Rubalcaba, logros y miserias de 35 años en política

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El exsecretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, en una imagen de archivo. / Efe

Ha pedido Alfredo Pérez Rubalcaba a sus compañeros que no lo abrumen a elogios en la hora del adiós. Hará un balance circunstancial el sábado ante el plenario del Congreso del PSOE y pedirá ahorro energético, emocional se entiende, para gastarlo con el futuro líder, Pedro Sánchez. Se va un velocista y llega un pívot. Se aleja de la política un tipo ágil, con buenos reflejos, provisto de lo que el minucioso Azorín llamó «pensamiento ardilla» y desprovisto de lo que en la antigua Grecia a algunos hombres daban los dioses: el carisma. El presidente del Congreso de los Diputados, Jesús Posada, le despidió en el pleno del 26 de junio, santos Pelayo y Escrivá de Balaguer por más datos, diciendo que se le recordará como «un excelente parlamentario». Todos le aplaudieron. Y él no sabía donde meterse, cómo hundirse más en su escaño. Lógico.

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La política tiene esa sonrojante carga de cinismo; quienes ayer pedían su procesamiento porque supuestamente había favorecido a ETA durante la también supuesta negociación para lograr la renuncia definitiva a los crímenes, secuestros y extorsiones, y cacareaban su irritación como pájaros faisán, ahora le aplaudían. Señal de que el tiempo va colocando a cada cual en su lugar. Su última votación fue la abstención al apresurado y chapucero aforamiento del monarca emérito Juan Carlos I. Como responsable del principal grupo de la oposición entendió que en un momento de muy baja estima de la Monarquía (3,9 de puntuación, según el CIS), el aforamiento urgente que planteó el Gobierno no hacía ningún favor a la hereditaria institución.

Se ha dicho que Rubalcaba ha sido de todo, menos ganador. Colaboraba en el grupo de Educación del PSOE cuando un día de 1982 cerró el laboratorio de la Facultad de Química de la Complutense para ir al mitin del cierre de campaña de Felipe González, que se celebraba allí al lado, en el campus universitario. Ya no volvió a pisar el laboratorio. El PSOE ganó con mayoría absoluta y aquel profesor de Química fue llamado por José María Maraval a colaborar en el Ministerio de Educación, del que, con Javier Solana mediante, llegó a ser ministro. Algo tenía Rubalcaba con su agilidad mental y capacidad para resolver tramas –le gustan las novelas policíacas– que embelesó a González, un «hombre esponja» que parecía que no escuchaba y lo absorbía todo.

Quizá junto con la rapidez de reflejos, eso que algunos llaman sagacidad y otros granujería, Rubalcaba poseía la capacidad que otros no tenían de analizar con eficiencia y acierto cada problema hasta comprender sus mezclas y combinaciones. No era un alquimista, pero era químico y algo sabía de Ramón Llull, los cuatro elementos y la quintaesencia, el pneuma o espíritu que impregna las cosas terrestres. Y además sabía exponer los análisis de un modo sencillo y directo. La dialéctica le apasionaba hasta tal punto que, para rectificar el desastre de la comunicación del Gobierno, confiada a Rosa Conde, a la que llamaban «risa cunde», González le llamó a La Moncloa como ministro de la Presidencia y portavoz del Ejecutivo.

En ese cargo le correspondió entregar las claves, proyectos y secretos de Estado a su relevo, Francisco Álvarez Cascos, como vicepresidente del Gobierno del PP tras el triunfo electoral de la derecha, o la «derrota dulce» del PSOE por 300.000 votos, del 3 de marzo de 1996. El nuevo presidente, José María Aznar, ya había hablado catalán en la intimidad con Jordi Pujol, y Rubalcaba decidió que lo mejor para romper el hielo con Cascos tras una campaña electoral muy agria, era invitarle a cenar. A Cascos le pareció estupendo y llegó acompañado de su novia, la veinteañera cordobesa Gema Ruiz, con la que se casó en octubre de aquel año y de la que después se separó. Y a la esposa de Rubalcaba, Pilar Goya Laza, toda una eminencia científica, le tocó conversar con Gema mientras ellos hablaban de sus cosas. Pero ¿cómo entretener a una mujer que no tenía ni un minuto de conversación? Goya lo pasó tan mal que le amenazó con separarse si la volvía a meter en otra encerrona. Llevan casados 45 años y aunque no tienen descendencia se hallan muy ligados a sus sobrinos tras varios infortunios familiares.

