La maternidad como mujer psiquiatrizada: “Mi hijo lo es todo para mí”

Inma, con su hija. Inma decidió ser madre pero el pisquiatra le dijo que era imposible por la anorexia y la medicación. / Cedida

Ilusión. Estrés. Y agotamiento. Embarazo, parto y crianza mezclan sentimientos contradictorios que, a la vez, se complementan. Al cariño se une la preocupación constante y a la responsabilidad, el aprendizaje mutuo. En una España envejecida con el reto de sostener las pensiones y fomentar la conciliación familiar, 2,5 millones de mujeres aspiran a ser madres pero se frenan a sí mismas por la precariedad laboral, según el INE.

A este panorama general le sumamos la lupa de la cuestión de género en salud mental. Según un estudio del prestigioso King’s College de Londres, situado entre las cien mejores universidades del mundo, una de cada cuatro embarazadas ha afrontado un problema de salud mental como son la depresión (11% de las entrevistadas), la ansiedad (15%), los trastornos alimenticios (2%) o los desórdenes obsesivo-compulsivos (2%).

Más allá de los datos, cinco mujeres nos cuentan en primera persona cómo han equilibrado la maternidad y la familia en sus vidas:

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Lurdes da Costa, 50 años: madre de una joven de 21 años

Mi padrastro abusó de mí siendo niña. Mi madre no me creyó y con 21 años vine a España con una conocida que me dejó tirada al llegar. Caí en las drogas y a los 26 reinicié mi vida. Tres años después me quedé embarazada y todo iba bien hasta que me diagnosticaron fibromialgia a los 33.

A Lourdes le detectaron trastorno de personalidad límite. / Cedida

Pasaron cinco años, estaba bajo tratamiento por depresión e intenté suicidarme un mes antes de la comunión de mi hija. Me ingresaron por primera vez con apenas 37 kilos por anorexia nerviosa y entonces me detectaron trastorno de personalidad límite. A los seis meses de salir recaí: mi hija me encontró inconsciente en el baño. Estuve tres días en coma y me desperté confusa y atada con correas. Al dejar el centro mi marido me pidió el divorcio y perdí la custodia de mi hija. Me hundí: en dos años tuve cuatro ingresos y atenté tres veces contra mi propia vida. Afortunadamente un médico hizo que luchara por recuperarme yo y por recuperar a mi hija. Y a pesar de verla en los inicios solo en la calle y a ratos mantuve el contacto. Nuestra relación mejoró cuando tenía 16 años y su padre la castigó mandándola conmigo, la ‘bruja’. Comenzó a interesarse por la salud mental y habló con profesionales de mi centro de día.

Que se informara ha sido importante y creo que me ha perdonado porque yo aún me culpo por mis ausencias. Me dije que nunca sería como mi madre, que no fue cariñosa, y me duele haberme perdido los momentos importantes de mi hija. Y es que cuando saben que tienes un problema de salud mental te quitan la dignidad: no sirves de madre ni tienes derechos. Tomas 20 pastillas al día, te mandan a casa y la familia te tilda de vaga por tu apatía. En la consulta no te dicen los efectos secundarios ni abogan por reducir medicación. Y falta apoyo institucional: yo insistí cuando mi hija me encontró en el baño que fuera a un psicólogo, tenía que entender lo ocurrido, pero no me hicieron caso. Ahora el activismo y el voluntariado me han hecho fuerte y tras todas las dificultades siento que vivo de verdad y sé quién soy desde hace ocho años.

Inma Arriaga Guillen, 51 años: madre de una joven de 20 años

A los 19 años empecé un tratamiento de salud mental y a lo largo de mi vida he tenido tres ingresos psiquiátricos, el último en 2006. A los 30 decidí ser madre pero el pisquiatra dijo que era imposible por la anorexia y la medicación, que no podía garantizar que fuera todo bien y que tenía que abortar. Unos meses después volví a quedarme embarazada y tomé conciencia de que necesitaba ayuda para llevarlo a buen término. Acudí al centro donde había empezado un tratamiento contra la anorexia hacía una semana, pero antes de ir dejé clara una condición: que no me pidieran interrumpir la gestación. Me enfrenté a tener que convencer de mi valía como madre a varios terapeutas, al psiquiatra y a varios psicólogos.

