La desigualdad expande el incendio

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Un bombero recoge los restos de los desperfectos provados en una noche de protestas en Londres. / F. Arrizabalaga (Efe)

Los disturbios y saqueos británicos van por su quinto día y al alza en costes directos. Para la mayoría de los observadores eran tan impredecibles como la especulación de los mercados, que ayer castigó con especial dureza a Francia, tras levantar la presión sobre los EEUU y la periferia europea. Pero hay un denominador común en todo ello, el movimiento español de los indignados, las rebeliones árabes y las crisis de deuda y de crédito monetario y político que afectan a la Unión Europea y los EEUU y hasta ayer habían causado el mayor crash desde el iniciado año 1929: la expresión actual de las demandas de igualdad ante los ajustes impuestos por la crisis. De cómo gestionemos entre todos esos riesgos dependerá que los resultados sean de mínimo común múltiplo o de máximo común divisor.

En todos esos casos, cuya aparente novedad conmueve en lo que va de este agitado año 2011 la más rabiosa y variada actualidad, podemos encontrar la expresión de latentes o subyacentes tensiones estructurales. Por tanto, como en una adecuada metodología el carácter y los tipos de procesos problemáticos deberían inspirar el sentido de sus soluciones, nada mejor que aplicar a la búsqueda y diagnóstico de sus causas análisis estructurales. También debería adquirir este rasgo formal el contenido de las consiguientes reformas.

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Los árboles de las diferencias entre unos y otros acontecimientos no deberían ocultarnos  la percepción y comprensión del bosque. Lo de menos es, pues, la diversa naturaleza de actitud o comportamiento de sus protagonistas, en unos casos agentes y grupos o movimientos sociales, levantados allá por el sur del mediterráneo violentamente contra regímenes autoritarios,  acá pacíficamenrte frente a una democracia política en crisis de crecimiento, o al norte del Continente violentamente ante la democracia política y económica que es la primera en el tiempo y más madura y modélica de los países desarrollados; en otros, agentes de los mercados que especulan con grandes fondos de pensiones, inversión o reservas de liquidez de las empresas; siempre, representantes de los poderes del Estado que gestionan los recursos económicos y coercitivos de las voluntades individuales, en aras de la presunta seguridad física y económica de colectivos nacionales.

En todos los casos, lo que se revuelven son diferentes estructuras locales de relaciones dentro del marco de la globalización. Cada parte digna de observación se caracteriza siempre por compartir crecientemente una infraestructura específica común, medio productor de grandes novedades: las tecnologías de la información digitalizada, redes de móviles y ordenadores conectados a Internet que les facilitan las interconexiones y generan tendencias a múltiples convergencias vaticinadas hace una década en Digitamismo. El otro gran polo que cataliza dichas relaciones cada vez más complejas, para formar igualmente conjuntos estructurados que nos permiten simplificarlas, son las diversas instituciones, desde las más informales, como las ideas, a las mas formalizadas en organizaciones políticas, sociales o económicas.  Se trata en este marco inmaterial de superestructuras, también facilitadoras de interrelaciones, en todas las cuales aparece para todos los acontecimientos analizados la expresión más actual de las demandas de igualdad, a través del rechazo o combate de muy diversas desigualdades, cuya percepción, comparación y por tanto reivindicación es potenciada por dichas tecnologías propias de la revolución digital.

Por supuesto que las ideas de igualdad que agitan las reacciones contra su ausencia son muy diferentes en cada caso, además de novedosas. Esto contribuye a que tanto en las revueltas árabes, el 15-M español o los disturbios británicos, como en los más recientes giros especulativos de los mercados, nos encontramos casi inevitablemente con la impresión de que navegamos por espacios inexplorados, imprevistos e incluso impredecibles.

Ese “uncharted space””era declarado ayer ante las caídas próximas al 5% tras subidas previas similares en las bolsas norteamericanas por el responsable del mayor fondo mundial de deuda pública, el Pimco norteamericano. Otros analistas financieros consultados por Bloomberg  decían no ver más explicación ante la abrupta pendiente registrada por la banca francesa, con caídas el 15% en el segundo mayor banco, que las “preocupaciones sobre la degradación del rating de los EEUU y la idea de que Francia podría ser el próximo", algo negado por la propia Standard & Poors. Similares valoraciones de desconcierto y contradicción se registran ante las sucesivas revueltas de la primavera árabe, el mayo español y el verano británico.

