Yo también quiero mi pacto fiscal

Jordi Pujol, durante el debate del Pacto Fiscal, que siguió desde una de las tribunas de invitados del Parlamento de Cataluña. / Job Vermeulen (parlament.cat)

Seguimos para bingo con el drama catalán de los dineros. Hablo hoy mismo con un dirigente nacionalista de los más inteligentes y sensatos que quedan y va el hombre y me dice: “Es que esto no puede ser, esto hay que arreglarlo, en España tienen que entenderlo…”. Se refiere al objetivo ahogo financiero de las arcas de la Generalitat, la vieja locomotora exhausta. “Se comprende que mientras te ganas bien la vida te pidan que ayudes a tus hermanos o primos que se la ganan menos bien; pero si de repente un día tú vas y te arruinas, no pueden pedirte que sigas contribuyendo de la misma manera, o más”, se lamenta, con más razón, a su manera, que un santo.

Digo a su manera porque claro, si la experiencia demuestra algo es que esto del Estado de las Autonomías ha sido un culo veo, culo deseo. Hubo un tiempo en que las autonomías menos históricas, vamos a decirlo así, pedían a ciegas cualquier competencia, por descabellada que fuese, si se la veían pedir a Jordi Pujol. “Por algo la querrá el enano”, reflexionaban astutos (o eso creían ellos) y hala, a poner la mano. O la garra. Lo llamaban café para todos.

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Ya es curioso que la pobre y desdichada Cataluña haya levantado tales maremotos de mala uva y de envidia cuando en realidad es la absoluta Cenicienta del sistema autonómico. Sólo que sin zapatito de cristal, que ese se lo apalancaron desde el primer momento los vascos, oficialmente por la cosa foral de toda la vida. Y en realidad porque ETA existía (y existe), vamos a decirlo todo.

Resumiendo, que mientras unos criaban la fama de la diferencia y la insolidaridad, otros más al norte pero más calentitos cardaban la lana, y a todos los demás que les den matarile. Y en cambio a los vascos no les imita nadie. Hasta ahora a nadie se le ha ocurrido copiarles el pacto fiscal. ¿Hará falta que lo haya pedido Cataluña para que todo el resto de comunidades decidan que ellas también?

Y es que con la que está cayendo no se puede ni descartar que la iniciativa cuaje no ya a nivel de comunidad autonóma sino de comunidad de vecinos o incluso de persona física individual. Volvamos por un segundo al argumento de mi amigo el nacionalista inteligente y además, oh prodigio, sensato: “Se comprende que mientras te ganas bien la vida te pidan que ayudes a tus hermanos o primos que se la ganan menos bien; pero si de repente un día tú vas y te arruinas, no pueden pedirte que sigas contribuyendo de la misma manera, o más”.

¿No les suena a lo que puede pensar cualquier ciudadano de clase más o menos media que lleva toda la vida pagando impuestos como el macho de la cabra, y que hasta ahora se más o menos resignaba, pero cualquier día se le puede ocurrir echarse al monte trabuco en mano? ¿Veremos surgir una versión ibérica del inefable Tea Party norteamericano? ¿Una especie de Pacharán Party?

Ojo que no es una boutade aunque lo parezca. La legitimidad de la tributación obligatoria ha sido en los últimos años objeto de debates lo suficientemente sesudos como para implicar a filósofos de la talla de Peter Sloterdijk, y quien no se lo crea, que se lea este brillante artículo publicado hace más de un año en la excelente Revista de Libros, tan llorada por su defunción en papel, una de las bajas más lamentables de la crisis de Bankia (en septiembre dicen que resucita en versión digital, Dios y Mario Draghi lo quieran).

¿Es justo que te sigan pidiendo una pasta en impuestos cuando cada vez te dan menos servicios con tu dinero, y además siempre vuelven a por más, como un yonqui en permanente incumplimiento de dejarlo tras un último chute? Una vez perdida la fe en el Estado del Bienestar y en quienes lo administraban, ¿es fácil resignarse a pagar? ¿Es justo? ¿Es moral siquiera? ¿Y si decido que ya está bien, que vale, que no me den Seguridad Social ni pensión ni me recojan la basura ni nada, pero que me dejen de una puñetera vez en paz? ¿Esto sería insolidaridad, sería anarquismo, sería ira santa?

El día que todo el mundo saque el catalán que lleva dentro se va a liar una bien gorda…