564 personas que viven diseminadas en el valle de Ayala y recuerda ese primer encuentro con Asasam hace ya 12 años. Por aquella época ignoraba si Asasam era un territorio hostil y, lejos del miedo, descubrió el que considera su segundo hogar. “Desde entonces he madurado a base de compartir con los demás y de estar lejos de gente no recomendable”. Comenta con rabia que estas supuestas amistades no la visitaron cuando la hospitalizaron. Ahora cuenta con Marcos, su pareja, y con su familia. Ambos pilares de su día a día han aprendido, con y junto a ella, de salud mental.

Aratxu, protagonista del reportaje. / Susana Ye

Y han aprendido en parte a través de Asasam, espacio en el que Aratxu se siente acogida. Por eso no dudó en unirse al primer taller de sexualidad de la asociación. Rocío Matías Blanco, gerente y psicóloga en Asasam desde hace diez años, explica cómo nació y cómo enfocan el taller. “Ocho profesionales de Asasam y un grupo de sexólogas que trabajaban estos temas con adolescentes dimos forma al programa”. Y detalla: “Se plantea de manera dinámica, formando grupos de 8 ó 10 personas que comparten el mismo interés y con un punto de partida para debatir y aprender en conjunto”.

Fruto de esta colaboración surgieron cuatro ejes a tratar: intimidad, placer, imagen corporal y autoestima; deseos, afectos y fantasías; relaciones e interacción social y, por último, cuidados y familia-. Estos temas, y alguno más según la necesidad de los participantes, se abordan a lo largo de seis sesiones por semana de unas dos horas para cada grupo.

Salud sexual es bienestar”

Aratxu ha participado en varios grupos todos los años que se ha organizado el taller, cuya continuidad depende de una subvención de 7.000 a 10.000 euros del área de Igualdad de la Diputación de Álava. Este año Aratxu se unirá más tarde -hay varias convocatorias para unirse al curso a lo largo del año- y, haciendo memoria, para ella el grupo de fantasía ha sido el mejor: “Uno de los ejercicios era escribir una situación erótica y de seis personas que éramos, dos chicas eran buenísimas en plasmar su imaginación”. Su conclusión es que al final no se trata solo de sexo sino de cómo relacionarse.

Este concepto transversal y amplio del sexo lo recogió en 2001 la Organización Mundial de Salud. Lo hizo con esta definición: “Salud sexual es un estado de bienestar físico, emocional, mental y social. No es meramente la ausencia de enfermedad, disfunción o debilidad, requiere un acercamiento positivo y respetuoso y la posibilidad de obtener placer y experiencias sexuales seguras, libres de coerción, discriminación y violencia”.

Maria Isabel Garcia, Asasam, 15 de abril del 2019. / Jose Montes

Aratxu reconoce que desde los 17 hasta sus ahora 48 años su manera de vivir la sexualidad ha mejorado. Y da carpetazo al pasado para quedarse con el presente, junto a Marcos, su pareja sin diagnóstico. “Yo he estado con chicos problemáticos, que no con problemas”, enfatiza. María Isabel García Peña, de 46 años, también destierra su pasado sentimental. Con 35 años le diagnosticaron por primera vez y al poco rompió con quien fue durante 14 años su compañero vital. “Sentí que se cerraban unas puertas y que se abrían otras”. Ahora trabaja sin ocultar su discapacidad y conciencia sobre salud mental desde la Junta Directiva de Asasam y el área de Igualdad de Fedeafes, una de las principales federaciones en el País Vasco con más de 9.000 personas.

María Isabel sigue creciendo y su experiencia en el taller de sexualidad ha sido positiva. La de Aratxu también y ya ha puesto en práctica lo aprendido. “He ido con mi chico a un hotel y hemos jugado con las gominolas de jengibre”. María Isabel, soltera desde 2007, tiene claro que ella también aplicaría lo que ahora conoce. Sobre cómo viviría una nueva relación, responde: “Sería, sobre todo, yo misma”.

Si no se pregunta no existe

Antes que el taller de sexualidad de Asasam han existido iniciativas de salud sexual y salud mental pero siempre desde y para los profesionales, no para hacer pedagogía o escucha activa del propio sujeto.

La Asociación Española de Sexualidad y Salud Mental es una de estas iniciativas. En 2017 denunciaba el efecto de los antipsicóticos, cuyo uso prolongado provocaba que aumentara el riesgo de sufrir hiperprolactinemia -y posible disfunción sexual e infertilidad- en hasta el 70% de pacientes, según un estudio de 18 investigadores de Salamanca. El doctor Ángel Luis Montejo, que participó en dicho análisis, indica que esta peor vida sexual hace que el 20% de mujeres y el 36% de hombres se planteara dejar la medicación. No es el caso de Aratxu: “Si mi medicación hace que tenga menos líbido, Marcos prima que esté bien. Qué más da tener sexo o no ese día”.

Aunque Aratxu y María Isabel sean más abiertas con su sexualidad, no siempre es así. Marian Obiol está abriendo camino en escuchar sobre ello a las mujeres psiquiatrizadas desde que en 2012 se unió como ginecóloga al equipo del Centro de Salud Fuente de San Luis, en Valencia.

Se dio cuenta de que las mujeres de la segunda planta, donde atienden psiquiatras y psicólogos, apenas subían a la tercera planta, donde Obiol da consulta de salud sexual y reproductiva. Las razones: se tiende a que el diagnóstico acapare la atención y, además, el sexo incomoda a los profesionales: “No están acostumbrados a hablar de sexo porque consideran que es una cuestión privada”. Según Obiol, el estigma hace que precisamente los profesionales sean puntos de apoyo. “Si una mujer con una patología mental tiene problemas con la pareja o sufre violencia de género confía antes en un sanitario o en un policía porque en su entorno teme reacciones como “¡bastante soporta Pepe!” o “no será para tanto”.

Una de las conclusiones de estos siete años de preguntar a las propias afectadas es que el 60% está satisfecha con su vida sexual. Fuera de España hay perfiles mixtos como Stephanie Buehler, psicóloga y sexóloga que divulga tanto para parejas como para profesionales sanitarios. Su libro ‘Sexo, amor y salud mental’ (solo disponible en inglés) muestra casos y da consejos que, sin caer en ser absolutos, aportan pistas ante la falta de referentes.

Por su parte Obiol insiste en que la sexualidad es una asignatura pendiente de toda la sociedad y en que el gran techo de cristal para las mujeres con problemas de salud mental es el sentimental. “Cuando la sociedad asuma que personas con un problema de salud crónico tienen derecho a ser felices y a disfrutar de una sexualidad plena habremos roto el tabú”.

Aratxu ya ha conquistado esa cima y volverá a explorar su sexualidad con Asasam y a poner en práctica, en la intimidad de la pareja, cómo seguir tan enamorada como hace 15 años, cuando llamó bombón a Marcos.

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