De cañas con Cayo Lara

La izquierda sigue pasmada, aunque en las ocasiones en las que logra superar el aturdimiento es capaz de acudir masivamente a actos tan poco sugerentes como la presentación de un libro, que, salvando las distancias, es lo más parecido a un velatorio: todo el mundo habla bien del protagonista. Este lunes se le hacían honores a Juan Francisco Martín Seco, que presentaba La trastienda de la crisis, y a su alrededor se dieron cita hasta superar el aforo de la librería Blanquerna de Madrid viejos y nuevos sindicalistas y algún que otro político, entre los que se encontraba Cayo Lara, hacia el que enfoqué rapidamente el periscopio.

Le abordé al acabar las glosas y mientras el autor firmaba algún que otro libro, pocos, porque una cosa es que la izquierda se movilice y otra que convierta el lúcido análisis de Martín Seco en un superventas. Cayo ha adquirido un poso más que notable, se ha refinado en sus maneras y hasta se diría que en su manera de vestir –cazadora, vaqueros y un polo lila – exhibe una elegancia estudiada. Me fijo en que no lleva el pin de la bandera republicana que tanto molestó cuando fue a ver al Rey a la Zarzuela. Al poco de empezar a hablar le pregunto precisamente por el monarca. Viene a decirme que, después de un mano a mano de 45 minutos con él, puede afirmar que el jefe del Estado no es Castelar ni se ganaría la vida como tertuliano. Algo así parecía, la verdad.

Por la mañana, el líder de IU había estado en el Juzgado acompañando al alcalde de Seseña, Manuel Fuentes, que declaraba como imputado en una de las múltiples querellas de El Pocero, ésta por denuncia falsa. Lógicamente, echaba las muelas. Me habla de una trampa urbanística de la que se han aprovechado algunos listos: la ley de Ordenación del Territorio y la Actividad Urbanística de Castilla- La Mancha no obligaba a los municipios de menos de 10.000 habitantes a reservar el 50% del suelo urbanizado para viviendas protegidas, como sí ocurría con el resto de localidades. Ahí se explican algunos macroproyectos en simples aldeas. Y como guinda añade que, por tener, al caso de Seseña no le falta ni su propio mafioso italiano: Giovanni Montaldo se llama.

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Nos interrumpen porque ya no queda en la sala ni el apuntador. El editor de Martín Seco y responsable de Península, Manuel Fernández Cuesta, propone unas cañas en Casa Manolo, el paraíso de las croquetas, referencia obligada de cualquier diputado, y hacia allá nos dirigimos un pequeño grupo, en el entendimiento de que el editor tirará de visa como es su obligación. Ahora es Lara el que me pregunta y lo hace por Bono. Quiere saber qué razones llevan a Público, el periódico en el que ‘columneo’,  a entrar en el asunto de sus propiedades. Probablemente, espera que le diga que Moncloa ha autorizado al diario a disparar contra el presidente del Congreso a cuenta de sus áticos, pero no se lo digo porque no tengo ni puñetera idea. Como no iba a creerme, me ahorro el esfuerzo de explicarle que muchas veces los periódicos publican cosas porque los redactores las escriben. Sin más.

El tema de Bono da pie a un miembro del grupo a entrar en la conversación. Cuenta que coincidió con él en la Transición, cuando ambos militaban en el partido de Tierno Galván. Recuerda que Bono aportó al PSP todo su patrimonio de entonces, que era un millón de pesetas, y relata algunas anécdotas de las que no sale muy bien parado, como cuando en Albacete pidió a Tierno que atendiera a algunas fuerzas vivas, a cual más falangista, que al parecer estaban dispuestas a contribuir generosamente a la causa a cambio de obtener credenciales democráticas.  El último episodio tenía que ver con las fugas de militantes al PSOE, que habían irritado sobremanera al Viejo Profesor.  Tierno acusaba a Bono de las deserciones y se lo recriminó por teléfono en presencia de esta garganta profunda: “Bono, es usted una rata que me quiere hundir el barco”. La frasecita se las trae.

Fernández Cuesta no ha pedido croquetas sino unos canapés, y eso es imperdonable aunque el que paga siempre tenga razón. Desilusionado, sigo pegando la hebra con Cayo. Le recuerdo la conversación que tuve con Rosa Díez y el frente común que propuso a IU para obligar al PSOE y PP a modificar la ley electoral. Mayormente, consistía en anteponer dicha reforma a cualquier pacto que pudiera deparar las elecciones autonómicas y municipales. Me sugiere Lara que hay cosas que no están en la mano del coordinador general aunque lo que esté en juego sea la propia supervivencia de la formación. “Podemos obligar es a que no se pacte con el PP, pero nada más”. ¿Y por qué? “Porque no se entendería”. En realidad soy yo el que no entiende nada.

Larga cambiada. Nos fijamos en Madrid y en las próximas elecciones. Nombra a los candidatos: Gregorio Gordo a la Comunidad y Ángel Pérez al Ayuntamiento. Sonrío y le extraña. Le hago ver que los coordinadores pasan y Pérez permanece. Está de acuerdo. Menciono también que en Cajamadrid y adscritos a IU hay ejemplos similares de larga permanencia.  Ahora el que sonríe es él. Seguimos en Madrid. Cree que no está todo perdido y que es posible desalojar a Esperanza Aguirre. Propone recuperar el tamayazo como argumento electoral y una reforma legal que impida que un par de canallas puedan cambiar el signo de la voluntad popular.

Veo, en efecto, que el editor de Península está en la barra retratándose. Un servidor se deja invitar y Lara también, aunque lo suyo está más que justificado. Debe hasta de callarse “¿La deuda de IU? 13 millones de euros”, sentencia. En efecto, se calla y, poco después, se marcha. No pasa un minuto antes de que vuelva a entrar en el bar. “Se me había olvidado despedirme de ti”, le dice a Inés, una simpática directora de la Administración, feminista hasta la médula, que ha estado emboscada en la conversación. Otra cosa no será, pero este tipo es todo un caballero.