Los complejos de la izquierda con las migraciones

  • No descubro la pólvora si afirmo que las migraciones son una imposición de las dinámicas capitalistas.
  • En el debate europeo, la inmigración "se coloca en el paradigma de la utilidad".

Yamani Eddoghmi, activista en la Asociación Marroquí de Derechos Humanos  

“La ignorancia lleva al miedo, el miedo lleva al odio y el odio lleva a la violencia” Ibn Rushd (Averroes).  

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No descubro la pólvora si afirmo que las migraciones son una imposición de las dinámicas capitalistas, y aquí quiero insistir en el término imposición. La gente no abandona su tierra y su familia (o sea, su hogar) por capricho. El escotoma que algunos se ponen cuando reflexionan sobre la inmigración es escandaloso. Es evidente que cuando los europeos tratan el fenómeno migratorio, lo hacen motivados por sus propios intereses. Y en eso no hay diferencias entre la derecha y la mayoría de la izquierda. El segundo bloque es más correcto que el primero, pero el motivo subyacente sigue siendo el mismo. Mientras  la derecha considera que la inmigración es un problema identitario, la izquierda piensa que es una solución a una problemática de futuro. Es decir, se coloca en el paradigma de la utilidad.

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El incremento del fenómeno migratorio ha sido exponencial desde que en los años 80 el FMI y el Banco Mundial iniciaron sus políticas de ajuste estructural en muchos de los países del mal llamado “Tercer Mundo”, y de eso nadie habla. Tampoco se habla del expolio de sociedades enteras por parte de multinacionales, fuertemente protegidas, por parte de los Estados del norte. Y mucho menos escucharán quejas de la desestructuración social, política, económica y de las nefastas consecuencias que supuso el imperialismo europeo y su consecuente deuda histórica con los países del sur. Solo cuando personas desesperadas aporrean las potentemente blindadas puertas de Europa o de Estados Unidos, el fenómeno se convierte en un inconveniente. Solo cuando esto sucede empezamos a escuchar  genialidades como “efecto llamada” o “aquí no cabemos todos”. Únicamente cuando los privilegiados se enfrentan a sus demonios y a las consecuencias de su infame pasado el miedo se convierte en un mantra y se expande como una mancha de aceite.

Es interesante ver cómo el pobre desgraciado se convierte en enemigo de sí mismo cuando el rico privilegiado se percibe amenazado. En los últimos años han proliferado partidos de extrema derecha y sus nefastas narrativas que hablan en nombre de las clases populares. Éstos y sus acólitos nos intentan vender talentosamente la idea de una Europa justa y prospera – con los suyos, claro -. Lo que no nos explican es cómo un ideal cuyo fundamento es el odio al prójimo pueda traer dicha prosperidad.  

Lo verdaderamente inexplicable es que algunos, considerados de izquierdas, caigan en la trampa. En un ejercicio de irresponsabilidad sin precedentes se lanzan a defender la idea de la recuperación del Estado Nacional procurando convencernos de que la repatriación de la soberanía nacional es la panacea. Se olvidan – espero que por falta de criterio y no mala fe – que durante la crisis del 2008 fue el Estado quien llevó a cabo las medidas más dolorosas y que golpearon de lleno a las mayorías sociales. Pueden aducir que lo que querrían es recuperar el Estado como instrumento en manos de las mayorías. Suponiendo que ello fuera posible, mi objeción es la siguiente, ¿era preciso hacerlo de la mano de Matteo Salvini?

Entiendo que a falta de horizontes uno pueda acudir al Hades a buscar salvación, pero señores en la morada de los muertos solo hallarán muerte. La izquierda tiene doble responsabilidad: humanizar la sociedad – hacer que esta sea más empática -, y luchar contra su cruel antagónico, la derecha. Sin dejarse arrastrar por ella.    

La Unión Europea se desliza cada vez más hacia el precipicio, los Estados cada vez más impotentes, y la presión que sufren es cada vez más asfixiante. Con el actual auge del fascismo, conducir por el carril derecho no se lo puede permitir la izquierda ni siquiera unos segundos. Una vez que uno se adentra en el campo de minas, volver hacia atrás acaba siendo irrelevante, porque no se regresa al punto de partida.

De ninguna manera se puede reivindicar la Unión Europea insinuando – aunque sea por omisión – que podemos prescindir de algunos. Es inaceptable recorrer ese camino al ritmo de los más fuertes. El ideal europeo solo lo puede hacer una izquierda sin complejos, cualquier duda sobre este asunto solo hará al enemigo más fuerte y más poderoso.