Burgos

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Pancarta_manifestación_Gamonal
Imagen de la manifestación celebrada en el barrio de Gamonal la noche del pasado lunes, día 13. / Santi Otero (Efe)

Invierno 1998, casi primavera. Recién llegada a Madrid como delegada del diario AVUI me toca una misión informativa que me hace sentir casi como a Tintín en el Congo: me tengo que ir a Burgos a “cubrir” el viaje de unos miembros de las juventudes de Unió Democràtica, el socio de CDC, que han decidido ir a manifestarse ante el tristemente célebre penal de la ciudad, donde en su día falleció Manuel Carrasco i Formiguera, histórico dirigente nacionalista catalán y democristiano que fue conseller de la Generalitat con Francesc Macià, diputado en Cortes y ase dels cops (burro que se lleva todos los golpes) de esa maldita guerra que todos sabemos. Los anarquistas le odiaban por poner a salvo a gente en peligro de muerte por haber ido a misa. Los franquistas le odiaban por lo otro. Un consejo de guerra absurdo le declaró culpable de “adhesión a la rebelión”. Fue condenado a muerte por capricho personal de Franco, que quería así castigar al Vaticano por haber criticado que su aviación bombardeara objetivos civiles. Etc.

Los jóvenes cachorros democristianos llegan a Burgos ya de oscurecido, y se dan entre ellos la consigna de salir a la calle en grupos de no menos de cuatro y hasta de hablar catalán muy discretamente, a ser posible en susurros. Esta enviada especial se da cuenta en seguida que ahí no se va a ganar los laureles de Oriana Fallaci: entre la discreción de los alevines nacionalistas y la pachorra del gobierno municipal del PP, partido que a la sazón es aliado de CiU a nivel nacional en virtud del famoso pacto del Majestic, si nos descuidamos aquí no va a haber noticia ni nada. Hay que apelar a la testosterona y plantarse con los brazos en jarras en medio de un pub burgalés: “Nois, si no os dais a conocer y la liáis un poco, yo me voy a dormir, que esto es muy aburrido”.

Uno que es más lanzado que los otros la emprende con el chico de Burgos que tiene más cerca. En castellano le saluda amablemente, se interesa por la vida en la ciudad, le dice esto y lo otro, y entre lo esto y lo otro va comentando una y otra vez: “nos tendremos que ir pronto, que mañana hay que madrugar”. A la mañana siguiente es domingo, es raro que una persona tan joven madrugue ese día, pero el de Burgos, educado, no pregunta. ¿A lo mejor es que a estos catalanes les gusta oír misa al amanecer?

Después de mucho insistir, pero muchas, muchas veces, en el madrugón inhumano que les espera, el joven democristiano catalán consigue que el muchacho burgalés se interese: “¿y se puede saber por qué vais a madrugar tanto?”. Sonrisa de nervios pero también de alivio, por fin se abre paso la anhelada explicación. En medio del pub de Burgos, no lejos de la plaza mayor que con desparpajo sigue llamándose plaza José Antonio o algo así, se desgrana la trágica historia de Carrasco i Formiguera, así como el firme empeño de estos jóvenes a ir mañana a gritar su nombre a las puertas del penal. El de Burgos parece conmovido y atónito. Pregunta: “Oye…y todo eso, ¿cuándo ha sido? ¿Cuándo le han matado?”. Respuesta solemne: “El 9 de abril de 1938”. Se hace un silencio de esos apabullantes, sin duda preñados de significación histórica. Lo rompe el de Burgos para preguntar en un tono muy distinto: “Pues vaya. ¿Y venís ahora?”.

La parte buena es que los chavales van y protestan sin que nadie les diga nada ni casi se fije en ellos, con la excepción de unos encapuchados de la Semana Santa que se los cruzan en la susodicha plaza mayor, los unos con sus cucuruchos morados, los otros con sus banderas discretamente estelades  (llevan junto a les quatre barres el estel independentista pero en rojo y amarillo en lugar de blanco y azul, para que se note menos). La Operación Carrasco i Formiguera es un éxito en el sentido de que no se produce ningún incidente. Otra cosa es que se haya enterado o le haya importado a alguien, claro.

