¿Y esto (como el AVE), quién no lo paga?

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, conversa con el de la Generalitat, Artur Mas, en presencia del príncipe Felipe, el pasado día 8, durante el viaje inaugural del AVE Barcelona-Girona-Figueres. / Toni Albir (Efe)

Ciertamente la política es en gran medida el arte –por decir algo– de opinar. De todas maneras no deja de ser curioso que la subjetividad llegue a impregnar algo tan teóricamente contundente como son las cifras. Sobre la inversión pública en Cataluña, ¿quién tiene razón y/o dice la verdad, quién se equivoca y/o miente? ¿La Generalitat, la calle, el ministerio? ¿Se acuerdan de la delirante polémica sobre el Plan Hidrológico, que según unos sobraba agua en el Ebro y según otros faltaba? Pues lo mismo.

Según el gobierno de la Generalitat y de CiU la inversión pública en Cataluña es la más escandalosamente baja de todo el Estado y la más desproporcionada, la que menos retribuye la aportación de la sociedad catalana al conjunto español. Así lo proclaman y piden además que se reconozca en el Senado. Mientras Mariano Rajoy desde la Moncloa, y Ana Pastor desde el ministerio de Fomento, ambos invitados de honor junto con el príncipe Felipe y el presidente catalán, Artur Mas, a la inauguración del AVE Barcelona-Figueres pues eso, que sostienen que Cataluña se lleva una de las palmas inversoras de este país. ¿En qué quedamos?

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Yendo paso por paso, estaba claro que el interés del viajecito de los cuatro jinetes del Apocalipsis en el AVE iba a quedar en la práctica muy por debajo del enorme morbo suscitado. Un poco más y hasta parecen encantados de conocerse y, como no, de estar ahí: el príncipe porque por fin se le presentaba otra ocasión de ser el bueno de la película y de que no le pregunten por la familia; Rajoy porque por fin la noticia no era la crisis; Pastor porque menuda publicidad para el AVE; y Mas, porque menuda oportunidad de sacar pecho, y hasta codos y pantorrillas en la escalera mecánica, cuando nada más le faltó desplegar unos alerones tipo Buzz Lightyear para asomar en primera fila entre el presidente del gobierno español y el heredero de Felipe V. Vamos, eso sí que es independentismo catalán del bueno, puro fuet pata negra.

Naturalmente si alguien se creía que iba a pasar otra cosa es que no conoce a Artur Mas ni a esta HiperCataluña instalada en la más tierna y conmovedora de las esquizofrenias. Hoy amagamos con que decimos que no pensamos pero sí creemos que cualquier día de estos que no caiga de lunes a viernes ni en fin de semana haremos como que pedimos el Estado propio (ay no, que ya nos hemos retractado…), mañana nos ponemos en primera fila para cortar la cinta de la inversión que viene de la odiada y retorcida Madrid. Por cierto, la única comunidad autónoma que se ha apuntado a la catalana trend de cobrar un euro por receta, para gran berrinche (¿de cara a la galería?) de la Moncloa. Amén.

Tiene mérito que diciendo los unos blanco y los otros negro se lleven en el fondo tan bien. Que puedan hablar de fútbol y hasta alabarse los unos a los otros cómo mantienen el tipo. Pero entonces, de verdad, ¿qué pasa con las inversiones? Después del discurso oficial de Mas, Fomento sacó un comunicado desmintiéndole, aunque dicen que allí tampoco figuraba todo. Que por ejemplo no se entraba en detalles como “los 400 millones que cada año le cuesta al Estado el servicio de cercanías de Renfe en Cataluña, el famoso rodalies”, una infrastructura que al parecer paga Madrid pero gestiona Barcelona, hasta el punto de que es en la capital catalana donde se fijan las tarifas de los usuarios del servicio. “Ese fue un delirio de traspaso”, afirman fuentes de Fomento.

Otras veces ha sido al revés, ciertamente. Sobre todo en época de Jordi Pujol, cuyo insaciable apetito de autonomía le impulsó a llevarse puesta más de una competencia (por ejemplo, el control del tráfico por los Mossos de Esquadra) con muy poca o con ninguna financiación adicional. Así, a base de pifias y de delirios de grandeza, entre otras cosas, se ha ido hinchando el tremendo globo del déficit autonómico. Y ahora esto quién lo paga, que preguntaría, con sorna, Josep Pla.

Aunque en Fomento lo niegan hasta las gargantas profundas, para ayudar a entender todo este enredo pueden ser útiles las palabras (off-the-record, lo siento) de un ministro que fue de José María Aznar, y que en tiempos resumía así ante servidora de ustedes el reto que para el Estado español suponía, a su juicio, invertir en Cataluña, por lo menos mientras esta esté gobernada por nacionalistas: “Cuando el Estado invierte, el mérito se lo apuntan ellos, como un éxito de su reivindicación; cuando falta inversión, es culpa nuestra. Con lo cual, a la larga, ¿cuál es el aliciente de invertir allí? Pues ninguno, porque por hache o por be, siempre va a ser una inversión políticamente envenenada”.

Esclarecedoras palabras, si uno las piensa despacio. Porque pensándolas despacio aquí no se salva ni dios. Los unos, porque aunque se llenen de boca de que invierten pensando exclusivamente en el interés general queda claro que en la práctica…bueeeeeno. Y los otros porque, con la mano en el nacionalismo, ¿no da la impresión de que se conseguirían más y mejores infraestructuras con cualquier otro discurso? ¿Cuántos siglos más de peaje tendrán que pagar los catalanes para permitirse ese lujo del independentismo de salón (o de tren)?