Javier Marías, el columnista que lo sabe todo y siempre tiene razón

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Imagen de archivo de Javier Marías. / Efe
Imagen de archivo de Javier Marías. / Efe

En España la prensa es, en general, una actividad de monocultivo. Escribir en los periódicos es algo parecido al juego de tirar al plato, un incesante pim-pam-pum contra un enemigo predeterminado. Hagan lo que hagan, los palos siempre se los llevan los mismos, dependiendo la elección de cada muñeco de feria del sesgo “ideológico” y de los intereses materiales del medio informativo en cuestión. El punto de mira casi siempre apunta a la diana de ayer, de anteayer y del año pasado: el partido gobernante del momento, los grupos que desde la oposición aspiran a ocupar su lugar, los miembros de las instituciones designados por unos u otros (esas fracciones cooptadas por los partidos mayoritarios que, careciendo de voz autónoma, son sin embargo estereotipadas por algunos diarios con el marchamo intelectual de “progresistas” o “conservadoras”), las personalidades afines a los respectivos aparatos de poder…

Hay mucho donde elegir pero la artillería dialéctica de cada publicación bombardea, única y constantemente, las mismas trincheras sin que los medios, casi nunca, practiquen ese deporte mental tan saludable que es el fuego amigo. Menos aún se denuncia hasta las últimas consecuencias que el sistema político (y no sólo él) corre el riesgo de anquilosarse definitivamente, de convertirse en un decorado de cartón piedra, incluida la parte de la escena ocupada por los amigos de cada grupo empresarial del sector de la información. En España la mayor parte de la prensa percibe la realidad en blanco o en negro, cuando, dentro de las opciones legítimas de cada uno, los periódicos deberían ser un diario de avisos de que la vida pública, conformada por unos y otros, marcha peor que mal y de que es necesario reaccionar antes de que las cosas se compliquen todavía más. Para los que modelan la opinión del país todavía no se ha inventado la escala de grises para medir lo que hacen los amigos y los enemigos. ¿Será que al consumidor de información y opinión no le gusta el periodismo tibio? No lo creo, porque bastante gente está harta de los medios y ya no se identifica con ellos.

Ese reduccionismo ideológico convive con otra lacra monocorde que no me parece mucho mejor. Se trata de adular al lector o, al menos, de no molestar al espectro social que se ve representado por su medio favorito. Es algo muy comprensible –a nadie le gusta tirar piedras contra su propio tejado-, pero también es dudosamente productivo si lo que se intenta, con mayor o menor fortuna, es acercarse a la verdad de las cosas. En nuestro país todos nos quejamos de la mala calidad de la oferta pública. Sin embargo, constituye una rareza exótica mencionar las insuficiencias de la demanda social (adormecida precisamente por muchos medios). De esta forma, los responsables públicos, ciertamente no demasiado competentes en su mayoría, son el pararrayos que absorbe las tormentas sociales y resulta muy útil su función de chivo expiatorio de todos los males. Los políticos se han convertido en el cubo de la basura al que va a parar cualquier clase de desperdicios. No faltan razones para ello, pero los que no nos dedicamos a la política solemos ir por la vida con la inocencia del día de nuestra primera comunión. Ese desequilibrio entre la responsabilidad que se exige a la oferta (muy elevada) y  a la demanda (notoriamente inferior) resulta muy confortable para los ciudadanos que han elegido ser pasivos, pero ni me parece justo ni solucionará nuestros problemas.

Además, la vanidad intelectual de algunos columnistas les lleva a la desmesura de opinar de cualquier asunto que pase por debajo de sus púlpitos. Son individuos que ejercitan con desparpajo un periodismo tribunicio, y tienen la convicción de que todas las dificultades adheridas al asunto sobre el que divagan –que puede ser tanto la economía financiera de Castilla-La Mancha como la situación geoestratégica de los países limítrofes con Beluchistán- no tienen ningún secreto que ellos no puedan desentrañar. Y, por si esto no bastara, su ingenuidad les dice que lo que escriben influye decisivamente en la marcha de la política y la sociedad, como los puñetazos que un boxeador da en las napias de su rival. Aunque a veces, mimosos que son, se ofenden al comprobar que el teclado de su ordenador no puede separar las aguas del Mar Rojo y se desahogan ante su público cuando comprueban que la realidad no les hace el caso que merecen.

En todos o algunos de los males citados de la profesión se puede caer escribiendo bien, mal o simplemente regular. No son vicios de forma, y este diagnóstico lo cumple, según mi modesta opinión –que es la de un tibio convicto y confeso-, uno de los maestros reconocidos del género. Me gusta mucho el Javier Marías novelista y bastante menos su gemelo en funciones de periodista.  Aprecio en ambos –el literato y el columnista- la belleza del idioma que utilizan y la precisión de sus conceptos. No se trata de eso. Tampoco de sus opiniones o juicios de valor como tales, estéticos o políticos, sobre los que no voy a entrar aquí (si bien frecuentemente los suscribo). Entonces, ¿qué es lo que me aleja del Marías que publica todos los domingos en El País? Pues, sencillamente, la ignorancia que en ocasiones demuestra  sobre los hechos o datos que sostienen su discurso y su opinión, un desconocimiento que desgraciadamente lamina de abajo arriba el argumento de fondo que somete a la consideración del lector. En esas ocasiones ni siquiera Júpiter tronante supera la ira que desata Marías al confundir la realidad con su capricho personal.

