Cuidados, apoyo y escucha activa: los GAM dan voz a las locas

  • Los GAM son espacios en los que las personas con sufrimiento psíquico hablan sin filtros de sus vivencias

“Perdí gente por el camino porque había fines de semana que no me apetecía salir y llegó un punto que dejaron de llamar”, dice Esther. “Tuve una adolescencia dura porque nunca supe encajar”, comenta Lola. “Tuve una crisis en la que perdí la ilusión y la alegría”, se sincera Concha. Unas emociones con las que estas tres mujeres han convivido y, al final, han canalizado y compartido en los Grupos de Apoyo Mutuo en salud mental conocidos como GAM.

Los GAM son espacios en los que las personas con sufrimiento psíquico hablan sin filtros de sus vivencias. Concha Yagüe, madrileña de 60 años, lleva tres siendo parte de FLIPAS GAM, referente en España que en sus inicios contó con 150 personas. Yagüe conoció este grupo de apoyo en el 15-M porque se lo comentó una amiga del colegio. “Acudí a una de sus primeras asambleas y me quedé porque nadie está por encima de nadie y puedo hablar en primera persona por mí misma”.

Cristina, Lola y Esther de izda. a dcha., del GAM Valencia. / Cedida

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Influenciada por este espíritu Lola Escalona, de 42 años, ha cofundado una red de GAM en Valencia. Sobre cómo surgió la idea, lo explica así: “Mi vida no ha sido fluida y la época más estable fue de los 30 a los 40 años. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, pesaba 130 kilos, fumaba mucho y empecé a tener un episodio de insomnio. Entonces busqué en internet y vi los blogs de Acivament y FLIPAS GAM. Leí ‘Saldremos de esta’, una guía para el entorno de personas en crisis de Javier Erro. Y le contacté para saber si lo veía posible aquí. Quedamos junto a un amigo educador social y escribimos el borrador del proyecto hace dos años”.

“Los espacios GAM permiten que en vez de salir del hospital y estar perdida entre cuatro paredes te relaciones, hagas cosas y vivas”, comenta Concha, “llenan un hueco que la sociedad no cubre”. Las cuatro entrevistadas para este reportaje destacan que la salud mental dificulta estar en sociedad por el estigma y la idea equivocada que persiste. La soledad es, por tanto, uno de los motivos que influye en que tengan razón de ser los GAM. Un sentimiento que empieza a preocupar en la opinión pública pero del que solo se habla cuando es en ancianos y, quizás, en personas sin hogar.

A falta de un estudio específico de soledad y salud mental, intuimos su alcance en un estudio de la Fundación ONCE de 2015. Mientras que más de la mitad de la población general afirma no haberse sentido sola nunca en ese último año, solo el 16% respondía esto mismo en personas con algún tipo de discapacidad -incluida la psicosocial que engloba la salud mental-. En concreto el 59% se había sentido sola a veces y el 23% muy frecuentemente, en especial si eran mujeres y no tenían empleo.

Dos requisitos que cumplió Esther Merino hace año y medio, cuando pasó a engrosar ese casi 49% del colectivo en paro, según la Confederación Con Salud Mental de España. No ejercer como enfermera pese a tener un largo futuro laboral por delante con 34 años ocurrió porque tuvo una recaída, pidió una baja por ansiedad y, finalmente, se apartó del puesto. Antes de ese punto de no retorno confió en una compañera a que le contó los síntomas del TOC con el que convive desde que se lo diagnosticaron con 18 años. A partir de entonces notó que la controlaba más, buscándole fallos. “También era enfermera pero eso no le libraba de tener prejuicios”.

Esther, desubicada y perdida, compartió cómo se sentía con su entorno pero no funcionaba: “Por más que lo intentaban no entendían lo mal que estaba”. La Fundación ONCE señala en el informe citado que a la hora de responder a la soledad la familia es la gran señalada. Y destaca que en el caso de las personas con algún tipo de discapacidad incluidas las psicosociales, y que además están solas no por elección sino por imposición del entorno cuando se sienten solos acuden en el 20% de casos a asociaciones o grupos de personas con sus mismas circunstancias vitales frente al 13,1% de quienes viven acompañados y el 2,9% de quienes eligen estar solos.

