REFUGIADOS EN MADRID / Los problemas de los demandantes de asilo en España

Alquilar una vivienda, el último escollo de la odisea de los refugiados sirios

SARA MONTERO | Publicado:

La vida de los refugiados sirios en España.
Rivas Vaciamadrid es una de las ciudades que ha cedido viviendas públicas para acoger a refugiados. / Rivas Vaciamadrid

Cuando una familia siria cruza la frontera española, su objetivo cambia: se acabó la huida, comienza el inicio de la nueva vida. También hay un apagón mediático. Los demandantes de asilo tienen dos años como máximo para adaptarse a un nuevo país y a una nueva cultura. Tienen que aprender el idioma en un tiempo récord para integrarse plenamente en la sociedad. Con todas las consecuencias. Aunque la adaptación cultural es muy buena, encontrar una vivienda es uno de los principales escollos a los que se enfrentan.

“Cruz Roja ha atendido en total a unas 9.500 personas solicitantes de asilo de origen sirio en todos nuestros programas. Llevamos 30 años trabajando con refugiados, aunque ahora hay un volumen muy superior. Desde 2015, hemos tenido que aumentar nuestra capacidad un 10% para atender la demanda”, explica el subdirector del Departamento de Inclusión Social de Cruz Roja, José Javier Sánchez Espinosa. Este experto reconoce que las acogidas suelen tener éxito: “Se suelen adaptar muy bien a la sociedad española. Quizá sea por el carácter mediterráneo o por nuestro pasado árabe, pero se sienten a gusto”, explica el experto.

Cuando pisan suelo español ya han logrado superar lo más difícil: la llegada. “No hay voluntad política de los gobiernos para acoger. No está desarrollada la ley de asilo y, por ejemplo, no es posible pedir la protección internacional en un consulado o embajada en el país de origen, así que la gente que huye del hambre o la guerra viene por el aeropuerto o por las fronteras. En los últimos años se ha llevado a cabo una política de endurecimiento”, argumenta Paco Garrido, coordinador de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) en Madrid. Una guerra civil tan larga tiene consecuencias más allá de las solicitudes masivas. No solo se trata del número de personas que llega, sino también de cómo: “Estos refugiados cada vez vienen peor psicológicamente. Las condiciones de su país de origen son cada vez más duras y las sufren de manera más prolongada”, explica este experto que lleva años trabajando con esta población.

Hay tres vías por las que un refugiado llega a España: por reubicación (desde países europeos como Grecia o Italia), el reasentamiento (procedentes de países como Líbano, Turquía u otros no comunitarios) y por las fronteras naturales (Ceuta, Melilla o las costas) o el avión, que son las mayoritarias. Es decir, el compromiso de acoger refugiados de los gobiernos europeos es solo una pequeña parte del total de las llegadas. Cuando una de estas personas pisa suelo español y solicita protección internacional entra en un programa de 18 meses prorrogables hasta los dos años. Los seis primeros (ampliables) son de acogida y residen en un centro. Sus necesidades básicas están cubiertas, tienen asistencia psicológica y comienza a aprender el idioma. En una segunda fase, que dura otro año, se les prepara para la normalidad, se les ayuda a encontrar trabajo y a alquilar un piso y se escolariza a los niños.

Según las fuentes consultadas, no se puede trazar un perfil exacto del refugiado sirio: provienen de todos los estratos socieconómicos y tienen diferente formación. Suelen viajar con sus familias y no de forma individual, aunque las llegadas son variadas. Pero tras los seis años que han pasado desde el inicio de la guerra de Siria, hay algo que Sánchez Espinosa reconoce que ha cambiado: “Hace unos años, los refugiados cambiaban con más frecuencia de país tras la fase de adaptación, pero hoy deciden quedarse. Esto es porque se están asentado y encuentran más redes sociales que hace unos años. Esto es muy importante”.

