RAIMUNDO CASTRO | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 20:22

Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy, saludándose, el pasado 15 de febrero, momentos antes del encuentro que mantuvieron en el Palacio de La Moncloa. / Efe

Estaba cantado, pero los dos grandes partidos intentaban disimularlo una y otra vez. No ha existido la menor intención de pactar las soluciones a la crisis por ningún lado. Era lógico porque tenían que andar senderos bifurcados. Incluso lo hace comprensible el hecho de que tenía que ser así por narices si de verdad quedan dos grandes líneas de pensamiento -la neoliberal y la socialdemócrata-, que se disputan el modelo del futuro capitalismo, y no sólo el europeo, sino el mundial. Es decir, dos visiones políticas y económicas según las cuales -la neoliberal- el capitalismo debe actuar libremente, con el Estado a su servicio en aquello que no pueden o no quieren pagar (ejércitos, grandes infraestructuras no rentables pero necesarias o grandes proyectos de investigación, pero sin papel regulador de nada, donde el dinero dicta lo que se debe hacer) o -la socialdemócrata- en la que el capitalismo debe someterse al Estado exigiendo que respete al poder político democráticamente elegido en las urnas y que ayude a los sectores no pudientes de la sociedad pagando impuestos que compensen sus beneficios.

El problema, en España y en toda Europa, es que la balanza se inclina demasiado hacia las fórmulas liberales, incluidas las soluciones socialdemócratas, y la proporcionalidad de los impuestos brilla notablemente por su ausencia, incluido el fraude, a menudo legal como se comprueba con las SICAV y las amnistías fiscales que ya llegan al extremo de hacerse a la carta. Eso es lo que hace que todos hablen de la necesidad de ponerse de acuerdo para salvar el sistema.

Sin embargo, queda un faro de esperanza entre los arrecifes de la amenazante barbarie capitalista: la introducción de fórmulas de crecimiento que salven los  mínimos del Estado de Bienestar e impidan que acabemos, como en Estados Unidos y otros países como Gran Bretaña, donde el neoliberalismo ha causado ya estragos, imponiendo la tesis de que a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga; o sea, que tengan sanidad, educación y seguridad de calidad sólo quienes puedan pagárselo.

Curiosamente, ese es el único acuerdo que Alfredo Pérez Rubalcaba le pide a Mariano Rajoy que lleven pactado a la Unión Europea, una propuesta española de crecimiento. Es el último gran pacto. Otra ilusión.

Porque el jueves pasado, con la aprobación por el Parlamento de las reformas sanitaria y educativa y el modelo de dirección de RTVE, todo se fue al traste si el PSOE cumple su compromiso de no alcanzar acuerdos si no iban incluidas la Educación y la Sanidad. De hecho, Rubalcaba fue preciso cuando aseguró que estaba dispuesto a pactar la reforma financiera, el apoyo a los bancos –pese al patético ejemplo de Bankia- si conllevaba un acuerdo sobre los otros dos, porque sanidad y educación formaban parte de las rayas rojas del PSOE. Rajoy pasó de él más que de un afeitado.

Como volverá a pasar el jueves que viene cuando se discuta la aprobación definitiva en el Congreso de la Reforma del Mercado Laboral. Una reforma que no pasará por el pleno porque la mayoría parlamentaria del PP ha establecido que las escasas e irrelevantes enmiendas incluidas en la tramitación como ley del decreto ya en funcionamiento se aprueben en la Comisión de Empleo y Seguridad Social, que las debatirá con competencia legislativa plena.

Ni pacto educativo. Ni sanitario. Ni laboral. Ni televisivo. Nada.

Pero Rubalcaba no ceja y sigue esperando entenderse con Rajoy en lo que sea. ¿Lo hará en la reforma financiera si hay que dar dinero público que no revertirá en el futuro a la ciudadanía? Dice que no. Piensa que Rajoy va a acordar con el PSOE alguna fórmula de crecimiento que rompa los planes de recortes que está llevando adelante el Gobierno. Sabe que no. Como sabe, cuando acusa al presidente de aplicar medidas de austeridad que son ideológicas, que lo que se está llevando a cabo es un plan de privatización definitivo de todo lo que renta en España que sigue en manos del Estado.

Lo irónico es que en Ferraz ya se apuestan el cuello a que el PP ocultará su estrategia de no dar ni agua a los socialistas y les acusará de no querer pactar nada poniendo como ejemplo el Tribunal Constitucional. Rajoy ya utilizó la Ley de  Estabilidad Presupuestaria como arma arrojadiza porque el PSOE no la apoyó cuando ellos sí lo hicieron con la reforma constitucional que la sustentaba y que fue acordada con José Luís Rodríguez Zapatero. Había una variación sustancial con el déficit, pero ¿quién se iba a dar cuenta? Y coló.

No obstante, en su estrategia mediática, Rajoy y el PP deberían recordar lo que decía el gran teórico alemán de la comunicación Hans Magnus Enzensberger en su libro Nuevos elementos para una teoría de los medios de comunicación. A los seres humanos, la publicidad puede convencerles de que chupar piedras es agradable e incluso cobrarles por bolsas de piedritas para que las chupen como entretenimiento. Pero tiene que guardarse muy bien de intentar convencerles de que coman piedras porque se romperían los dientes. Pues eso.

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