Guerra se deja querer como presidente del PSOE

Guerra, el pasado 24 de noviembre, durante la inauguración de la exposición 'El Socialista 1886-2011. Prensa y compromiso político'. Tras él, los dirigentes del PSOE Zerolo, Lissavetzsky e Iglesias (de izda. a dcha.). / Mondelo (Efe)

Nada agradaría tanto a Alfonso Guerra como que los candidatos en liza ante el 38º Congreso del PSOE, convocado en Sevilla en los primeros días de febrero, le propusiesen como presidente del partido. Él no lo confiesa, pero algunos compañeros y amigos suyos lo cuentan a los periodistas. Es verdad que Guerra no desea herir a Manuel Chaves, el hombre que ocupa la silla de Ramón Rubial, aunque espera un gesto del gaditano hacia el diputado más votado en Andalucía y el único que ha mantenido su escaño desde 1977, o sea, él.

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A sus 72 años, desprovisto de ambición política y desde la última vuelta del camino, Guerra ya no tiene detractores internos ni su imagen es aquella de hace treinta años, cuando sus adversarios “renovadores” le tachaban de “dogmático y sectario”. Por el contrario, amplios sectores del PSOE que van desde la corriente Izquierda Socialista a los laicos, obreristas y marxistas, pasando por los antiguos vaticanistas, estiman que Guerra puede ejercer una autoridad moderadora en la dirección que salga del cónclave sevillano y que su elección para ese cargo no ejecutivo algo ayudaría a José Antonio Griñán para salvar los muebles en las elecciones de marzo frente a la ola conservadora.

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Desde la presidencia de la Fundación Pablo Iglesias, que Jesús Caldera quiso diluir en el magma de Ideas y no pudo, Guerra lleva años impulsado el rescate de la memoria de los socialistas, que es una forma de hacer partido, y también, de acuerdo con la Fundación Sistema, ha empujado el debate sobre la adaptación del socialismo a las nuevas realidades. Si la política sirve para algo, ha de ser para evitar que el capital ponga de rodillas al Estado y en vez de garante de la libertad, la solidaridad, la equidad y la justicia social, lo convierta en el instrumento reductor de esas conquistas y valores.

Para agitar el debate de las ideas es muy probable que al PSOE le convenga una personalidad como Guerra. Y para ejercer de moderador entre las distintas corrientes o “sensibilidades”, también es probable que necesite a una persona avalada por las urnas y en la política activa. Ese fue precisamente el papel que desempeñó el vasco Rubial, un hombre por el que Guerra siempre manifestó su admiración, obediencia y respeto. Quizá por eso, del viejo roble vasco dijeron en los últimos años que era “guerrista”.

Evocaciones al margen, algunos sectores del socialismo catalán quieren saber si pueden contar con él. Y aunque Guerra haya dicho que Carme Chacón tiene la dificultad objetiva de pertenecer a un PSC-PSOE que no se cansa de repetir que es una organización independiente, no hay que descartar que tanto la opción de la ministra de Defensa en funciones como la que pueden formular Alfredo Pérez Rubalcaba y Ramón Jaúregui y los vascos coincidan en proponer al veterano socialista andaluz para presidir el partido. Una conjunción de esas características le obligaría a presidir el cónclave sevillano, previo acuerdo con Felipe González que si, como dice, no ha dejado de ser “un activista político”, sigue más retirado que José Bono de la política.