Vuelve el sarampión mientras crece el rechazo a las vacunas

Estos días, en Granada, la barriada del Albaicín vive un brote de sarampión; una enfermedad que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva una década anunciando que erradicará de Europa, pero que ha tenido que desistir siempre de ello mientras los brotes se suceden con cierta frecuencia, prácticamente, en todos los países del viejo continente. Así que, en tanto esta erradicación llega, el sarampión y otras enfermedades contagiosas, que creíamos ya vencidas, seguirán conviviendo con nosotros.

¿Pero cuáles son las causas o dificultades que impiden esta anunciada desaparición? Según los máximos responsables de la OMS —teoría que comparten también las autoridades sanitarias, en general—, hay un inconveniente principal que es difícil de atajar: las corrientes migratorias que llegan y se desplazan por Europa, “infectándola”,  procedentes de otros continentes, y que, además de importar enfermedades endémicas en sus países, descuidan el calendario vacunal que aquí se les ofrece. Y, como comentaba hace unos días un pediatra, “si no te vacunas, es lógico que cojas el sarampión”.

Pero no es del todo cierto lo que dice la OMS ni lo que afirman muchos médicos. Es más, el citado pediatra —que prefiere no dar el nombre—, defensor de las vacunas y convencido de sus bondades, asegura, sin embargo, que, “las personas más dispuestas y preocupadas por cumplir con las vacunas, son, siempre, los inmigrantes y las poblaciones de otras etnias, como la gitana”. ¿Por qué? “Pues porque ellos saben bien que si no vacunan a sus hijos pueden llegar a morir, pues lo han vivido antes en sus países de origen, donde la asistencia sanitaria es aún muy precaria y la mortalidad infantil está a la orden del día”.

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Y puede que tenga razón este pediatra, en cuanto a que no son los inmigrantes, ni los gitanos —por citar a un grupo humano contra el que los payos en España manejan toda clase de tópicos—, los culpables de estos brotes de sarampión. ¿Dónde está el problema, entonces? Por lo ocurrido en Granada estos días, el problema, o el conflicto si se quiere, es de otra índole; cuestión, en definitiva, a la que los responsables de salud pública no parecen hacerle demasiado caso. Se trata, sencillamente, de que un grupo amplio de población —aparentemente cada día más numeroso— se niega a vacunar a sus hijos porque considera, como dice Rosa, madre de una niña de 6 años que acaba de pasar el sarampión, “La vacuna es como una bomba... Una burrada que le inoculen a niños tan pequeños esos chutes [así lo expresa ella] de vete tú a saber qué”.

Estos días, en algunos de los centros escolares del barrio granadino del Albaicín, afectados por el brote de sarampión —un barrio en el que vive una gran cantidad de población alternativa, culta, y generalmente universitaria— ha habido un vivo debate sobre el tema. Los que estaban a favor de vacunar a los hijos y los que estaban en contra. Mientras el contagio se extendía como la espuma por las aulas —el sarampión se propaga fácilmente, como el típico resfriado o la gripe— padres y madres de una y otra opinión discutían acaloradamente de este asunto. Para Rosa, vacunar o no está claro. En casa de sus padres, cuenta, convivían una docena de niños y casi nunca iban al médico. Y explica que las enfermedades las pasaban en familia. Es más, recuerda, cuando alguien cogía el sarampión se acercaba a los que no lo tenían todavía para que se contagiasen y así pasarlo todos juntos. “Aquí esta enfermedad la han cogido tanto los que estaban vacunados como los que no”, resume su postura. Lo bueno que tiene esto, dicen, tanto Rosa como los médicos, es que en quince días en casa, se cura; salvo que surja alguna imprevista complicación.

Esta gente alternativa, por lo general bien informada, con criterio, estudiosa en muchos casos de los temas de salud de forma obsesiva y con acceso a la información que al respecto proporcionan Internet, libros y otros medios, tiene siempre presente los casos que, por una reacción extraña o un error, alguien que se vacunó en su día, estuvo a punto de perder la vida. La propia Rosa, uno de los primeros argumentos que emplea para justificar su postura de no vacunar a la hija, es citando un par de casos familiares en los que, en uno, un niño estuvo a punto de morir, “se salvó por los pelos”, dice, y en  otro, resume, “una niña se ha quedado parapléjica de por vida por culpa de una vacuna”.