A Inma le dijeron que no podría ser madre. / Cedida

Fue entonces cuando detecté que algo grave ocurría con mi salud mental porque hasta entonces nadie me había informado de ello. Luché contra los prejuicios de mi propio entorno familiar, con los profesionales del sistema sanitario y atravesé una sola crisis por los cambios en mi cuerpo durante el embarazo al engordar 25 kilos. Con la medicación el psiquiatra me informó que lo que tomaba no perjudicaba la formación del feto, pero que tenia que reducir las cantidades, y así se hizo. Al cuarto mes dejé de tomarla por el posible síndrome de abstinencia en el bebé. Mi familia se alarmó pero el centro les dijo que estaba bien y que era lo mejor para el bebé.

Al nacer la niña tuve cierto rechazo y depresión posparto, pero al ingresar al bebé por problemas de estómago me di cuenta de que era mi hija y tenía que ponerme al frente de su cuidado.

Nunca le he ocultado a mi hija mi salud mental, simplemente fui madre y he intentado evitar que imite comportamientos dañinos. Tuve alucinaciones auditivas y visuales siendo ella niña y aprendí que cuando los síntomas eran severos me tenía que respaldar el Centro de Salud mental e ingresar. Durante los ingresos fueron las únicas etapas en que su abuela se hizo cargo de la niña,. En el resto de crianza he asumido por completo la educación de mi hija y en el colegio, con las otras madres y padres, no escondí mis problemas porque me conocieron madre antes que persona con un trastorno nunca lidié con prejuicios.

Lo único importante es que somos personas, tan diferentes y tan iguales como el resto de la gente.

Anónima, 36 años: madre de un niño de 5 años

Lo mío no fue depresión postparto: venía de antes. Pensé que no dormía por el embarazo pero me di cuenta de que era porque no estaba bien. En realidad desde la adolescencia convivo con periodos de bajones. Lo que cambió esa vez es que se juntó el estrés laboral y la actitud de molestia de mi jefa por mi embarazo. Tuve varias bajas -una de ellas de hasta tres meses- y aunque expliqué lo que me pasaba y había compañeros que decían entenderlo, se me echaba en cara y acabaron por prescindir de mí con un despido improcedente.

A esa crisis se une que al principio me exigí ser una madre perfecta. Con el tiempo, aunque intentaba que mi hijo no lo notara estuve un año en el que no podía levantarme. Cuando mi hijo me preguntó por qué siempre estaba en el sofá, algo se me rompió. Ese primer año de depresión y de estar en el paro pasó factura al matrimonio. El segundo año que seguía desempleada mejoré porque tenía una rutina y fue cuando mi pareja soltó lo que se había callado porque yo estaba entonces mala. Por ejemplo, hace poco y ya estando separados me recriminó que por qué dejaba al niño en el comedor si yo estaba en casa. Esa decisión la habíamos pactado pero me responsabilizaba porque en realidad no comprendió la situación que atravesaba.

Mi hijo lo es todo para mí y lo que más me preocupa del divorcio es el bienestar del pequeño. Mi abogada dice que no estar medicándome es mejor porque si fuéramos a juicio me arriesgaría a no tener la custodia. Es decir, después de lo que he pasado ahora tengo que encubrir mi realidad por miedo a perder a mi hijo.

Núria Prats García, 38 años: en busca de ser madre

Siempre he querido ser madre y en 2012 mi pareja y yo decidimos acoger un niño. Fuimos a la reunión y al poco nos llegó una carta de rechazo porque tengo trastorno de salud mental: tengo trastorno bipolar tipo uno y estoy en tratamiento desde hace 18 años.