Para Esther haber encontrado un lugar donde escuchar y ser escuchada ha hecho que se sienta arropada. Luchar y ayudar a otros también le ha aportado sentirme mejor. “Ves algo positivo dentro de este sufrimiento”, valora. Su compañera Cristina Beleña resalta a sus 50 años que no todos han salido del armario por el estigma. Ella estuvo interna dos veces en manicomio para unas curas de sueño y es muy crítica: afirma que la única gran diferencia es que ya no hay manicomios. Sin embargo Concha, de 60 años, resalta el Día del Orgullo Loco que se celebra desde hace dos años en toda España. “Es una de las luchas más bonitas. Decir que no nos torturen, que no somos peligrosos sino que tenemos un sufrimiento mayor que quien nos prejuzga y que queremos vivir sin miedo a ser como somos”.

Un cambio que poco a poco va gestándose: “No nos gusta que nos llamen esquizofrénicos o bipolares entonces, ¿qué somos, cómo nos nombramos? De ahí salió la Universidad Popular de la Locura, para pensarnos. También organizamos FLIPArte cada viernes o sábado de la semana y nos reunimos cada 15 días en asambleas”. Tanto GAM Valencia como FLIPAS GAM son espacios mixtos, es decir, con hombres y mujeres, pero en el caso del colectivo InsPIRADAS, que nació como un GAM dentro de FLIPAS GAM, solo participan mujeres. “En FLIPAS GAM somos feministas pero lo que era una GAM solo de mujeres tuvo tanta fuerza que se constituyó como propia”, explica Concha.

“Está muy instalado que tus problemas son tuyos y los resuelves tú”

María Alonso es psicóloga, trabaja en la administración pública e impulsa una alternativa en salud mental: la Casa de Cuidados para Mujeres en Crisis en Madrid. Hablamos con ella a título personal sobre cómo forma parte de una red de apoyo y acompañamiento.

“Mi despertar en concienciarme en salud mental fue en 2015, en el VII Congreso Internacional de Escuchadores de Voces que se celebró en Alcalá de Henares. La frase de Rodrigo Fredes, activista chileno, me marcó: 'Si te callas cuando ves la violencia te conviertes en cómplice'. Entonces era funcionaria y acabaron sugiriendo que me fuera tras varios cambios que habíamos instalado en el equipo. Me pasó como con el feminismo y las gafas violetas: una vez te percatas de la violencia a personas con problemas de salud mental es imposible no verlo", apunta.

Y prosigue: "De ese congreso surgieron espacios como FLIPAS GAM en cuyas asambleas participé un año durante el cual profundicé en mí misma y en la falta que hacía un cambio cultural. Por ejemplo, cuando una persona sufre se generan respuestas solidarias, la gente se agrupa y pregunta qué está pasando. Esto se interrumpe cuando aparece una ambulancia. Y se deja de escuchar lo que aporta la persona en crisis en cuanto hay un diagnóstico. Es decir, la locura se recluye a lo sanitario. Y se une a ello el individualismo intrínseco en la sociedad, del que tomé conciencia por mi padre, que acabó solo y en la calle tras años de alcoholismo. No pensar que nadie va a evitar que me pase lo mismo me supone un esfuerzo porque está muy instalado que tus problemas son tuyos y los resuelves tú y no pedir ayuda crea una tensión interna", afirma la psicóloga.

Alonso también apunta: "El otro día me sinceraba con una amiga sobre cómo acompañar a personas en crisis está siendo un proceso duro porque surgen cuestiones como qué es cuidar y hasta qué punto te has de cuidar a ti misma. Me dijo que convertía en propios los problemas de otras y que tenía que poner límites para no sufrir. A medida que hablábamos reconoció que somos personas y cómo no vamos a empatizar. Lo cierto es que llega a un punto en el que mezclas lo profesional y lo personal, y lo personal con lo político. Yo digo que nosotras no acompañamos, nos acompañan ellas”.