Fue entonces, ya con el PSOE en la oposición, cuando este cronista vio por primera vez a aquel diputado por Madrid interesado en el problema del terrorismo de ETA. Casi nadie lo sabía, pero a su despacho llegaban por conductos desconocidos los boletines Zutube de la banda terrorista. Los leía, analizaba, se familiarizaba con su lenguaje. Quizá, si escribe sus memorias, sepamos qué lecciones extraía de aquellas lecturas. Con el paso atrás de González y la designación de Joaquín Almunia como secretario general del PSOE, Rubalcaba se dedicó básicamente al diálogo con el Gobierno de Aznar en materia antiterrorista. Y cuando el PSOE, con su nuevo líder, José Luis Rodríguez Zapatero y el «no» a la guerra de Irak, se vio empujado por las urnas y las mentiras de Aznar y sus ministros Eduardo Zaplana y Ángel Acebes sobre la autoría de la masacre del 11-M a gobernar de nuevo, Rubalcaba fue designado portavoz parlamentario en sustitución de María Teresa Fernández de la Vega, que ascendió a vicepresidenta primera y portavoz del Gobierno.

En la primera remodelación, en 2006, Zapatero le nombró ministro del Interior con el objetivo de facilitar el diálogo con los cabecillas de ETA, algo para lo que su antecesor, José Antonio Alonso, el único ministro de Interior de la democracia en cuyo mandato de dos años no se produjo un solo atentado mortal, no se sentía preparado. Pese a que ETA dinamitó el diálogo con la voladora del parking de la T-4 del aeropuerto de Madrid-Barajas –ahora Adolfo Suárez, en recuerdo del presidente de la Transición–, el jefe del Gobierno, Zapatero, ordenó perseverar, convencido de que había posibilidades de que la izquierda abertzale hiciera prevalecer la política sobre las armas, como había ocurrido con los «poli-milis» en 1981. Y el resultado a la vista quedó el 20 de octubre de 2011 con la renuncia definitiva de la banda terrorista a la violencia. Fue el mayor triunfo de la sociedad y de la democracia española desde el final del franquismo y la aprobación de la Constitución. Y como diría Xabier Arzalluz, su rendimiento electoral para los socialistas fue «cero patatero».

Puesto que el leonés nacido en Valladolid, Zapatero, había anunciado que no estaría al frente del PSOE más de diez años y en 2010 caducaba su mandato, Rubalcaba, un hombre tan honrado (fue el único que renunció a su paga de exministro cuando abandonó el Gobierno) como ambicioso, que ese año había ascendido a la vicepresidencia del Gobierno sin dejar de ser ministro del Interior, se dejó querer y, aconsejado y apoyado por González, compitió con Carme Chacón por la secretaría general del partido y le ganó el Congreso por apenas treinta votos. Con la crisis pisándole los talones y las derrotas electorales de mayo de 2011 en autonomías y ayuntamientos, su fracaso en las elecciones anticipadas del 20 de noviembre de ese año quedó garantizado por el propio Zapatero al pactar, con nocturnidad y ‘agosticidad’, con el jefe de la oposición, Mariano Rajoy, la reforma del artículo 135 de la Constitución que impuso el «déficit cero» y dio «prioridad absoluta» al pago de los intereses de la deuda sobre el gasto social.

En esa tesitura, un Rubalcaba atado de pies y manos, incluso para ejercer la oposición, cosechó el peor resultado electoral del PSOE desde 1977, con 110 escaños frente a una sobrada mayoría absoluta del PP (185 diputados). Con todo, como si resistir fuera vencer, ha optado por esperar al último tren: las elecciones europeas del 15 de mayo pasado. Pero el convoy no traía oxígeno y la situación ya no era propicia para inflar perros con un canuto, de modo que, según todos o casi todos sus compañeros, adoptó la decisión más acertada: dimitir y convocar un congreso extraordinario en el que, por primera vez, todos los afiliados han podido votar al nuevo secretario general. El lunes, 28 de julio, mientras el sucesor Pedro Sánchez se entrevista con Rajoy, Rubalcaba podrá celebrar su 63 cumpleaños libre de un peso en la espalda. Felicidades, salud y que le vaya bien.