Pero para eso está la aguerrida corresponsal de AVUI, que se marca una crónica cargada de todo el sentimiento que puede, guardándose ciertas ironías para el futuro. Acaba la crónica al día siguiente justo a tiempo de coger un taxi que la lleve a la estación donde coger el tren de vuelta a Madrid.

Circula el taxi por Burgos, muestra curiosidad el taxista por lo divino, por lo humano y hasta por lo periodístico. Al saber que una escribe en el AVUI, da muestras de conocerlo, lo cual en su caso es como si conociera el Tel Aviv Times. “Sé que es un periódico catalanista pero no necesariamente independentista”, dice con mucha educación y hasta simpatía. Además en aquella época en que lo dijo, esto era hasta cierto. Servidora se siente halagada de que  nos conozcan allende el Pisuerga y se deja querer por el taxista, que es la mar de simpático y que parece tener una cierta catalanofilia bien curiosa, incluso en los tiempos en que José María Aznar alardeaba de hablar catalán en la intimidad.

Poco a poco se va revelando que también el taxista, como todo el mundo, alberga un propósito. Poco a poco va llevando el agua a su molino y revelando lo que a él de verdad le interesa. Que si él se gana la vida con el taxi porque en fin, pero que en realidad es licenciado en Historia del Arte. Que si por eso le consta, con el mayor detalle técnico, que la catedral de Burgos está en serio peligro…por culpa del PP. ¡¿Que el PP se quiere cargar la catedral de Burgos, el Arlington de las Castillas, donde dicen que está más o menos enterrado el Cid?! Ahora soy yo la que no salgo de mi asombro. Contento con mi interés, el taxista-historiador del arte precisa que el gobierno municipal y pepero de Burgos está permitiendo la construcción de un aparcamiento subterráneo a sabiendas de que eso altera el equilibrio de las aguas freáticas y las manda en línea recta a pudrir los cimientos de la catedral. Tal cual.

Ya estamos llegando a la estación y el hombre apura su relato: que si no le creo a él puede presentarme gente de la Universidad, historiadores del arte en activo, gente que puede enseñarme los planos, mostrarme las pruebas. Yo escucho fascinada su relato pero sobre todo la pasión con que lo cuenta. Hay algo discretamente desgarrador en todo esto. Sobre todo cuando, tras cobrarme la carrera, dejarme en la estación e irse, le veo dar media vuelta y volver, abrir la ventanilla, clavar en mí unos ojos perentorios y apelar sin tapujos a mi condición de catalana: “Ustedes que saben defenderse…¡ayúdennos!”, suplica. Y se va.

Por supuesto no tengo tiempo de nada, sólo de salir pitando a coger mi tren. Ya tranquilamente sentada en mi asiento reflexiono sobre lo que acabo de ocurrir. Lo medito a fondo. Saco el móvil y llamo al director de mi periódico, del AVUI, con el que tengo confianza. Muy contento me pregunta cómo me ha ido en Burgos, qué tal la crónica, etc, etc. Yo le digo que todo muy bien y acto seguido le propongo un reportaje sobre la catedral… y en especial sobre el taxista catalanófilo. Le describo la emoción que sentí cuando ese hombre me, nos pidió ayuda. El sentimiento de que algo muy grande nos vinculaba.

El director me conoce y me comprende, se hace cargo. Y sin embargo no se lo tiene que pensar ni cinco minutos para decirme: “Sabes, querida Anna, ese tipo de señor de Burgos no es el que nos interesa para nuestro reportaje, nuestra línea no es buscar a esa gente, ya sé que hay españoles majetes, pero esos no son los que a nosotros nos interesan”. Claro que no. ¿Por qué va a interesarnos a nosotros la epopeya de Gamonal, o a ellos la tragedia de Carrasco i Formiguera? ¿No es mucho mejor vivir así, sin enterarse de nada de lo que de verdad late en el corazón de la otra gente?

4 Comments
  1. Y más says

    Muy bien contado. Una historia ejemplar.

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