Alemania y Francia se plantean gobernar por nosotros ante la falta de reformas

Sarkozy y Merkel tras el encuentro que mantuvieron en el palacio del Elíseo el martes. / Patrick Kovarik (Efe)

Angela Merkel y Nicolás Sarkozy, impacientes con los demás gobiernos miembros del euro, parecen decididos a tomar medidas por ellos. Tal vez sea lo mejor, ya que los políticos domésticos siguen sin atreverse a emprender medidas de alcance, debido a sus componendas internas, sus miedos electoralistas, su falta de visión y, en definitiva, su mediocridad.

Los grandes capos del viejo continente se plantean cerrar el grifo de las ayudas a los países que no cumplan con la disciplina financiera exigible e incluso una intervención directa en un gran Gobierno económico paneuropeo. Casi nada. Algo que, aunque todavía no se sabe por qué derroteros discurrirá, apunta casi incluso al corazón mismo de la soberanía.

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Una situación para la que España no parece preparada, aunque quizá por eso, precisamente, Alemania y Francia entren a degüello, hartos de nuestro endeudamiento, nuestros reinos de taifas autonómicos, nuestras instituciones de dudosa utilidad, nuestra elevada cifra de empleados públicos, nuestras cajas de ahorros politizadas…

Tal vez por esto llegue la declaración de Rubalcaba, viejo zorro, diciendo que está dispuesto a eliminar las Diputaciones. Unas palabras inteligentes en su enunciado, ya que dejan entrever cambios muy serios; de esos que nos reclaman desde el extranjero, aunque nadie sabe muy bien qué consecuencias tendría dicha medida. Y ya que el candidato socialista está en ese plan, ¿seguirá hablando del Senado, los procuradores…?

Lo cierto es que en esta crisis sigue haciendo cada uno la guerra por su cuenta y no se soluciona nada de manera firme a ninguno de los dos lados del Atlántico. Así las cosas, parece que a las dos grandes economías se les ha agotado la paciencia. Es la inactividad la que está agudizando los males.

Los ataques a la deuda, por ejemplo, no son más que inversores bajistas que buscan una debacle de los países en cuestión para hacerse de oro. Ha bastado una actuación del Banco Central Europeo (BCE) para ahuyentarlos como moscas. Su intervención no es un rescate, como se ha dicho, sino un elemental movimiento de defensa para dejar los bonos en su sitio, expulsando del mercado a todos los hedge funds y bancos de negocio que presionaban la deuda pública al descubierto, esto es, sin tener títulos.

Cuando está claro que aparece el BCE con la artillería, todo el mundo se afana en comprar y deshacer posiciones, lo que permite que los diferenciales se estrechen en alrededor de 100 puntos básicos en poco rato. Del punto del no retorno a la calma en cuestión de minutos.

En España, sin duda, hacen falta reformas que es posible que pasen incluso por unos retoques constitucionales. Lo malo es que sólo imaginar que hubiera que poner sobre la mesa la Carta Magna (intacta desde el 78, por lo que un buen ciclo ya ha cumplido) para avanzar en cuestiones de sostenibilidad de nuestra sociedad, haría que los nacionalistas fueran a lo suyo y punto. Pero es de suponer que ese objetivo de sostenibilidad iría en línea de poner algo de coto al coste autonómico y por ahí no pasaría casi nadie.

Esta crisis es una crisis de políticos, no económica. Llega un momento en el que deberán decir claramente a qué juegan y, a su vez, la sociedad tener claro qué es lo que quieren de ellos. Merkel y Sarkozy han puesto de manifiesto uno de los puntos clave: Europa, o nos la creemos o algo hay que hacer con ella.

Está muy bien que nos lleguen fondos desde Bruselas e incluso es muy cómoda una moneda única cuando se sale al extranjero. Pero si se juega a eso se debe jugar con todas las de la ley. Estos años ha puesto de manifiesto que la sostenibilidad de nuestro sistema es complicada y hay demasiados políticos sobre el mismo. Los grandes jefes han aparecido a decir que se acabó la fiesta y toca recoger.