‘Perdida’, ni macho, ni hembra, sólo terrible

3
fotograma_Perdida
Ben Affleck y Rosamund Pike, en una escena de 'Perdida'.

Después de una serie de tropiezos y contratiempos consigo sacar hueco para ir a ver Perdida, la última película de David Fincher, que constituye algo así como un monumento a la infinita crueldad potencial del matrimonio. Sales del cine con verdadero horror nupcial. Pensando que casarse es como meter la cabeza en una máquina de picar carne.

La película es un thriller algo disparatado pero muy bien llevado. Hace creíbles conductas verdaderamente extremas, horrorosamente sofocantes, que no detallaremos aquí por aquello de no chafarle el suspense a nadie, pero que han desatado apasionantes debates públicos sobre si Fincher ha rodado una película machista y misógina o si, todo lo contrario, ha firmado el manifiesto feminista definitivo.

Nota a pie de página: a Lars von Trier nadie o casi nadie le quiso conceder el beneficio de la misma duda cuando rodó Anticristo. Me recuerdo en Nueva York, entrevistando a uno de los protagonistas de aquella película, Willem Dafoe, preguntándole a quemarropa qué opinaba de Von Trier, y darme perfecta cuenta de que se lo pensaba antes de contestar, calibrando cuánto peligro podía encerrar la pregunta, dada mi condición de mujer. Así las cosas decidí ayudarle y hacer lo que casi nunca hago en mis entrevistas, que es enseñar mis cartas, dejar asomar el pico de lo que yo pienso. Mirando de lleno a los ojos de Dafoe (que no son particularmente hermosos, pero sí muy masculinos y muy enteros), le dije con naturalidad, “¿y usted no cree que en realidad Lars von Trier puede ser un feminista incomprendido?”. Dafoe me devolvió una larga mirada de agradecida complicidad.

Pero estábamos con David Fincher y con Perdida, y a mí lo que me interesaba era la polarización de los debates de género alrededor de la misma. Es decir, que consideraciones artísticas aparte, aquí dé la impresión de que mucha gente lo que pretende dirimir es si en el espantoso matrimonio de la película, tiene más culpa o más peligro la esposa o el marido, la hembra o el varón.

¿A partir de qué punto de victimario o de calvario vale todo? ¿Qué es mejor y más digno, ser o parecer un hijo o una hija de puta, o dejarse avasallar hasta lo indecible?

Yo después de ver la película me he quedado con la impresión de que, aparatosidades 'hitchcockianas' aparte, una de las cosas más perturbadoras que se nos cuenta es que el reparto de la indecencia conyugal es casi siempre más equitativo de lo que parece. Incluso en aquellos casos en que hay un malo nítido, o una mala nítida, de la película (nunca mejor dicho), al otro extremo del matrimonio y el ring hay siempre alguien que de algún modo da la réplica. Que no suelta su cabo de cuerda ni la presa.

Hay un momento en Perdida en que simplemente dejamos de entender las razones del comportamiento de su protagonista, el personaje encarnado por Ben Affleck. Cuando lleva el hombre ya más de dos horas tratando de salir de una ratonera, va y por su propio pie decide permanecer en ella. Recula y no sale. ¿Por qué?

Quizás porque los matrimonios de picar carne, las parejas recíprocamente letales, pueden producir una rara adicción. Uno o una se acostumbra a ver el mundo y a sí mismo a través de los ojos del otro o la otra, así sea en modo de perpetua batalla campal, y ya no concibe la retirada sana y pacífica a la propia individualidad. Ser libre de aquello peor de nosotros que atiza el otro. O la otra.

No creo que sea una cuestión de género, más allá de la conocida superior afición de las mujeres por el matrimonio… pero eso era más antes, del feminismo y de la crisis. Ahora cualquiera se puede sentir impelido a colgarse del cuello de cualquiera para huir del propio espanto, de la propia sensación de periferia e inanidad.

Entre muchas otras cosas, esta película describe cómo una pareja teóricamente planteada para sacar lo mejor de cada uno de sus miembros en la práctica acaba teniendo justo el efecto contrario. A veces hasta extremos de delirio: la misma esposa que juzga inaceptables una serie de conductas del marido porque cree que él ya no la ama, en el momento en que se le ocurre que sí, que él todavía la quiere y ansía recuperarla, pues se da la vuelta como un calcetín, da por bueno todo lo que antes justificaba joderle hasta el tuétano (no precisamente en el buen sentido) y se encarama a cimas de todo vale que cortan el aliento. Pero es que lo mismo podría decirse de él: cuando al fin nos hemos convencido todos de que su santa era capaz de atrocidades, justo en ese momento decide él quedarse a verlas venir en lugar de salir pitando. Es incapaz de escapar a su propio personaje. Al agigantado infierno de su condición de marido, a partir de cuyos bordes parece brotar una nada más aterradora que liberadora.

Cuando en un momento de lucidez él se lamenta de en qué se han convertido el uno para la otra, ella despacha sus lamentos al grito de que esto, esta máquina de picar carne, es precisamente el matrimonio. Entendido no ya como tumba del amor sino como su vudú, un mecanismo perverso capaz de convertir a dos amantes en dos zombies: Perdida es la reducción al absurdo de cómo distorsionar la propia personalidad, enturbiar aquello que realmente se es en alas de la seducción, puede llevar a una escalada tan desesperada como peligrosa. Sin retorno a veces.

Menos mal que el amor que da oportunidades de ser mejor sigue existiendo extraña e inexorablemente más allá de las márgenes de tanto pánico...

20th Century FOX España (YouTube)
3 Comments
  1. Y más says

    Una de dos: la hembra o el macho o la mujer o el varón. Pero «la hembra o el varón» no mola.

  2. Jonatan says

    Recuerda ligeramente a La guerra de los … (no me acuerdo del nombre del matrimonio), con Douglas y Turner. ¿No? Imagino que más sutil. Aquella peli era un campo de batalla abierto y hasta jocoso de puro exagerado.

Leave A Reply

Your email address will not be published.