La última entrega dominical de Marías (9.3.14), que lleva por título Voracidad y lloriqueo, es una invitación a la insumisión fiscal masiva que, según su inductor, se justifica por “la chulería y el autoritarismo consustancial a este sujeto (en referencia a Cristóbal Montoro). El escritor madrileño no se muerde la lengua y termina su diatriba sulfúrica contra la Administración Tributaria de esta forma: “Siempre vi con malos ojos a los defraudadores, incluso a quienes hacían chapuzas sin IVA. Ya no: cada vez los entiendo más, y lo lamento. Cada vez entiendo más que, ante unas leyes abusivas e injustas, ante un organismo saqueador y arbitrario, los individuos se defiendan y, a poco que puedan, no cumplan”.

Un pelín fuerte, ¿no?, sobre todo viniendo de un escritor muy bueno, leído y admirado por muchos. Pero, ¿cuáles son los motivos concretos que en este caso aduce un intelectual de prestigio para exhortar a su público a la rebelión fiscal y a una conducta tan grave para la convivencia y dañina para el interés general de la comunidad a la que él mismo pertenece?; ¿cuáles son los abusos normativos y administrativos que avalan la legítima defensa ciudadana contra la Hacienda Pública (al estilo de los motines harineros contra la Hacienda del Antiguo Régimen), cuando, además, su instigador no es precisamente Robin Hood y en su panfleto no discrimina entre los diversos grupos de contribuyentes, habla como un vocero interclasista y universal, y muestra su odio al fisco como portavoz de todos, sin aludir a ninguna  situación de riqueza o pobreza individual, sin mencionar la cuantía de los ingresos y rentas de cada uno?  La respuesta, en el fondo, sólo la conoce el propio Marías. ¿Quizás algún tropiezo personal con la gente de Montoro? En todo caso Marías enfoca la cuestión (los supuestos abusos de la Hacienda actual) basándose en unas circunstancias de hecho y unos datos de la realidad que, simplemente, no existen. Marías teje una malla argumental que es falsa desde el primero hasta el último nudo de su labor. Y, si algún dato no es falso y concuerda mínimamente con la realidad, la reacción del escritor y su berrinche ante su visión resultan asombrosamente infantiles.

Don Javier parte del extraño supuesto de que “durante el franquismo no había declaración de la renta”. ¡Qué quieren que les diga! Sobre el IRPF de los visigodos o del califato cordobés, no me pronuncio. Pero yo, que soy casi tan mayorcito como don Javier, he manejado innumerables declaraciones “predemócraticas” del entonces llamado IGRPF, aunque pediré más detalles a Marías, no sea que el visionario sea yo y mi gusto por la ficción supere la del eximio autor de El hombre sentimental y gobernante supremo del Reino de Redonda. Y continúa diciendo el escritor: “muchos artistas y toreros cobraban a través de sociedades, lo cual les traía beneficios fiscales; es posible que esto fuera injusto, pero era legal hasta hace cuatro días. De pronto, Hacienda decide que ya no y convierte su decisión en retroactiva, e impone monstruosas multas por algo que en su momento estaba enteramente permitido”. Es curiosa esta apología de las sociedades pantalla. No sé que repertorio legal ha consultado el jurista Marías para llegar a un dictamen tan novedoso sobre la fiscalidad de los profesionales por cuenta propia. Pero, dándome por enterado y agradeciéndole su audaz disquisición interpretativa sobre el ordenamiento tributario español, le recomiendo una buena dosis de resignación si se ha contado a sí mismo –y se lo ha creído- ese cuento del torero valiente al que esa bestia tan bruta y traicionera que es Hacienda, revolviéndose desde su aparente estado de mansedumbre, le ha marcado impunemente sus pitones en el trasero (y en la cartera) hasta dejar al rojo vivo su inocencia fiscal. ¡No hay nada que hacer, don Javier, que Montoro es un toro muy resabiao! Lo que veo más peligroso es compadecerse, como hace Marías, del contribuyente si la víctima fiscal es un artista que ejerce el noble arte de amurallarse frente al erario con una, dos y más sociedades-pantalla. Repito que me parece peligroso porque, para artistas, creo que ya hemos tenido suficiente con ese dúo señero del espectáculo fiscal y de las empresas interpuestas que son Iñaki Urdangarin y su señora.