Aunque el sistema funciona bien, la capacidad de las ONGs está al límite: “Ahora está muy saturado y es difícil encontrar plaza en los centros. Es importante recalcar que estas personas no compiten por los recursos con el resto de ciudadanía, tienen partidas propias. Acoger a los refugiados no es solidaridad, es un derecho y un deber. Cuando llegan a un país nuevo, lo primero que quieren es sentirse útiles, poder trabajar y ser productivos como hacían en el estado del que vienen”, explica Garrido.

El problema de la vivienda

Así viven los refugiados sirios en España
Majed, el padre de una de las familias sirias que residen en Rivas-Vaciamadrid. / CP.

Aunque hay excepciones, los refugiados sirios se adaptan rápido y bien a la sociedad española. Pero tras los primeros meses, comienzan a sufrir los mismos problemas que el resto de la población española, incluida la dificultad de encontrar trabajo y una casa propia. “La mayoría de familias consigue tener ingresos propios al finalizar el programa, aunque sea en trabajos temporales. Pero es cierto que encontrar una casa es difícil, especialmente en la Comunidad de Madrid, donde los pisos suelen ser un poco más costosos”, explica Sánchez Espinosa. El problema es complejo y las razones por las que no encuentran un hogar son múltiples: desde la desconfianza a lo extranjero, hasta islamofobia en algunos casos, un mercado inmobiliario complicado para el alquiler o la gentrificación de algunos barrios que hace que los precios suban. Quizá también haya algo del recelo hacia las personas con menos recursos que la filósofa Adela Cortina describe en su libro ‘Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia’.

Son los problemas con los que se han encontrado Hanan y Majed, una pareja de refugiados sirios que reside junto a sus dos hijos pequeños en el municipio madrileño de Rivas Vaciamadrid, uno de los primeros en acoger a estas personas cuando estalló la crisis migratoria. Este consistorio cuenta con un dispositivo de cinco pisos con un total de 28 plazas gestionadas por CEAR.  Esta familia disfrutaba de una vida “cómoda” en la Siria anterior a 2011. Tenían un trabajo, una casa y un coche, como cualquier familia de clase media occidental. Hasta que estalló la guerra y se enquistó el conflicto. Entonces, decidieron salir del país para salvar el futuro de sus hijos. “La vida se hizo insoportable. Los disparos eran continuos. Mi marido trabajaba en una fábrica y allí también hubo tiros. Decidimos abandonar el país por nuestros niños. Lloraban cuando venía gente a casa y tenían miedo a la policía. Aún les ocurre cuando ven un agente en España”, explica Hanan, la madre de los pequeños.

Un día, empujados por el miedo, esta pareja decidió coger a sus dos hijos y marchar a Turquía. Tras llegar a este nuevo país y estar una temporada, decidieron, de nuevo, jugárselo todo a una carta: se embarcaron en una lancha para llegar a las costas griegas y encallar en la Unión Europea. Allí entraron en un programa de refugiados, donde les asignaron España como país de acogida. Ellos pensaban en otros estados como Finlandia, Alemania o Noruega, donde tienen amigos o familiares y donde la situación económica es más próspera. No les dieron a elegir.

La poca atracción que les despertaba España coincide con las estadísticas oficiales. Mientras que en 2016, el total de solicitudes en nuestro país ascendió a 15.755, en Alemania fue de 745.265, en Italia de 123.370 y en Francia de 83.485. Del total de peticiones dentro de nuestras fronteras, el 33% son rechazadas. Dentro del 67% restante (6.855), a la inmensa mayoría se le concede una protección subsidiaria (6.500), mientras una pequeña parte alcanza el estatuto del refugiado (355), según cifras de CEAR.