Nuria quiere ser madre. / Cedida

Es muy duro que un papel te niegue ser madre. Tampoco tengo derecho a adoptar ni a donar óvulos. Decidimos parar el proyecto de ser padres hasta que me viera con ánimo. Lo retomamos hace un año y medio por la vía natural, pero no me quedaba. Ahora hemos optado por la fecundación in vitro en la salud pública. Pedimos cita en noviembre y en octubre nos verán en el Hospital Vall d’Hebron. Si me aprueban y me quedo embarazada me mandarán al Hospital Clínico donde tendré apoyo psicológico perinatal.

A las trabas burocráticas se une la resistencia inicial en tu entorno. Mi familia se negaba, me decían que acabaría en un centro psiquiátrico estando embarazada, pero mi perseverancia y la estabilidad que tengo con mi pareja de hace siete años les ha convencido de lo contrario. Imagino que para Miquel, mi marido, mi trastorno a veces le estresa pero sabe llevarme. Él tiene discapacidad visual, sin embargo los problemas de salud física se aceptan y puede trabajar. Lo digo siempre: no somos yogures caducados y estoy en contra del tutelaje que nos imponen. Nos incapacitan como le ha ocurrido a una compañera de ingreso, que nunca podrá ni ha querido ser madre porque un psiquiatra aconsejó a su familia que le ligaran las trompas y porque ella misma se estigmatiza.

Ahora mi cuñada está embarazada y piensas, “y yo, qué”, pero no soy conformista: aunque quiero ser madre me importa sobre todo mi salud, mi pareja y luchar por una vida digna. Quiero acabar con el encierro. Antes de etiquetarme, conóceme.

Mercè Torrentallé, 60 años: madre de tres hijos de 39, 38 y 36 años

Cuando tenía 40 años trabajaba como delineante en una empresa propia de arquitectura. Mis hijos, los mayores de 19 y 18 y la pequeña, de 16, estaban en plena adolescencia y empecé a obsesionarme con que iban a acabar drogándose. Poco a poco solo veía traficantes, solo hablaba de drogas y, tras unos meses, me dio un brote psicótico en las fiestas del pueblo, donde todos nos conocemos porque apenas somos unos 2.500 habitantes.

Merce sufrió un brote psicótico en su pueblo. / Susana Ye

Después del brote me encerré en casa durante meses y, en parte porque tengo antecedentes familiares tanto de madre como de padre, todos -mi marido y mis hijos- me acompañaron. Aún así me aislé y tenía alucinaciones con los cinco sentidos, algo bastante inusual. Solo reaccioné dos veces. La primera y decisiva cuando mi madre vino un miércoles de mercado y pedí ayuda a mis vecinos enfermeros: no quería que me viera así. Solicitamos un ingreso en un hospital pero cuando vinieron a por mí yo alucinaba con que estaba en el cielo. Mi hijo mayor me dijo que todo el mundo esperaba en la calle para ver qué pasaría conmigo y vi que mi marido no podía aguantar más. Cedí y salí de la casa por mi propio pie.

Estuve tres semanas desorientada. No sabía comer ni beber. Mi esposo iba cada día a verme y él y mi hija, que seguía en casa, tuvieron el apoyo de unos amigos que no nos juzgaban. Porque no todos lo aceptan. Mi madre sí lo hizo pero mi padre me desheredó porque se avergonzaba de mí. Al salir caí en una depresión que duró cuatro años.

Tuve un momento de lucidez y remonté porque en la escuela marginaban a mi hija diciendo que sus palabras no merecían ningún respeto porque yo, su madre, estaba loca. Y ahí decidí escribir mi libro, ‘Esquizofrenia: locura o realidad’, en primera persona. Actualmente presido Salud Mental Noguera y fomento la creatividad con exposiciones y charlas de salud mental en facultades de medicina y psicología.