La mentira como estrategia política

  • Es una derecha sucia y mentirosa, corrupta y sectaria, que no asume las derrotas, que parece capaz de cualquier cosa para volver a gobernar

En la emisora de radio de máxima audiencia entrevistan a Dolors Montserrat, ministra de sanidad, asuntos sociales e igualdad con Mariano Rajoy, actualmente portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados. Le preguntan por Rodrigo Rato, puesto que ese mismo día el Tribunal Supremo había confirmado la sentencia de cuatro años y medio de cárcel para el ex presidente de Bankia. Montserrat dijo, sin dudar un segundo, que lo de Rato formaba parte de la corrupción que asola España, una corrupción generalizada en la que están implicados todos los partidos. Y puso como ejemplo a Podemos, “partido como todo el mundo sabe financiado por dictaduras como la venezolana”.

La presentadora dijo que no era exactamente como decía. Los tertulianos callaron. Solo uno, Jesús Maraña, director de Infolibre, levantó la voz para recordar que no todos los políticos son iguales, y que lo que acaba de decir Montserrat de Podemos era una burda mentira: “Siete denuncias o querellas han sido archivadas hasta la fecha por la justicia sobre la posible financiación ilegal de Podemos”, recordó el periodista. La misma justicia que había confirmado la condena a Rodrigo Rato. Montserrat calló, como si no fuera con ella. No rectificó. Sabía que había mentido, pero no le importó lo más mínimo: utilizó esa mentira de manera consciente, meditada y estudiada, como base de una estrategia política.

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La oposición que está haciendo el Partido Popular es feroz. Una oposición rabiosa y despiadada que solo puede atribuirse a quien considera que le han quitado algo que le pertenece: el poder. Algún desaprensivo podría pensar que esta derecha montaraz no concibe, tal y como asegura la historia reciente, perder sus privilegios. Es una derecha sucia y mentirosa, corrupta y sectaria, que no asume las derrotas, que parece capaz de cualquier cosa para volver a gobernar. Solo desde semejante deformidad democrática puede entenderse cómo políticos de primera línea son capaces de convertir el embuste en ideología, insultando de esta manera la inteligencia de los votantes, poniendo en entredicho la calidad del sistema democrático, y atentando contra los principios básicos de la dignidad y la honradez políticas.

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El periodismo no puede permanecer callado ante semejante miseria. Lejos de aceptar los enfrentamientos que proponen algunas televisiones, y convertir los informativos y las tertulias en shows protagonizados por dos bandos, el periodista debe mantenerse independiente y denunciar estas fechorías. Para que todo el mundo sepa quiénes son los verdaderos populistas, los auténticos antisistemas. Aquellos que han hecho de la mentira la esencia de su discurso.