Sin embargo, hasta en esa fuerte debilidad y volatilidad de las bolsas, mayor que la de hace cuatro veranos y casi tan grande como la del otoño del 2008 (ese año los recortes se aproximaron al 50% y ahora superan el 20% desde el máximo de abril), laten demandas o resistencias ante los ajustes económicos y fiscales. Los mercados intentan imponer de hecho el consenso que han sido incapaces de organizar de derecho los políticos, en ambos casos mediante la redistribución o transferencia de rentas que unos también de facto tratan de forzar ante la pasividad de los otros.

Los fundamentos de esto último están resumidos en el cuadro del FMI y del Banco de Españ (página 22) sobre los ajustes fiscales necesarios en los países de mayor deuda pública para los años 2010-2016: 13% del PIB Japón, 11% EEUU, 9%  Reino Unido y 6% Francia, de los cuales en estos dos últimos  ya se han acometido o previsto la mayoría.  Alemania es el único país que ya se ha enfrentado  a todo el ajuste necesario, de apenas el 2% del PIB.  El martes llegó a proponer desde la actual conferencia política preelectoral del partido gobernante que Italia y España vendan para afrontar su deuda las  reservas de oro, paraíso para la liquidez que registra otro máximo histórico, como el franco suizo. Piensan los políticos conservadores germanos que sus contribuyentes se negarán a ser menos iguales que los de países susceptibles de rescate. Por eso los mercados anticipan que los bancos tendrán que participar más, y especulan contra los que podrían verse afectados. Todo ello con menos fundamento real que contra España, donde el ajuste necesario no llega al 5% del PIB y sí está previsto por las reformas en proceso.

Esa lucha contra la desigualdad ha sido y es todavía más evidente en las revueltas sociales pacíficas o violentas, como la de los últimos días en el Reino Unido, donde la inflación anual se aproxima al 6% y supera la media Europea por subidas paralelas a los ajustes fiscales como las del gas, la electricidad o las telecomunicaciones. Allí, cuna de la primera y única revolución liberal que desde el siglo XVII convierte formalmente a Estado y ciudadanos iguales ante la ley común, se enfrentan hoy con mayor crudeza el modelo económico y político anglosajón y el continental europeo, las ideas subyacentes de libertad y solidaridad, sus respectivas ideologías políticas e incluso sus métodos explicativos. En la cuarta y quinta noche los disturbios y saqueos ya se extendieron fuera de Londres, donde grupos de jóvenes quemaron coches, saquearon tiendas y se enfrentaron a la policía, según medios como la BBC y otros más conservadores, coincidentes sin embargo en apuntar como causas que han prendido la mecha la marginación social, el paro, la falta de oportunidades y las desigualdades sociales; es decir, las señaladas en las revueltas árabes y los indignados españoles.

Uno de esos diarios, el Daily Telegraph, además de presentar los disturbios como “producto de una nación que se desmorona y a los que una clase política indiferente les ha dado la espalda”, me llama la atención por reivindicar la memoria para identificar como “auténticas causas” algunas mas insidiosas, recordando el análisis de padre del liberalismo económico y del más famoso entre los economistas liberales en sentido norteamericano. El primero es obviamente Adam Smith, negando que pueda desarrollarse jamás una sociedad en orden cuando una parte considerable de sus miembros sea infeliz, y por consiguiente, peligrosa. El otro, mi admirado J K Galbraith, quien en su libro El crash de 1929 cita las siguientes causas: una mala distribución de los ingresos, un sector empresarial implicado en un “latrocinio corporativo”, una estructura bancaria débil y un desequilibrio entre importaciones y exportaciones.

Estas causas derivadas de la desigualdad eran, por tanto, mas que previsibles, al igual que las explicaciones basadas en la incapacidad de los políticos. Habían llegado a ser identificadas e incluso cuantificadas, junto a este último, como mayor peligro económico global, cuyas facturas se expanden en la medida que brotan incendios y se demora su prevención y extinción,  también cuantificadas, como veremos otro día.

3 Comments
  1. Euplinio says

    No parece que sea solo cosa de simples delincuentes sin otros motivos que robar por robar, o la simple venganza, como se nos quiere hacer ver desde los medios de referencia y políticos al uso…

  2. Mara says

    No entiendo ni papa lo que quiere decir. Sólo sé que los pobres no tenemos más y los ricos quieren más. En el 29 arrojaban al mar el trigo y los alimentos mientras la humanidad se moría de hambre y ahora ya se han apropiado de todos los bienes públicos rentables, incluidos el aire y el agua y hasta la lotería en España, han triplicado el precio de los alimentos y provocado nuevas hambrunas. Si la democracia sirve para algo ha de ser para expropiar y arrojar al mar a esos grandes especuladores, asesinos de la humanidad

  3. Sito says

    Es interesante ver como se baraja la posibilidad de imponer toque de queda.

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