Acordándome de Pedro Zerolo… y de que no me quiero morir

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El político socialista Pedro Zerolo, recientemente fallecido. / EFE

Hay veces en que te descubres vínculos con gente (sobre todo gente política) que no sabías que tenías. Yo me sorprendí de verme llorando cuando me enteré de que a Pasqual Maragall le habían diagnosticado alzheimer. Nunca había tenido un trato particularmente estrecho con él, habríamos hablado un puñado de veces…y en cambio me entró una llantina…allá lejos, en Nueva York. Me dio por entrar en Internet y enterarme de los ominosos detalles de la enfermedad como si la padeciera mi abuela. Descubrí que yo albergaba sentimientos por ese hombre.

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Tres cuartos de lo mismo me pasó al enterarme del fallecimiento de Pedro Zerolo. Con este todavía era peor: sería una franca exageración decir que nos conocíamos en persona. Es más, alguna vez me había reído de él, de su friquientusiasmo por ciertas cosas.

Y en cambio…toma disgusto.

Es verdad que la noticia me pilló pachuchilla, a duras penas cruzando yo misma el ecuador de una misteriosa enfermedad que por unos largos días, casi semanas, me ha mantenido postrada en una especie de limbo lo bastante doloroso y prolongado como para empezar a mirar a la gente sana con extrañeza. Como para empezar a sentirme más cerca de los crónica y críticamente enfermos. Esa nada sutil línea divisoria entre la salud y su pérdida. Entre el todo y la nada. Esa hora bárbaramente lúcida en que te das cuenta de que todas tus fantasías de suicidio, siendo fuertes, siendo a veces a lo mejor hasta justificadas, no son la verdad de tu verdad. Que tú lo que quieres es vivir. Vivir a puñados, vivir a gritos. Vivir por todas partes y por todos lados.

Se me murió Zerolo (perdón a los que le queríais, a los que teníais y tenéis derecho a que se os muriera…) justo cuando la muerte parecía tirar de mí misma, de mis cabellos y de mis enaguas, como un cargado río profundo. Sentí la hoja hundida hasta el nácar en el corazón del entusiasmo. La bofetada a Dionisos. Solidaridad entre niños perdidos: he dicho que alguna vez me reí de Zerolo pero debo admitir que también lloré por él y con él, como una bendita, el día que, de nuevo desde Nueva York, presencié la aprobación de la ley del matrimonio homosexual. No soy una persona a la que la política haya procurado muchas satisfacciones. Pero ese día se me ensancharon el corazón y el orgullo de vivir aquí. Ese día experimenté esa alegría nítida, que se da tan pocas veces, de ganar el partido por goleada y con razón. Ese día el entero mal reculó en el mundo.

Casarse. Parece una tontería, ¿verdad? Parece, y acaso lo sea, incluso un error. Yo lo he hecho tres veces (en rigor, dos y media, porque una de ellas fue por gamberrada y por imperativo legal…) y no puedo decir que haga un balance positivo de la institución. En absoluto.

Dicho lo cual, pocas cosas me ponen más los pelos de punta que ver a esos falsos tolerantes que, desdeñosos, hacen como que se cargan la paciencia para aceptar que las parejas homosexuales tengan los mismos derechos y deberes que las otras, que puedan incluso registrarse legalmente como uniones de hecho…pero que se oponían y se oponen a que puedan usar la por lo visto sacrosanta denominación de matrimonio. Que matrimonio es sólo lo que ocurre entre un macho y una hembra. Ea.

Ni que fuéramos toros y vacas, puras herramientas biológicas abocadas a la reproducción. Ya puestos, ¿por qué no prohibimos el casamiento entre heterosexuales estériles, o que no quieran tener hijos? ¿O el casarse por dinero?

El matrimonio será una porquería, pero mientras haya quien lo desee y no lo pueda conseguir, habrá que luchar por ese engendro, mira tú.

Y por la vida, Pedro. Por la vida gallardamente vivida.

2 Comments
  1. Patronio says

    La historia de siempre: les ponemos a parir en vida, les glorificamos ya muertos. Pero no por ellos, sino por lo que vayan a decir de uno mismo. ¡Pura hipocresía!

  2. Spitfire says

    Doña Grau, ¡menuda pirueta con doble mortal y culazo se ha metido usted cerrando su «Casarse.Parece una (…) y no puedo decir que haga un balance positivo de la institución. En absoluto». Reflexione, querida.¿Falla la «institución» o las parejas, los contrayentes?. No me caía bien su llorado Zerolo. ¡Que no por maricón, eh! sino por su mantelito moro al cuello y su muy militante enemiga contra Israel.

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