No sólo Felipe pudo volar a ETA; Fraga los pudo envenenar y dijo que no

Manuel Fraga. / Wikimedia Commons

En la megaentrevista que el diario El País concedió a Felipe González el domingo pasado, el ex jefe del Gobierno desvela que pudo volar a la cúpula de ETA en una casa del sur de Francia en el año 1989 o por allá, y que ante la información que le presentaron, tenía que decidir entre el sí o el no. Dijo que no. Algunos resp0nsables de los servios secretos conocen ese y otros episodios que ahora González ha decidido desvelar con cuentagotas, con la autoridad y la credibilidad que le confiere el haber sido jefe del Gobierno y, por lo tanto, el responsable de la última decisión.

Vale decir que en el año 1989 y por allá, Francia llevaba varios años colaborando en la lucha antiterrorista. Pierre Xosé era “de los nuestros”. Julio Feo fue el autor de los acuerdos sobre las primeras extradiciones de etarras desde Bélgica, que secundó Francia. Y todos a una realizaron sus exitosas acciones contra los etarras en Iparralde.

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No tenía mucho mérito volar a la cúpula de ETA tras la desaparición del GAL y la  comisión del último crimen de Amedo y la dama negra en 1987 para seguir cobrando del Gobierno. Lo que tenía mérito era haberlos liquidado –por emplear el lenguaje de los promotores de la "guerra sucia"– cuando Francia, en la época de Giscard d’Estaing, no colaboraba y los terroristas gozaban del estatuto de refugiados políticos.

Entonces, en 1976, siendo Manuel Fraga Iribarne vicepresidente del Gobierno y ministro de Gobernación, la cúpula de ETA se reunió con los beretzis (comandos especiales) en un caserío de Bidache. El jefe operativo de los servicios secretos, Andrés Cassinello, recibió la información sobre el día y la hora de la reunión. El topo que tenía en el caserío, Mikel Legarza, se la jugó para informar con suficiente antelación. Los mandos evaluaron los datos que les proporcionó, estudiaron la posibilidad de bombardearlos desde un helicóptero, la opción de introducir un comando para liquidarlos a todos. Incluso el topo, que era el cocinero de turno en el caserío, esperó que le proporcionasen una sustancia eficaz para envenenarlos a todos. No la recibió. Según fuentes de los servicios de información, Fraga decidió que no, que no había que envenenarlos, sino dejarlos vivir. El temor a la reacción francesa desaconsejó, según el propio Legarza, cualquier acción. Poco después, Adolfo Suárez negoció con ellos a través del jefe de los servicios de inteligencia en el País Vasco, Antonio Ugarte.

Desconocemos si Fraga y Cassinello tuvieron remordimientos de conciencia por no haberlos liquidado, pero González dijo tenerlos porque si hubiese decidido acabar con ellos habría evitado muchas muertes de personas inocentes. Los conocedores de las decisiones "contraterroristas", desde el general José Antonio Sáenz de Santamaría, su jefe de Estado Mayor, Cassinello, los responsables de Interior y los poceros de las cloacas del Estado como Javier Calderón y Emilio Alonso Manglano sabían quién tomaba las decisiones, y siempre se negaron a aportar las pruebas que les pidió la justicia, especialmente el juez Baltasar Garzón. Si  ahora González desvela que las tomaba él, debe de ser para curarse en salud ante las nuevas revelaciones que se avecinan con el objetivo político de deteriorar la imagen del entonces ministro y figura emergente del actual Gobierno, el vicepresidente primero Alfredo Pérez Rubalcaba, al que se ha apuntado el PP.