Zapatero pedirá a Merkel el gesto de ir al mercado y comprar pepinos españoles

Cornelia Prüfer-Storks, responsable de Sanidad de Hamburgo, durante la rueda de prensa de ayer martes en la que desmintió que los pepinos españoles sean la causa de la intoxicación alimentaria por la bacteria 'E. coli'. / M. Brandt (Efe)

La incompetencia alemana ha infligido un grave daño a los pepinos españoles y al resto de los productos agrícolas de primor que salen de la huerta andaluza. Hasta nuestra fruta ha tenido problemas. A las autoridades alemanas –las mismas que hace poco alentaban bulos sobre nuestra solvencia financiera– les ha resultado demasiado fácil “encontrar” en la temprana hortaliza almeriense esa bacteria, la Escherichia coli enterohemorrágica o E. Coli, a la que atribuyen la muerte de dieciséis personas hasta el momento. Pero hay un problema: han acusado sin pruebas. Su atlética agilidad para señalar con el dedo se ha estrellado contra el hecho científico de que la supuesta bacteria identificada en dos pepónides de una partida de 800 kilos de un palier que, al parecer, rodó por los suelos en el mercado central de Hamburgo, nada tiene que ver con la epidemia.

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Es verdad que en España hubo un tiempo en que las cosas se hacían rematadamente mal. Era cuando la censura de prensa prohibía informar de los brotes de cólera en Galicia y de la “tristeza del naranjo” valenciano y los españoles teníamos que ir a trabajar a Alemania Occidental. Pero de aquello hace cuarenta años y por más que algunos hagan sonar el himno de la dictadura con letra del “divino impacientePemán y Pemartín cuando gana Alberto Contador el Giro de Italia –lo que pone de relieve la gran dedicación de nuestro nunca bien ponderado cuerpo diplomático–, la marca España es hoy sinónimo de calidad. No poco sacrificio, horas y esfuerzo ha costado acreditar la calidad a los productores españoles y a los sucesivos ministros del ramo, desde Carlos Romero a la actual Rosa Aguilar, para que de la noche a la mañana vengan los acólitos de la cancillera Ángela Merkel a aguarnos el gazpacho.

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La miserable acusación de las autoridades germanas al equiparar los pepinos poco menos que con un arma de destrucción masiva, se ha prolongado durante una semana, con unas pérdidas estimadas en 200 millones de euros y sin una gestión rápida, rigurosa y eficiente de nuestro Gobierno para evitar el daño. Los agricultores trabajan con unos márgenes muy ajustados –el pepino sale a 27 céntimos kilo– y al final serán los 300.000 jornaleros los paganos. Sólo la consejera andaluza de Agricultura, Clara Aguilera, tuvo el valor de irse a Almería a comerse un cucunis sátivus para demostrar ante los medios de comunicación su salubridad. Ni ha enfermado ni se ha muerto. Su aspecto es mucho mejor que el de la cancillera Merkel, de viaje en la India, de donde el macedonio Alejandro Magno trajo los pepinos.

Después de que la senadora y ministra de Sanidad de la ciudad-Estado de Hamburgo, Cornelia Prüfer-Storcks, –la misma que acusó sin fundamento– reconociese ayer martes que de los resultados de los análisis realizados no se desprende que el pepino español sea la causa ni el origen de la epidemia, vale preguntar qué acciones emprenderá el Gobierno de Rodríguez Zapatero para resarcir el daño y restaurar la fama de nuestros cultivos. Con independencia de la reclamación económica, una persona próxima al presidente ha explicado que “pedirá a la señora Merke un gesto favorable” hacia nuestra hortalizas.

¿Pero qué cabe esperar de la “niña mimada” de Helmut Kohl, una mujer orgullosa que detesta al perro labrador Koni de Vladimir Putin tanto como los golpecitos en la espalda de Nicolas Sarkozy? Cuentan que en su casa de Berlín prepara todos los viernes la lista de la compra y envía a su marido, el académico Joachim Sauer, al supermercado. El “gesto” que le va a pedir Zapatero es que acompañe a Joachim y compre pepinos españoles. Si luego quiere hacer ensalada o gazpacho, mejor que mejor, pues son muy buenos para la gota y la obesidad. Si los quiere utilizar en rodajas para aliviar sus ojos cansados e inflamados, allá ella.