ENTREVISTA

Caddy Adzuba: “La violencia sexual es usada como arma de control de las poblaciones”

  • Entrevista a la periodista Premio Internacional 2019 en el 60º aniversario de Manos Unidas

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Cada palabra que Caddy Adzuba pronuncia zurce los corazones rotos y las vidas amputadas de las 40 mujeres que cada día son violadas salvajemente en la República Democrática del Congo, su país natal. “El horror y la brutalidad traspasan todos los límites imaginables y estalla en la vida de las congoleñas. Nuestro destino está marcado por la violencia sexual por el solo hecho de ser mujeres. Somos la moneda de cambio de un país en guerra. Pagamos el precio de la barbarie”, explica a cuartopoder.

Esta licenciada en Derecho y una de las fundadoras de la red Un Altavoz para el Silencio, acaba de estar en España para recoger un nuevo galardón que se suma a los que ya atesora por su activismo y valentía. Se trata del Premio Internacional 2019 en el 60º aniversario de Manos Unidas.

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Un reconocimiento que la oenegé le ha dado por “su continuo compromiso con las mujeres víctimas de la guerra y su dedicación y coraje al denunciar las causas y consecuencias, especialmente entre los más vulnerables, de los conflictos en la República Democrática del Congo” y que ella recoge con todo el cariño y la gratitud del mundo. “Todo esto me anima a seguir adelante, a hacer más y a darme cuenta de que lo que hago tiene un impacto social”, sonríe.

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Pero sin despreciar reconocimiento alguno para ella lo más grande es el premio, “el regalo de seguir viva. Nunca se si cada día va a ser el último. Respiro violencia. Me despierto y me duermo cada día con una violencia que nos destruye”.

Periodismo de paz

Ese hacer suyo, tan valiente y necesario, lo lleva a cabo desde el espacio sanador de la sororidad y desde una vocación que define como “periodismo de paz”. Adzuba forma parte de la Asociación de Mujeres de Medios de Comunicación del Este de Congo, gracias a la cual se han realizado distintas alegaciones a la Corte Penal Internacional y al Senado de los Estados Unidos, denunciando la violencia sexual en la República Democrática del Congo. “Soy una mujer modesta que busca la paz de todas las mujeres. Alzo la voz y cuento al mundo lo que sucede por ellas. Para mí el periodismo está para mejorar las cosas. Es la búsqueda de datos, de razones y lo más importante, de soluciones”, recalca.

Y esa búsqueda es la que le hace superar el miedo. Amenazada de por vida por su labor no sabe cuándo puede pasarle algo. “Denunciando, lo único que hago es demostrar la vida”, añade. “Entiendo que cuando no se vive y no se conoce esta realidad es difícil de comprender. Vivo en una inseguridad permanente porque cada día asesinan a una persona que conoces. Puede parecer una fatalidad, pero cada uno puede hacer una cosa. Cada persona puede poner su grano de arena. El mío es a través del periodismo. Con él denuncio la estrategia de guerra con intereses internacionales que traumatiza y que lleva a formas de violencia masiva y extrema a las mujeres y niñas. El cuerpo de la mujer es usado como campo de batalla. Las violaciones son una estrategia de guerra para destruir a una comunidad”, reconoce con mirada triste.

Su amor a informar para sensibilizar es tal que en su día hizo que la secuestraran en un bosque para conocer de primera mano todo. Allí vio como “gente modesta estaba armada hasta los dientes con armas modernas”, hizo entrevistas y descubrió que el arsenal con el que contaban provenía de la financiación de los circuitos de los minerales de multinacionales. “Mientras que las empresas extranjeras financian a los rebeldes que son genocidas, las mujeres padecen el terror en sus vidas”, añade.

Desde entonces lo suyo es un “sin vivir” cuyo impacto la hace enfermar. “Tanta presión es tremenda para mí. Psicológicamente me enferma. Este vivir constante con el terrorismo me lleva a compartir el dolor en lugar de interiorizarlo. Eso me ayuda a seguir. Compartir el problema, hacerlo trocitos para que pese menos es la manera que tengo de seguir adelante. Si no, es imposible. También rezo. Soy creyente y la oración y la meditación me ayudan a sanar y quitarme el peso de todo”, cuenta.

Vidas rotas que no se pueden olvidar

Para Adzuba la violencia sexual es “una catástrofe humanitaria”. Un desastre que lleva a que en la República Democrática del Congo la mujer además de violentada sea mutilada como estrategia de guerra. “No es usada para aplacar el deseo sexual de los hombres sino como arma de control de las poblaciones. En su vagina se introducen cuchillos y armas. Por si esto no fuera suficiente, también meten objetos tóxicos como trozos de caucho quemados”, cuenta.

