Réplica cínica a Aznar: algunas razones en absoluto idealistas para arrearle a Gadafi

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El presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy (derecha), junto al eurodiputado Jaime Mayor Oreja (segundo por la izquierda), el diputado nacional del partido Ángel Acebes, y el presidente honorario y expresidente del Gobierno, José María Aznar (izquierda), durante la presentación del libro 'Vivir frente al terror. Memorias de Carlos Iturgaiz', este mediodía en la Asociación de la Prensa de Madrid (APM). / Juan Carlos Hidalgo (Efe)

La que ha liado parda José María Aznar en la Universidad de Columbia, llamando a Gadafi “amigo extravagante” de Occidente, sólo tiene parangón en la famosa rueda de prensa muda de Jose Mourinho. Debo confesar que a mí personalmente me hace gracia Mou. ¿Será porque no me gusta el fútbol? No me pasa lo mismo con Aznar. ¿Será porque, por mucho que intente renegar de ella, me sigue gustando la política?

Lo que dijo Aznar sobre Gadafi hay que pelarlo con cuidado pues tiene varias capas, como la cebolla. La primera capa sería estética y/o sentimental. Todos lo que nos alegramos de que por fin el mundo le dé cera a Gadafi lógicamente nos hemos disgustado porque aparezca este señor a echar agua al vino. Con lo bonito que es desalojar tiranos, por una vez incluso con el nihil obstat de la ONU, ¿a qué viene arruinar la fiesta aduciendo razones de orden práctico?

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Pero vamos a pensarlo despacio. Vamos a olvidarnos por un momento de las implicaciones éticas. Vamos a imaginarnos que somos Henry Kissinger, o cualquier otro monstruo de la realpolitik en cuyas manos estén la paz y la armonía del planeta.

De ser así, y por mucho que (a lo mejor) nos doliera, estaríamos obligados a tomar en consideración si lo que está bien es además lo que nos conviene. Aduce Aznar que en este caso la ONU y la Casa Blanca, Francia y el Reino Unido (no sólo Zapatero) se equivocan porque Gadafi, que fue un bicho asesino en el pasado (¿se acuerdan del atentado de Lockerbie?) ya no lo es en el presente. Que al ver cortar las barbas de Saddam Hussein en 2003 puso las suyas sabiamente a remojar, renunciando a la tentación del terrorismo y del armamento nuclear, conservando sólo excentricidades simbólicas como la de ir a todas partes con la jaima y con su sugestiva enfermera ucraniana (que, a diferencia de Aznar, acaba de retirarle la amistad y largarse).

Por supuesto toda esta modernización era exclusivamente de puertas para afuera. Su metamorfosis de Kafka al revés, de cucaracha a persona, ha sido sólo a efectos de relaciones internacionales. A efectos de política interior, Gadafi seguía y sigue en plena forma dictatorial. Lo suyo era el típico lavado de cara a la saudí, a la marroquí o a la egipcia: un tirano corrupto y/o sanguinario en su casa pero que se comporta como un hombre de paz en las de los demás, para ser o para parecer geoestratégicamente imprescindible, y de ahí que obtenga el apoyo de Occidente. Gracias al cual endurece la represión interna que es la que a su vez le permite “vender” que tiene a su país en un puño y de ahí que sea tan de confianza para meter en cintura el terrorismo. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Que conste que no se la muerde sólo por la derecha. Yo he estado cenando con una exsecretaria de Estado del PSOE que se me lamentaba del mal rollo de Aznar (siendo presidente) con Marruecos, acordándose de “lo bien que nos iba con Hassan II para mantener a raya a los integristas”. El mismo Henry Kissinger se queja en sus memorias, Years of Renewal, de que fue el presidente Kennedy y no Nixon el primero que dio la orden de desestabilizar el gobierno de Salvador Allende (al que por cierto en Chile van a exhumar para determinar de una vez si el 11 de septiembre de 1973 se suicidó o fue asesinado por los golpistas de Pinochet…estaremos atentos), y de que a efectos de realismo político, realpolitik, no hay diferencia sustancial entre presidentes de derechas y de izquierdas, sólo entre buenos y malos presidentes, entre la gente que conoce su oficio y la gente que se ha equivocado de trabajo y debería haberse metido a cura, no a gobernante.

La verdad es que diga lo que diga Kissinger en estos asuntos sí suele haber una diferencia sensible entre la derecha y la izquierda: y es que esta última, cuando aplica la conocida máxima de que el fin justifica los medios, no lo suele hacer público ni lo suele reconocer. Nunca. Yo no me sé imaginar a ningún político progre yendo a Columbia y soltando la que ha soltado Aznar. Y es que esas cosas, si funcionan, sólo funcionan en privado. Cuando no se entera nadie.

