Una pareja de linces

Me gustan los linces. Tanto, que hace unos años escribí un libro sobre su batalla por sobrevivir. Por eso me he emocionado hasta la lágrima cuando he visto las imágenes del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y de la canciller alemana, Angela Merkel, visitando el centro para la recuperación del gran gato en el parque nacional de Doñana. ¡No todo van a ser langostinos de Sanlúcar! La idea que transmite la noticia es clara: los líderes europeos no solo piensan en la economía, el paro o la inmigración, también tienen su corazoncito verde y apoyan proyectos medioambientales. Bien.

No hubiese estado de más, sin embargo, que Sánchez enseñase a Merkel los pozos ilegales, por poner un ejemplo, que están acabando con el agua, con el alma, de Doñana. La consecuencia de esas fresas que comemos españoles y alemanes a precios de risa. Pero eso sería hablar de la Andalucía B, la que cobra el paro y curra, la de los bosquimanos de Barbate, la de la hostelería deteriorada, la que sitúa a la comunidad andaluza en una liga muy diferente que, por poner otro ejemplo, Euskadi.

Sánchez y Merkel han dormido en el palacio de las Marismillas y han navegado por aguas desde las que se divisa África. No permitirán, dicen, que el clima xenófobo que agita Matteo Salvini, ministro de Interior italiano, se extienda por Europa. Un clima en el que se encuentran muy cómodos tanto PP como Ciudadanos. Un clima que Sánchez y Merkel intentan controlar a golpe de talón: acordaron impulsar más fondos para ayudar a Marruecos, el país clave en el tema de la presión migratoria, a controlar sus fronteras.

Marruecos se queja de que solo recibe 35 millones de euros a través del fondo fiduciario de emergencia para los países africanos, menos que países como Libia o Turquía. Sánchez y Merkel pretenden aumentar esa partida, con el visto bueno de Francia, hasta los 130 millones.

Marruecos maneja el movimiento migratorio a su antojo. El dinero hace que el grifo que vierte humanos se abra o se cierre. Lástima que se trate de un país no democrático, y que ese dinero tenga un destino opaco. Alguien, sin ser un lince, podría ver en estas gestiones la respuesta a un chantaje, la financiación de una dictadura, la gestión mediocre de una crisis que afecta no solo a los ciudadanos europeos, sino a la inmensa mayoría de unos marroquíes que también tienen derecho a ser libres.

Publicidad