Un ejército silencioso, como debe ser

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Los viajeros, en el jardín de la Pagoda de la Oca Salvaje. / Fotos: Javier Vaquero

Creo que va siendo hora de que os presente a la gente excepcional con la que he hecho este viaje, porque alguien podría pensar que he ido sola, a juzgar por el abuso de la primera persona en que estoy incurriendo. Y no, se trata de un recurso literario. Aquí estamos casi todos, en el jardín de la Pagoda de la Oca Salvaje, del que escribí ayer. Son, de izquierda a derecha: Alberto García Peón, que si hubiera vivido en siglo XIX habría sido Mr. Livingstone, supongo; Beatriz García, que habría sido Ms. Livingstone con la virtud de saber exactamente cuando hay que parar para tomarse una cerveza; los dos guías chinos, alias Catalina y Manuel, que hacen añicos el estereotipo de los chinos como gente seria y hermética; e Irene Lozano, para servirle a Dios y a usted, póngame a los pies de su señora. Falta uno: el fotógrafo, siempre al otro lado.

En los últimos días me he percatado de que, cuando le cuentas a alguien que has visto los guerreros de terracota de Xian, y puesto que algunos se han expuesto en medio mundo, casi todo el mundo contesta: “Ah, yo también los vi, en tal o cual exposición aquí o allá”. Pues bien, lamento decirles que cada cosa en su sitio, y los guerreros en Xian. Lo impresionante es justamente ver el ejército completo o, al menos, todos los miembros expuestos allí, que vienen a ser unos 2.000 de los 8.000 existentes en total según el guía Manuel, aunque otras fuentes hablan de 7.000. Podéis pinchar en la foto y ampliarla para apreciarlo mejor.

Los guerreros de terracota en su galería de Xian. / J. V.

Entre ellos hay soldados de infantería, de caballería, arqueros y otros grados que desconocemos quienes no hemos hecho la mili. Naturalmente, una obra de esta magnitud, realizada con los medios existentes hace 2.200 años, sólo puede ser obra de un loco. El chalado en cuestión fue un rey de la dinastía Zhou, que después de tres lustros de guerras, y tras haber ampliado el territorio de sus dominios, decidió autodenominarse Qin Shi Huangdi, que significa “primer augusto emperador de la dinastía de los Qin”. Debió de ser algo grandilocuente y grotesco como la ceremonia de autocoronación de Napoleón. Para quien quiera profundizar en los aspectos históricos y arqueológicos de los guerreros de terracota he encontrado este interesante artículo.

Estado ruinoso de algunas estatutas. / J. V.

Lo fascinante, lo que me mantuvo absorta un rato larguísimo en la contemplación de los guerreros es su individualidad. Cada uno de ellos no sólo posee los símbolos propios de su puesto en la jerarquía militar, sino también sus rasgos personales: sus gestos, sus facciones, su bigote, su perilla. Todos son distintos, lo cual convierte un trabajo casi fabril en una obra de arte. Los artistas que esculpieron este ejército habían recibido la orden imperial de remedar un ejército real, para que fuera enterrado con el emperador. Así su fuerza y su protección le acompañarían al más allá. Los artistas lo cumplieron, dotando a los guerreros del valor artístico que posee aquello que se sale del molde. Contemplado en conjunto, el ejército de terracota llama la atención por su silencio, de ahí que, como escribía ayer, me hayan resultado simpáticos, como Buda. En el pabellón contiguo al de la foto, se encuentran las figuras de los representantes del Estado Mayor, también silenciosos, lo cual se agradece aún más, no porque los disparates de los generales, en general, sean mayores que los de la leva, sino porque son más fácilmente llevados a la práctica.

El fotografo, junto a las réplicas a tamaño natural.

La última razón por la que no resulta comparable ver un par de guerreros con admirar el conjunto es que su recuperación ha requerido un largo trabajo de chinos –jo, jo, jo-. Y eso sólo se puede apreciar in situ, viendo el estado ruinoso en que se hallaban las figuras cuando las encontraron los arqueólogos a mediados de los años 70, como se aprecia en la penúltima imagen. No sólo el paso del tiempo, sino también el hundimiento del techo del mausoleo del loco Qin habían destrozado la mayoría de las estatuas. La única íntegra encontrada hasta ahora la conservan, como es lógico, en una urna de cristal en el museo.

Aún quedan muchas figuras por desenterrar y recomponer pero, como era previsible tratándose de China, existen copias por millones y se pueden comprar en tamaño natural (metro ochenta, más o menos). Aquí os muestro algunas. En cuanto al fotógrafo, espero que sea auténtico, como asegura.

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