Suponiendo que Aznar tuviera razón cuando sostiene que Occidente debería agradecer al señor Gadafi que haya sido tan amable de dejar de poner bombas por el mundo, o de acumularlas en su casa, manteniéndole en el poder así el pueblo libio esté hasta las pelotas -todo para no mandar a otros dictadores el mensaje de que mejor armarse y atrincherarse a la numantina-, jamás tendría razón de decirlo en voz alta y en público. Ni Kissinger fue jamás tan bruto.

Qué decir cuando ni siquiera tiene razón. Y ojo que se la vamos a discutir sin ni siquiera entrar en el fondo ético de la cuestión. Nos vamos a dejar el ideal y el corazón en casa y vamos a debatir desde el más estricto cinismo. Desde el más formidable ande yo caliente.

Aznar no tiene razón porque sencillamente lo que propugna ya no es realista ni es práctico. En un momento de tal efervescencia de la aspirina árabe no se puede seguir mandando el mensaje de que nos vale cualquier tirano que no atente contra la T4. En realidad esa política no ha colado nunca, siempre fue pan para hoy y bombas para mañana, pero ahora, además, es que se nota. Es que se ve a simple vista. Las placas tectónicas de Oriente Medio se están moviendo. Y el resto del mundo tiene que pillar la onda sísmica. Tiene que aprovechar para pasar página del neocolonialismo más escandaloso y desplegar una política mucho más inteligente.

En su último y brillante libro La próxima década (Destino, 2011), el politólogo y consultor norteamericano George Friedman aventura que Estados Unidos en particular y Occidente en general tienen ahora que remodelar toda su política de alianzas en el mundo árabe. Conviene ir cancelando ya el mito de la omnipotencia occidental y de que todos los males de la región son culpa nuestra. Esa política es insostenible a largo plazo y es el mejor combustible del fanatismo. Por supuesto que es un problema que Irán tenga armas nucleares. Pero sobre todo el problema es que le salga a cuenta apuntarlas contra Israel, Washington, Londres…o Madrid. Hay que acabar con esto y ahora se presenta una oportunidad. De enfriar la partida, de repartir de nuevo las cartas. De dividir a los enemigos y de unir a los amigos. De jugar con gracia la carta multilateral, dividiendo y venciendo, coño.

¿Que Mubarak era amiguete y es una putada haberle dejado caer? Qué se le va a hacer: lo exige la realpolitik. Tampoco hay que ser tan águila para darse cuenta de que el nuevo gobierno egipcio estará todavía más en deuda con Occidente que el viejo: al fin y al cabo Mubarak había llegado al poder él solo, sin necesidad de que le rieran la gracia en la plaza Tahir. Lo mismo en Libia. Si Gadafi se equivocó al desarmarse, ¡que le den! Lo que es yo no voy a poner en peligro ni los intereses ni la seguridad de Occidente para honrar su amistad.

¿Está todo el mundo de acuerdo con esto? Evidentemente, no. En el mismo seno de la Administración Obama se viven enconados debates entre el sector encabezado por Hillary Clinton, que quería intervenir en Libia y machacó sin piedad al presidente hasta lograr su compromiso, y el sector mucho más reacio a la intervención liderado por Robert Gates, el secretario de Defensa que Barack Obama heredó de George W. Bush.

A Aznar le han puesto a caldo por hacer unas declaraciones en las que muchos han visto una puñalada trapera contra Zapatero, y es verdad que a nadie le amargan un dulce ni una venganza, pero, conociendo al personaje y sus prioridades, me temo que una vez más ha preferido ser leal a aquellos amigos suyos que se equivocan, que prestar atención a los que aciertan. Lo más probable es que Aznar dijera lo que dijo en Columbia para quedar bien con algún íntimo suyo del Pentágono.

Y así va el mundo.

3 Comments
  1. claudio says

    La cosa no está entre Aznar y Zapatero, sino en que la intervención ha dado la razón a la política de Corea del Norte. No se trataría así de democratizarse (algo por lo que probablemente nadie en Libia esté luchando), sino de tener armas suficientes para disuadir posibles tentaciones intervencionistas.

  2. José says

    Si se confirma que el Yerno de Aznar, Agag, hizo sustanciosos negocios, con el hijo de Gadafi, como informaron desde la Sexta, entonces parece razonable que el patriotero -que no patriota- Aznar, salga en favor del dictador Gadafi. Desde la entrega de restos humanos indiscrimnados, al créanme Sadán tiene armas de destrucción massiva, la Etica abandonó a Aznar como una mal desodorante AVON cualquiera.

  3. David (de Miguel Ángel) says

    Me reafirmo en que es que un placer leer sus crónicas. Disfruto como lo haría ante un buena paella, si se me permite la comparación.

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