“Hacen mucho daño estos extremos, que además los medios de comunicación difunde profusamente”, comenta ahora el pediatra, cuando se le recuerda que no siempre las vacunas cumplen su función. “Ya, si lo sabemos; la medicina no es perfecta ni una ciencia exacta; pero, en general, cualquier persona sabe que con las vacunas se salvan millones de vidas”, concluye. Por eso las autoridades sanitarias —todas las Consejerías de Salud— han firmado un protocolo consensuado en el marco del Consejo Interterritorial para aplicar un calendario de vacunas similar en todo el Estado. Con él se pretende inmunizar contra 12 enfermedades; entre ellas están la difteria, tétanos, tos ferina y polio, sarampión y rubeola, y así hasta completar doce.

Cabe destacar también que no toda la población que se considera alternativa rechaza de plano la medicina convencional o alopática, el sistema sanitario “oficial”, y tampoco pasa de ir al médico. Rosa —“y como yo hay otras muchas madres y padres”, argumenta— trata de coger, comenta, lo mejor en cada caso. A su hija la vacunó de meningitis por consejo del pediatra para evitar un posible contagio, tras un brote de esta enfermedad detectado en la zona en la que vive. Pero es partidaria, sin embargo, de la homeopatía y de la medicina natural... O por lo menos está dispuesta a contar con ella. Rosa cree que nuestro sistema inmune se está debilitando en exceso por esa hiperprotección que le estamos dando a los hijos; no hay más que ver como han aumentado las alergias... Ahora todo el mundo las padece. “Hoy la gente se vacuna contra todo”, prosigue en sus comentarios, “pero casi nadie cuida la alimentación, algo imprescindible para tener buena salud y vivir bien. Y ahí las autoridades sanitarias deberían estar más vigilantes”, concluye.

Los movimientos sociales alternativos, preocupados por la salud, apuntan directamente a las multinacionales responsables de la alimentación y de la industria farmacéutica, cuando se trata de identificar muchos de los males que hoy afectan a la humanidad. En el mundo de las vacunas también ocurre esto; recuérdese el revuelo que se armó con la amenaza de la gripe N1H1. La publicidad subliminal, insidiosa y malintencionada tiranizan de tal forma al ser humano que con frecuencia le hacen sentir que está enfermo cuando lo que tiene simplemente es un pasajero desarreglo o un estado de ánimo confuso, confuso por decirlo de algún modo. Uno de los ejemplos más claros de lo que decimos es el revuelo que se arma a primeros de septiembre con el supuesto “síndrome post vacaciones”. De unos años a esta parte parece es inevitablemente patológico el tener que volver a trabajar... Algo a todas luces inaudito.

Inventar y provocar enfermedades hoy es uno de los “deportes favoritos” de esta industria. La consecuencia es que nos vacunamos de todo y contra todo y nos tomamos los medicamentos como si fuesen gominolas, no ya para curarnos, sino para prevenir cualquier posibilidad de ponernos enfermos. Al final, cobra carta de naturaleza el miedo, nos oprime, y pasamos a ser simples peleles, personas atrapadas en esas redes que subliminalmente se tejen, nos envuelven, mientras la industria sanitaria interesada se ocupa a su antojo de gestionar nuestra salud.

En fin, y para cerrar ya este artículo, concluyendo con el brote de sarampión (el penúltimo, supongo) declarado estos días en Granada cabe decir que la Junta de Andalucía ha confirmado hasta el momento 11 casos, aunque los vecinos de la barriada de Albaicín aseguran que son muchos más, aunque también dicen que el brote está remitiendo. En lo que va de año en España se han detectado 216 casos de sarampión, de los que 104 corresponden a la región de Murcia y 33 a Madrid. Es decir, que el sarampión está latente en todas partes todavía, por decirlo de algún modo.

En cuanto a la patología en sí, el sarampión dura en torno a 15 días, normalmente; y si no hay complicaciones, puede considerarse una enfermedad banal. Y en cuanto a los síntomas, los más frecuentes son algo de tos al principio e irritación de garganta, ojos y nariz. Luego, en lo más álgido del proceso infeccioso, el enfermo tendría dos o tres días de fiebre (que puede ser alta) y se llenará de los consabidos puntos rojos en la piel que pueden afectarle a todo el cuerpo.

El sarampión no tiene tratamiento específico. Lo mejor es esperar en casa a que remita. Las personas que han pasado el sarampión o se han vacunado en su momento no tienen por qué temerlo; el riesgo de volver a contraerlo es nulo. De ahí la importancia que cobra el llamamiento que las autoridades sanitarias hacen a la población, cada cierto tiempo, para que se vacune, para que vacunen a sus hijos; es la forma más segura, insisten desde la Administración, de evitar contraerlo.