La empatía del arquitecto de la Transición

Adolfo Suárez bromeando con el rey Juan Carlos durante la ceremonia de entrega del Premio del Grupo Correo-Prensa Española a los valores humanos, concedido a Suárez, el 11 de abril de 2002. / Bernardo Rodríguez (Efe)
Adolfo Suárez bromeando con el rey Juan Carlos durante la ceremonia de entrega del Premio del Grupo Correo-Prensa Española a los valores humanos, concedido a Suárez, el 11 de abril de 2002. / Bernardo Rodríguez (Efe)

El gran artífice de la Transición de la dictadura a la democracia y primer presidente elegido democráticamente por los españoles, Adolfo Suárez González, falleció a las tres de la tarde del domingo, 23 de marzo, en el Hospital Centro de Madrid. La capilla ardiente con sus restos será instalada a primera hora del lunes en el salón de los pasos perdidos del Congreso, donde recibirá el homenaje de los representantes de los tres poderes del Estado y de los ciudadanos. El Gobierno ha decretado tres días de luto oficial. El expresidente será entarrado en el panteón familiar, en Ávila, y será recordado en un funeral de Estado.

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Nada más conocer el esperado desenlace, el jefe del Estado, Juan Carlos de Borbón, difundió a través de la web de La Zarzuela un mensaje en el que manifiesta su profunda “consternación y pena” por la muerte de “un amigo leal” y un “colaborador excepcional” que “en todo momento” tuvo como guía de su actuación su “lealtad a la Corona” y “la defensa de la democracia, el Estado de Derecho y la unidad y diversidad de España“. Enfermo de alzheimer desde hace diez años, el Rey le visitaba cada año antes de ir de vacaciones a Palma de Mallorca, donde también él veraneó durante años. En medio de tantos elogios póstumos, su hermano José María dijo a este diario que le gustaría que le recordasen sólo por lo que fue, un demócrata sincero y un buen presidente de gobierno.

Suárez iba a cumplir 82 años el próximo 25 de septiembre, pero los designios de la naturaleza se anticiparon. En el café una mujer dice: “Era un buen hombre”. Los parroquianos asienten. En la pantalla de la televisión aparece el periodista que le escribía los discursos, Fernando Ónega, director del diario Arriba, órgano del Movimiento Nacional. Se advierte un sentimiento de admiración y veneración. En la panadería, un joven afirma: “Era un político honrado, vaya pena”. La noticia de que Suárez, recluido desde 2005 en una residencia de Puerta de Hierro (Madrid), ha dejado este mundo, está en la calle y muchas personas evocan en tono elogioso la figura del político que sacó adelante el sistema democrático frente a la caverna, los golpistas y una derecha que no creía en el sistema de partidos. Su leal adversario y amigo, Santiago Carrillo, contribuyó como pocos a la arquitectura democrática. Su competidor, Felipe González, “se enamoró de él”, dijo Alfonso Guerra.

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Apartado de la vida pública desde más de una década, supimos por su hijo Adolfo Suárez Illana en 2005 que padecía una enfermedad neurológica degenerativa y le vimos de espaldas, paseando por un jardín con el rey Juan Carlos, cuando le entregó el collar de la insigne orden del Toison de Oro. La foto, captada por su hijo, data de 2009 y es la última imagen pública del expresidente en vida. Fue Suárez el primer presidente de la democracia española tras los cuarenta años de dictadura del general Franco. Nacido en la localidad abulense de Cebreros, donde una vieja iglesia restaurada alberga el museo dedicado a su vida y obra, se licenció en Derecho en la Universidad de Salamanca y entró en política de la mano de Fernando Herrero Tejedor cuando era secretario general del Movimiento –el partido único del régimen franquista–, quien le nombró directivo de Radiotelevisión Española en 1964 y ascendió a director en 1969. Fue además gobernador civil de Segovia (1968), donde conoció al ingeniero agrónomo y gran amigo Fernando Abril Martorel, en el que se apoyó para sacar adelante la negociación constitucional.

Suárez sucedió en 1975 a Herrero Tejedor como secretario general del Movimiento y encabezó junto a Rodolfo Martín Villa y otros “azules” reformistas el proceso que Torcuato Fernández Miranda definió “de la ley a la ley pasando por la ley”, popularmente conocido como “transición sin ruptura”. En 1976, cuando el último gobierno del dictador, encabezado por Carlos Arias Navarro, exalcalde de Madrid y amigo de Carmen Polo de Franco, ya había demostrado su inmovilismo y la absoluta incapacidad para responder al clamor democrático, el rey Juan Carlos le nombró jefe de Gobierno al regreso de un viaje a Washington en el que manifestó en 25 palabras, redactadas por José María de Areilza, la inequívoca voluntad de avanzar hacia la democracia y la monarquía constitucional como forma de Estado.

