Rajoy contempla cómo sus colegas Merkel y Sarkozy rediseñan Europa y él sólo puede encomendarse a Zapatero

A Mariano Rajoy se le ha llenado la boca de decir que España volverá a ganar peso en el concierto internacional, algo de lo que presumía (y presume) hasta la saciedad José María Aznar. En el Congreso del Partido Popular Europeo (PPE) de Marsella, el gallego intentó darse un baño de multitudes, después del incontestable éxito del pasado 20-N. Sin embargo, no fue fácil.

Por un lado, su posición está totalmente enfrentada a Merkel y Sarkozy, ya que desea que el Banco Central Europeo (BCE) actúe, ponga freno a la crisis de deuda y mantenga la española en cotas razonables. Por otro, el tiempo pasa demasiado lento y no llega su investidura, mientras los mercados continúan arreando. Para ello, le ha pedido al propio Zapatero que presione en su línea en la reunión del Eurogrupo en Bruselas.

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Es decir, quiere mantener la tradicional línea popular, basada en la austeridad, el cumplimiento de los criterios de Estabilidad y el orden presupuestario, pero también quiere que los bancos centrales apoyen la deuda española que ayer, por cierto, volvió a sufrir, con la prima de riesgo en 380 puntos básicos y el bono a 10 años al 5,81%, lo que complica el panorama de las próximas subastas del Tesoro.

El futuro presidente es consciente de que se están cociendo cosas importantes en Europa y esa reunión de mandatarios en Bruselas le llega demasiado pronto. De esta manera, se encomienda a Zapatero y pide que se bata el cobre para defender en lo posible la capacidad de decisión: “He acordado con el presidente en funciones la postura a mantener en ese Consejo”.

Un serio problema, que pone de manifiesto las dificultades que se va a encontrar. La canciller alemana no está por la labor de facilitar que el BCE ofrezca una tregua y quiere sangre, sudor y lágrimas en todos los países de la Eurozona... excepto en Alemania.

Merkel, otra popular, maneja las riendas europeas y tiene muy claro que, por encima de la nueva etapa europea, Alemania debe salir indemne de esta. Aunque la principal economía del viejo continente tiene bastantes lagunas y su banca también, se comporta como la ungida por las excelencias de la ortodoxia. Así se lo ha echado en cara el mismísimo presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker.

Pero la germana no quiere que ningún país se relaje y, ni mucho menos, dé por hecho que los bancos centrales van a defender a los países soberanos de la especulación financiera. A pesar de que hace una semana actuaron ante un nuevo inminente colapso de liquidez, enseguida se han escuchado voces insistiendo en que no hay barra libre.

Ayer se repitió la escena, con un BCE que bajó tipos pero, en el acto, su presidente aclaró que no va a comprar más bonos soberanos.

Rajoy tendrá que saber jugar a varias bandas. Mientras en España enarbola el discurso de los recortes y la austeridad, fuera deberá enfrentarse a Sarkozy (cuyo país también deja bastante que desear en términos de ortodoxia) y Merkel, ambos del PPE, para que no implementen la Europa de dos velocidades y dejen a España dentro del pelotón de los torpes, con una deuda estratosférica y estrangulada por las altas instituciones comunitarias.