Muerto Kennedy, ¿nació la rabia?

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John F. Kennedy, en unas de las últimas fotografías familiares, tomada el 10 de octubre de 1963, apenas mes y medio antes de que fuera asesinado. El presidente aparece bromeando con su hijo John F. Kennedy jr. en la Casa Blanca. / Cecil Stoughton (Efe)

Como quien no quiere la cosa llegamos al cincuenta aniversario de la muerte de Kennedy. Me manda mi querido y admirado amigo el investigador Peter Kornbluh, probablemente uno de los estadounidenses que más sabe de Chile y de Cuba, este artículo que ha escrito para conmemorar la ocasión. Se titula The Darkest Day, El Día Más Oscuro. Y le pega un buen repaso a todas las teorías de la conspiración que en el mundo han sido alrededor del estremecedor magnicidio de Dallas.

Llama la atención Kornbluh sobre la ominosa coincidencia de que ese mismo 22 de noviembre de 1963, día elegido por Lee Harvey Oswald para disparar a Kennedy, Fidel Castro recibiera al periodista francés Jean Daniel, llegado a La Habana en funciones de embajador más que informal y hasta irregular del presidente de Estados Unidos. Después de innumerables intentos fallidos de derrocar y asesinar a Castro, la Casa Blanca quería fumar algo parecido a la pipa de la paz. Y Castro hasta estaba por la labor. Pero cuando en plena charla con Jean Daniel le llegó la noticia de lo de Dallas, le dijo a su interlocutor: “Ahora nos culparán a nosotros”.

Pues sí, pero no sólo a ellos. A lo largo de estos cincuenta años los sospechosos habituales de matar a Kennedy han sido desde los cubanos y los rusos hasta un oscuro lobby de guerreros norteamericanos en la sombra que no habría tolerado veleidades “pacifistas” de su presidente –aunque llamar “pacifista” a Kennedy exige cuanto menos un hondo sentido del humor- por no hablar de la mafia cubana de Miami, la mafia a secas y hasta la mafia rosa. De todo ha llegado a barajarse con la inestimable colaboración de la CIA, que nunca ha hecho otra cosa que tratar de entorpecer la investigación, y que sigue entorpeciéndola y negándose a facilitar documentos todavía secretos sobre el tema.

Resultado: los inmensos claroscuros sobre el caso han alimentado durante décadas la tenaz sorpresa de que Oswald no pudo actuar de ninguna manera solo. De que aquello tuvo que ser una inmensa conspiración. Cualquier otra hipótesis contradice el sentido común e insulta la inteligencia, siente mucha gente.

Ya se me perdonarán las comparaciones, en este caso especialmente odiosas, pero a mí el caso Kennedy me recuerda mucho, pero mucho, al caso Carrero Blanco en España. Me remito una vez más al libro que publiqué en 2011 en Destino sobre el tema, De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak (donde, por cierto, me hago eco de varias investigaciones espectaculares de Peter Kornbluh, descubridor de una “carta perdida” que por primera vez involucra documentalmente a Henry Kissinger en una monstruosa pasividad ante la represión pinochetista). Pero aunque Kennedy y Carrero Blanco no tengan nada que ver, ni en perfil ni mucho menos en trascendencia histórica, existe un paralelismo inquietante entre ellos dos. Y es el nivel de fábula que ha llegado a rodear sus dos muertes.

De Carrero, como de Kennedy, se dijo durante mucho tiempo que era imposible que ETA se lo hubiera podido cargar en solitario. Que tenían que haber tenido apoyo de fuera, por ejemplo de la CIA o de la embajada de Estados Unidos. Que Estados Unidos no tuviera nada que ganar con un atentado así, perpetrado a escasas esquinas de su embajada y con Kissinger de visita en Madrid (hasta el coyote del correcaminos sería más sutil, digo yo…) nunca ha amedrentado a ningún partidario de la teoría de la conspiración. Que yo en mi libro aporte decenas de documentos desclasificados en EEUU donde se prueba la consternación del Departamento de Estado norteamericano de la época frente a la Operación Ogro, que les hizo temer que la Transición democrática apalabrada con Franco saltara por los aires, ha hecho reflexionar a mucha gente seria, pero a otra gente le sigue dando igual. Es difícil abandonar una teoría emocionante cuando uno lleva décadas encariñado con ella.

Los asesinatos políticos no son tan distintos de los de las novelas de Agatha Christie: tiene que existir la oportunidad, pero también un motivo. Aquí no hay casos Bretón ni casos Asunta, la captura y ejecución in situ de Bin Laden no fue un crimen pasional de Barack Obama. Estas cosas cuando se hacen, se hacen a sangre fría y por una buena razón. No había ninguna buena razón para que los americanos quisieran cargarse a Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973. Tampoco había demasiadas para que los sucesivos sospechosos de despachar a Oswald a cargarse a Kennedy el 22 de noviembre de 1963 ganaran nada con ello. Incluso Castro, que ha sobrevivido a tantos atentados de agentes o subagentes de la CIA a lo largo de la historia, ¿cómo iba a decidir hacer eso justo cuando Kennedy había dado la orden de desistir? ¿No era meterse de cabeza en un lío más grande que aquel del que acababa de salir?