La designación de Suárez no entusiasmó precisamente a la izquierda, es decir, al PCE y al PSOE. Carrillo había mantenido contactos con Areilza y tanto él como sus compañeros de partido suponían que el conde de Motrico sería la persona indicada para llevar adelante el proceso democrático. Sin embargo, enseguida descubrieron la capacidad política y la empatía de aquel personaje poco conocido. Su ingenio para sacar adelante una ley de reforma política, respaldada por un referendum popular, le permitió arrumbar las antiguas Cortes franquistas y dar el paso decisivo de la legalización del PSOE a finales de 1976 y del PCE en Semana Santa de 1977. Golpistas e inmovilistas clamaban de ira. Manuel Fraga, que con otros seis franquistas entre los que se encontraba el propio Areilza y el suegro de Alberto Ruiz Gallardón, había creado Alianza Popular para concurrir a las elecciones del 15 de junio de 1977, calificó de “lesa traición” la legalización del PCE. Pero Suárez no se arredró ni ante los militares, todavía considerados “la columna vertebral de la patria” ni ante el tronitronante don Manuel, defensor de la pena de muerte y gran detractor del sistema autonómico.

Las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 dieron un ajustado triunfo al partido de Suárez, la Unión de Centro Democrático (UCD), e inauguraron la época más dilatada de convivencia democrática que ha conocido la historia moderna y contemporánea de España. En la Constitución de 1978 cristalizaron los esfuerzos de unos dirigentes que como diría Miquel Rocaeran de gran calidad”, comenzando por un Suárez dialogante, abierto, cuya simpatía y capacidad de atracción quedó fuera de toda duda desde los famosos Pactos de la Moncloa. Resulta curioso observar cómo los socialistas y los comunistas apreciaban más a Suárez que sus propios compañeros de la UCD, una amalgama de demócratacristianos, liberales, azules reformistas, socialdemócratas y otras familias que le hicieron la vida imposible y convirtieron la sede de calle Zedaceros (antes calle de los Gitanos) en una jaula de grillos. La desintegración de la UCD y la tendencia pretoriana del Ejército, alimentada por el terrorismo de ETA, llevaron a Suárez a presentar su dimisión para evitar, dijo en su famoso discurso por televisión, “que la democracia sea de nuevo un breve paréntesis de la historia de España”. Cuando el Congreso votaba la investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo y Bustelo, un hombre de empresa (Unión de Explosivos Riotinto), que los periodistas bautizamos como “la esfinge”, se produjo el golpe de Estado de Tejero, Milans, Armada y otros militares miserables. Las palabras de Suárez adquirieron entonces pleno significado. Con Carrillo y el entonces vicepresidente, general Manuel Gutiérrez Mellado, permaneció en su escaño y no movió un músculo ante la humillante orden de Tejero de tirarse al suelo, seguida de varias ráfagas de disparos.

Después del triunfo del PSOE en las elecciones de octubre de 1982, Suárez promovió con Rafael Calvo Ortega y otros exministros y amigos de la antigua UCD el Centro Democrático y Social (CDS), pero su recorrido fue muy limitado, entre otras cosas porque los banqueros le negaron el crédito para la campaña electoral de 1986. Toni Fernández Teixidó, su último portavoz parlamentario, y el propio Calvo Ortega, no lograron los apoyos necesarios para seguir adelante y, por otra parte, la Internacional Liberal, del italiano Giovanni Malagodi, pronto se olvidó del CDS para favorecer a los liberales de José Antonio Segurado, integrados en la Coalición Popular de Fraga. El fallecimiento de Amparo Illana, su esposa, y otros infortunios personales llevaron a Suárez a distanciarse definitivamente de la política. Como prueba de su desinterés económico vale reseñar que tuvo que vender la casa que se había construido en Ávila para sobrevivir.

Un día hablando con el general Andrés Casinello, el director de los servicios secretos del Estado (CESID) que colaboró estrechamente con él y realizó en su nombre algunas gestiones delicadas con personalidades del exilio, entre ellas, con el president catalán Josep Tarradellas para pedirle que volviera, me dijo que Suárez era la persona más amable, cordial y con mayor empatia que había conocido. “Hay una imagen que me persigue –añadía el general–: dos hombres primitivos, desconocidos entre sí, caminan por un campo uno hacia el otro y cuando están a pocos pasos los dos sienten temor uno del otro y extienden el brazo para protegerse. Nació así el saludo”. Unos venían del exilio, de la clandestinidad y la proscripción y Suárez, Martín Villa, Abril y otros procedían del régimen dictatorial. Sin la capacidad de empatía y la mano tendida de Adolfo Suárez hacia la democracia y la convivencia en paz que todos deseaban, la Transición habría sido más difícil y traumática.

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