Marías también se escandaliza de que el Estado cobre impuestos cuando uno regala un ramo de flores, se toma una cerveza o cena en un restaurante. ¡Qué poca vergüenza tiene el mismo Estado al que algunos le exigen que proteja sus derechos de autor o financie las actividades de la Academia de la que son miembros cuando, ejerciendo sus funciones para garantizar la convivencia social, se niega a dar un calorcillo anarquista a los bienaventurados que sufren su persecución por un hecho absolutamente reservado, privado y sin la más mínima relevancia pública como es ganar rentas o consumirlas. Marías arremete contra  ese “Estado devorador [que] lloriquea y se queja de su indigencia”, el mismo al que en junio debemos entregar hasta el 53% [?] y se embolsa en “alta proporción” el dinero y las propiedades que dejan las personas al fallecer, unos bienes “por los que el difunto tributó ya en vida”. Y apostilla el columnista:  “es algo que jamás entenderé”.  

Desde luego. Hay cosas que, las mires por donde las mires, es imposible entenderlas. Como poner una voz admirada por una amplia audiencia al servicio de la incitación a la desobediencia tributaria y al incumplimiento de la obligación cívica más elemental. Si el propósito de Marías tuviera éxito, este país sería una selva más infame de lo que ya es. Soportar las cargas tributarias es un deber constitucional que está muy por encima del señor Marías, del señor Montoro, de la maldad del Gobierno de turno y de las leyes fiscales, buenas o no, que salen del Parlamento. Pero yo creo que el columnista dominical de El País (si lo que dice lo dice en serio) no va a cosechar ningún fruto. Javier Marías no tiene a ningún capitán Dreyfus al que rescatar y hoy los yo acuso y los zolas mayestáticos, lejos de su contexto histórico, nos recuerdan a los dinosaurios.

Hace muchos años le oí decir a Marías que no todas las opiniones son respetables. En una sociedad libre –afirmaba Marías- lo que merece ser respetado es sólo –y no es poco- el derecho a opinar sin cortapisas. Sentada la premisa anterior, algunas opiniones son verdaderamente indecentes. Aquí sí. Aquí Marías dio plenamente en el clavo.

5 Comments
  1. celine says

    Soberbio artículo, Bornstein. Completamente de acuerdo en el pasmo que experimenté al leer el citado articulo. Hacienda somos todos, o lo que viene después es el caos. Personalmente, he sufrido un error en mi contra, producido en una declaración IRPF pasada. La broma me ha costado 2.500 luros que vienen a desfondar mi flaca hacienda personal. Pero trato de enmendar ese error con ayuda de los muy amables funcionarios de la Hacienda Pública Española que, dicho sea de paso, funciona muy bien y es de las más modernas del mundo. Al contrario que a usted, a mí las novelas de Marías me dejan estupefacta -literal- de modo que hace tiempo que no le leo. Creo que escribe con la misma ignorancia de ciertas cosas que la que demuestra en este artículo. Sólo que en sus novelas su responsabilidad pública es mínima. Y aquí, la llamada al pataleo vandálico es asunto delicado.

  2. Gramático says

    Este artículo coincide con mi impresión de que los artículos de Javier Marías tienden a ser desaforados sermones. Como novelista, me deprime mi incapacidad para ver la gran calidad que tantos dicen que tiene.

  3. Arqueólogo says

    Al leer el artículo ya me parecía que el Señor Marías había cometido una gran pifia. Es un magnífico escritor, pero un intelectual mediocre y eso le pesa a la hora de escribir artículos de opinión. Por otra parte leer sus artículos me supone una gran regocijo, demuestra como alguien siendo de los mejores del mundo en su profesión (escritor) puede ser un completo necio en otras materias.

    Enhorabuena Señor Bornstein por confirmar las sospechas.

  4. Patronio says

    ¿Le tienes mucha envidia, no?

    Hasta el año 1979, por cierto y si no tienes inconveniente, ley Ordóñez mediante, no era obligatorio qie todos los ciudadanos residentes en España presentaran declaración del IRPF.

  5. J MOS says

    Se puede ser un gran escritor e ignorante de muchas cosas, ya que saber escribie bien no implica el pleno conocimiento. No entiendo que alguien que se dice progresis ta critique los impuestos. Se puede criticar el uso que se hace de ellos y que las grandes fortunas se libresn de ellos,y a eso también me sumo, sobre todo a lo segundo. ¿pero que sería de la sanidad y enseñanza públicas, de la policia, los servicios públicos sin impuiestos? Tan solo quián aboga por el desmantelamiento del estado en beneficio del gran capital puede apoyar el sabotear los impuestos.
    Por lo demas es cierto que en el mundo intelectual español faltan los grises, unas veces por ignirancia y mirarnos mucho al ombligo, pero sobre todo por, como dijo Benavente, «Los intereses creados». Todo0 el mundo se apunta un bando para hacer carrera por que por desgracia este pais funcion por bandos, partidos, sectas, grupos, etcetera y ya se sabe cuando la realidad se vuelve tan parcial la verdad es lo primero que desaparece

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