La brutalidad es tal que en la rueda de prensa que la activista dio en la sede madrileña de Manos Unidas antes de recibir su premio, habló de un caso estremecedor. El de una mujer llamada Mónica, casada y con cinco hijos, que vio cómo su marido moría por disparos de siete hombres armados cuando intentó impedir que ellos obligaran a los niños a violarla. “Los siete hombres armados llegaron a su casa un día al mediodía, mataron al padre ejecutándolo de un disparo en la cabeza delante de toda la familia, obligaron a los niños varones a violar a la mujer y luego se la llevaron al bosque”.

Tras pasar días allí con los hombres armados tratándola "como si fuera un cenicero" y ella preguntando constantemente dónde estaban sus hijos, los secuestradores le dijeron “que lo que había estado comiendo esos días eran sus propios hijos y le enseñaron las cabezas de los cinco niños ejecutados. La mujer fue liberada y se volvió loca. Unos días después de enterrar los cuerpos de sus hijos murió porque no pudo superar lo ocurrido”, señaló.

Estas vidas rotas son las que hacen que Abduza no decaiga en los días difíciles y que su empeño sea el de denunciar a través de la radio a todas las Mónicas de su país. “Además de ese genocidio contra las mujeres, está el horror de usar a las niñas como esclavas sexuales y a los niños como soldados para la guerra”. añade.

Por eso, aunque ella podría estar a salvo en el extranjero, se niega a irse del país. “Sé que mi tarea es muy difícil. Buscar la paz para las mujeres en un país que está en guerra constante contra ellas es muy complicado. En esas circunstancias lo más fácil sería salir corriendo para ir a un país en paz, pero si yo me voy, si todas nos vamos ¿quién hablaría del dolor de todas las mujeres? Tenemos que alzar la voz en nombre de las mujeres invisibles que no tienen voz”, recalca.

 El camino de la esperanza

Para la galardonada con el Príncipe de Asturias a la Concordia 2014, el dolor de denunciar desde el periodismo es mayor cuando se trata del destino de las niñas. “Es muy duro con ellas porque hay quienes han nacido y solo han conocido la guerra. Esas chicas no saben qué es vivir en paz”, reconoce.

Sin embargo, a pesar de tanto horror, Abduza habla siempre desde la esperanza. “En este duro destino ¡claro que hay tiempo para la sonrisa! De hecho, no se pierde la sonrisa y gracias a ella se sale adelante. Las congoleñas siguen con la cabeza alta a pesar de las circunstancias y los momentos de dolor. Su camino es el de la esperanza”.

Por eso mismo, la activista nos pide que desde Europa dejemos de ver a sus compatriotas como víctimas. “Todas son supervivientes. Hay que evitar verlas desde el victimismo. Son mujeres muy fuertes que transmiten energía constructiva. Desde su dolor sacan una energía positiva. Hay que construir una sociedad que transforme el dolor en fuerza. Se trata de sacar la vida adelante con cierta esperanza”.

De la fuerza de sus compatriotas Adzuba cree que Europa puede aprender mucho. “Las mujeres europeas pueden aprender de nosotras que la mujer que está en el centro de la humanidad, que tenemos una fuerza que ni yo misma he llegado a entender. La mujer africana en general sufre y se reinventa. Cose los trozos del dolor y los convierte en vida. Tiene una fuerza tal que, ante la dureza de la vida, que cualquier preferiría morir, saca fuerzas para ir adelante. Esa es la fuerza que hay que transmitir al mundo”.

Preguntada por si las mujeres nacen de alguna manera con la conciencia de saber que tendrán que hacer el tránsito de víctimas a supervivientes, la periodista contesta que sí. “Entiendo que cuando esto no se vive sea complicado de entenderse, pero en un contexto como el nuestro, de alguna manera se siente que tienen que hacer ese esfuerzo acompañadas siempre de médicos, psicólogos, activistas…Recuperarse de la violencia sexual en todos los niveles es solo posible gracias a estos profesionales”, dice.

Un proceso que pasa primero por la aceptación personal para luego llegar a la social. “Aprenden a aceptar que la vida no se acaba a pesar de todo lo padecido. Después de ese proceso en primera persona viene el de la aceptación social. La sociedad civil y su propia familia tienen que hacer ese proceso para que ellas se sientan miembros de pleno derecho. Aunque cueste creerse en ellas se obra un enorme milagro. El milagro de la resiliencia. Es el milagro por el que una mujer pasa de la nada a ser la capitana de su vida”.

Y, ¿cómo erradicar la crudeza de la violencia sexual? La congoleña siente que todo pasa por educarnos en la igualdad y en la masculinidad positiva. “No podemos seguir muriendo por el hecho de ser mujeres. No podemos seguir siendo tratadas como despojos. Hay que luchar contra tanta ofensa trabajando la masculinidad positiva en casa, las guarderías, las escuelas…”. La conciencia es tal que ahora el sistema educativo va por delante del nuestro. “Se incluye la igualdad en el curriculum académico. Mientras no hay igualdad el dolor seguirá siendo parte de la vida de cualquier mujer”, finaliza Caddy Adzuba.

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