Solicitudes de refugiados en España
Mapa sobre los solicitantes de protección internacional por nacionalidad, recopilados por CEAR. / CEAR

 Tanto el matrimonio como sus hijos se han adaptado pronto a un barrio tranquilo, en el que se vive bien y donde todo el mundo quiere quedarse. Y quizá ese sea el problema: hay pocas viviendas y su precio es elevado para las ayudas de las que dispone esta familia. Tras pasar la primera etapa de acogida, tienen que dejar estos pisos cedidos y buscar una vivienda propia. “Llevamos varios meses buscando un piso. Nadie nos alquila una casa porque somos refugiados”, explica Majed. Los arrendadores les piden papeles que para ellos son imposibles de conseguir: no tienen un contrato fijo, ni avales, ni, por supuesto, ahorros para una fianza. “Hay veces que nos han colgado el teléfono”, insisten. 

Ahlam y Thamer: cinco hijos y necesidades especiales

La vida de Ahlam y Thamer como refugiados sirios en España
El matrimonio Ahlam y Thamer vive en Rivas con sus cinco hijos. / CP

“Mi profesora también quiere que me quede”, bromea uno de los cinco hijos de Ahlam y Thamer durante la entrevista. Hemos cambiado de entrevistados, pero seguimos en el mismo escenario. Las preocupaciones también se repiten. En esta ocasión, los protagonistas son un matrimonio sirio con cinco hijos, uno de ellos con necesidades especiales, que también vive en Rivas.

Su hijo Omar es el talismán de esta pareja y también su principal preocupación. La discapacidad física e intelectual que sufre el joven hizo que el ejército les dejase escapar de Alepo hace casi dos años, cuando la ciudad estaba sitiada: “Fuimos al hospital y conseguimos un informe que constaba que nuestro hijo tiene una discapacidad. Nos dejaron salir y nos quitaron todas nuestras pertenencias. Caminamos varios kilómetros bajo el sol”, explica Thamer, el padre del muchacho que permanece a su lado en silla de ruedas.

Antes de la guerra, Thamer trabajaba como conductor para el Estado. Cuando abandonaron su casa, se fueron a otro terreno que poseían no muy lejos, donde creían que estarían seguros. Pero fue un espejismo que se disipó pronto: “Durante cuatro meses no vimos ni una patata. Solo teníamos pan y agua. Vendimos la joyería de oro de mi mujer para comprar comida, pero no había alimentos por la restricción”, explica el cabeza de familia. Allí no quedaba nada. Según Save the Children, ni siquiera pasa el bloqueo la ayuda humanitaria. De los alimentos enviados, solo llegó a un 9% de los más de cuatro millones y medio de personas que se encuentran bajo asedio. Ante la cantidad de personas que morían de hambre a su alrededor, decidieron salir con sus cinco hijos del país para evitar un mismo destino, pasando antes a recoger a la madre de ella y al hermano de él.

En la larga travesía desde Siria a Turquía dejaron mucho dolor. La madre de Ahlam no soportó la caminata bajo el sol y falleció en el intento de alcanzar Turquía. “Cuando llegamos a la frontera pagamos a algunas personas para que nos pasasen, pero desaparecieron, así que cambiamos de entrada”, explica Thamer, dejando en evidencia los abusos que las mafias ejercen contra los refugiados que intentan cruzar la frontera. Ya en Turquía permanecieron unos meses hasta que tuvieron una reunión en la embajada española. “Nos prometieron que cuando vinieramos nos ayudarían y que ya no tendríamos que movernos más”, repite desesperada Ahlam.

En sus cinco hijos no hay ni un rastro de la guerra. Juguetean alrededor de sus padres, los más pequeños se aburren durante la conversación y los mayores ayudan a sus progenitores a entenderse con la traductora. Tienen amigos en el instituto y no quieren irse de Rivas. No quieren volver a empezar. Pero si hay alguno de ellos que les preocupa es Omar: “Necesita cuidados especiales”, repite Thamer.

Desde el ayuntamiento de Rivas insisten: “Queremos que estas familias se queden en nuestro municipio y haremos todo lo posible para que así sea”. En medio de la crisis de refugiados que estalló en 2015, fue uno de los pocos consistorios que apostó por la acogida, pero reconocen que no hay viviendas disponibles con una demanda tan alta. Las dos familias sufren el mismo problema: han cumplido con su parte y se han integrado, pero la incertidumbre continúa.

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