Lo más probable, me temo, es que la explicación de estas cosas sea siempre mucho más prosaica, casi que lamentablemente decepcionante. Es verdad que ofende un poco a la inteligencia, a la sensación de que la Historia tiene que tener lógica, que Kennedy pudiese morir por una tontería. Porque se le cruzaron los cables a un exmarine desequilibrado al que nadie en los servicios secretos tomó demasiado en serio hasta que actuó, y porque en aquella edad inocente los presidentes de Estados Unidos se paseaban en limusina descubierta. Lo mismo con Carrero Blanco, curiosamente uno de los pocos casos en que la leyenda franquista y la antifranquista coinciden: ¿cómo iba a tener la ETA de los 70, ETA sola, el poder y la logística para hacer algo así?

Pues a juzgar por las evidencias documentales parece que sí que lo tuvo…y que la persistente incredulidad de grandes sectores del público se apoya mayormente en la tendencia nacional al melodrama, reforzada, eso sí, por irregularidades objetivas en la investigación de aquel atentado que han contribuido a poner muchas moscas detrás de muchas orejas. Nada excita tanto la imaginación como que te oculten detalles de la verdad, así sean detalles insignificantes. Como esa misteriosa negligencia en cerrar las carreteras poco después de la Operación Ogro… y ese secreto de sumario que duró tantos años …o como, en el caso de Kennedy, la terquedad de la CIA en no colaborar lo más mínimo para esclarecer los hechos.

Y el caso es que la experiencia suele demostrar que casi siempre que se oculta algo, se oculta por razones mucho menos épicas de lo que podría esperarse. Para tapar miserias mucho más pedestres. En el caso de Kennedy, en cuanto se detectó que el asesino, Oswald, tenía vínculos con Cuba, probablemente la prioridad de la CIA fue ocultar sus propias meteduras de pata en la isla, que eran numerosas e importantes. Siendo la no menor que en habiendo detectado que el tal Oswald pedía visados para La Habana, no se dignaran a informar al FBI. Habría sido suficiente para que le pusieran vigilancia y el atentado no pudiera llegar a producirse. Algo similar a lo ocurrido cuando Pearl Harbor y cuando el 11-S: habría bastado con que el FBI y la CIA cruzaran información para que esas amenazas no pudieran llegar nunca a activarse.

¿Y en España? Bueno, puede que a los americanos no les importara o incluso no les gustara n nada que ETA eliminara a Carrero, pero en cambio su desaparición fue escasamente lamentada, y muy bien aprovechada, por algunas familias del régimen franquista, no precisamente las más aperturistas, ni las menos estrechamente relacionadas con el círculo familiar del dictador. De ahí quizás que Franco, tras haber sido visto llorando sinceramente por su delfín asesinado, decidiera de repente no acudir al funeral y soltara aquella inolvidable frase de que “no hay mal que por bien no venga”.

En resumen, es más que probable que tras estos grandes magnicidios se escondan más casualidades y mezquinas maniobras post-mortem que episodios verdaderamente históricos. La rabia nacida con la muerte de Kennedy, la ilusión que para muchos generó la de Carrero Blanco, han sido relevantes y categóricos sentimientos colectivos sin los cuales no se entiende la historia de cada país. Pero los hechos fueron probablemente otros que los que la fantasía o la intuición popular demandaban. Para bien o para mal, las conspiranoias, más que descubrir algo grande, sirven las más de las veces para tapar algo descorazonadoramente pequeño. Incluso miserable.

2 Comments
  1. gato verde says

    Kennedy fue asesinado en un viernes,
    Lincoln fue asesinado en un viernes,
    La noche del viernes 13 de octubre de 1307 se arrestó o asesinó a miles de Templarios en toda Europa (éste es el origen del mito del Viernes 13)

    El viernes es la fecha simbólica usado para los asesinatos rituales de «seres que molestan», el caso más famoso el de Jesús que fue crucificado en un viernes (el Viernes Santo)

    A todos ellos se les aplica la «Solucion Final» la misma que se ha vuelto a activar el pasado dia 13 de octubre (igual que en la noche de los Templarios) en la «Consagración del Mundo a Ishtar» en la Plaza de San Pedro.
    http://xurl.es/Solucion-Final

  2. John Hemingway says

    Looking at the various films of the assassination, it seems to me that the shot that killed him, that took out a large part of his brain, came from the front of the car he was riding in. Not from the side.

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