Brasil o cómo la ultraderecha ocupa los espacios inutilizados por la izquierda

  • El mundo se horroriza sin entender bien el viraje político de un país de gran extensión y complejidad. ¿Cuál es la clave de lo que ha sucedido?
  • La cara B de esta cuestión consistiría en vislumbrar cómo la extrema derecha es capaz de triunfar gracias a la ausencia de la izquierda en los espacios en disputa, aunque su programa y su discurso hagan enormes lagunas.

Bandera multiracial, multicultural y avanzadilla de la lucha sindical, del movimiento por la tierra, del colectivo LGTBI y, sobre todo, del combate a la pobreza extrema. La aportación de Brasil al progresismo o a la batalla global de la izquierda se ve empañada por la llegada al Gobierno de un personaje siniestro, Jair Bolsonaro. Un hombre que se atreve a decirle a una diputada que “no merece ser violada” por él o que, sin ningún pudor, se declara abiertamente homófobo y contrario a los derechos de las minorías. El mundo se horroriza sin entender bien el viraje político de un país de gran extensión y complejidad. ¿Cuál es la clave de lo que ha sucedido?

A ojos de las fuerzas progresistas de todo el mundo, el Partido de los Trabajadores parecía haber sentado las bases de una nueva era durante los ochos años de gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva y los consiguientes cinco años y medio de Dilma Rousseff, que fue expulsada del poder mediante mediante un cuestionado impeachment por violar normas fiscales para maquillar el déficit en los presupuestos. Un juicio político en gran parte polémico porque fue impulsado por un exparlamentario condenado a más de 15 años de cárcel por corrupción, compañero de partido de quien sustituyó a la mandataria en la Presidencia, Michel Temer. Sin embargo y hasta ahora, las urnas habían dado la razón a las fuerzas progresistas.

Publicidad

Es cierto que son muchos los factores que explican la victoria de Bolsonaro. Uno de ellos sería el hartazgo por la corrupción del caso Lava Jato (autolavado) y de la trama corrupta de la petrolera estatal Petrobras que implicaba a centenares de altos cargos políticos, entre ellos algunos miembros del Gobierno de Rousseff y al propio Lula. También influye al “odio al negro”que subyace entre las clases medias y altas de un país en el que el componente raza y la pobreza van de la mano. Otro de los motivos que habrían empujado a votar por el candidato de extrema derecha sería su discurso de “mano dura” contra la delincuencia, uno de los países más violentos del mundo con una media de 175 homicidios por día. También las alianzas del vencedor con la confesión evangelista, que goza de una gran capacidad de incisión en la opinión pública, o su exitosa campaña en redes de mensajería instantánea han tenido mucho que ver.

Publicidad

Sin embargo, para ver el mapa completo hay que dirigir la mirada hacia quienes no se inclinaron por Bolsonaro y decidieron optar por su rival, Fernando Haddad, exministro de Educación de los gobiernos de Lula y Rousseff, también alcalde de Sao Paulo entre 2013 y 2017. El candidato electo fracasó, mientras Haddad logró imponerse, en la región Nordeste, la que tiene mayor cantidad de estados –un total de 9– y que aglutina a unos 49 millones de personas.

El Nordeste de Brasil es el reflejo del meteórico éxito contra la pobreza de los Gobiernos de Lula y Rousseff, que aprovecharon el buen momento del ciclo económico para llevar a cabo sus políticas. Entre 2003 y 2015 la zona vivió un crecimiento histórico. La cifra de pobreza se redujo a la mitad –de 30 millones de pobres pasaron a ser 14 millones–, según el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA, por sus siglas en portugués). También en esos años el PIB de la región creció más que el nacional en 11 puntos, llegando a aumentar un 7,9% en 2010.

Bolsonaro en ningún momento se ha mostrado a favor de continuar las políticas que han combatido fuertemente la desigualdad en la región, que también alberga algunas iniciativas interesantes para los productores locales y rurales, y sus habitantes han preferido volver a optar por un candidato del PT. Una primera conclusión sería que, aunque la extrema derecha logre construir fuertes campañas en redes sociales y establezca sólidas alianzas con el poder, la ciudadanía establece un dique de contención en su contra cuando ha visto mejorar su calidad de vida. Lo palpable, la mejora material sustituye a lo etéreo.

La cara B de esta cuestión consistiría en vislumbrar cómo la extrema derecha es capaz de triunfar gracias a la ausencia de la izquierda en los espacios en disputa, aunque su programa y su discurso hagan enormes lagunas. “Bolsonaro es el resultado del fracaso de la oposición. Ha ganado porque su rival ha jugado muy mal”, explica Manuel Alcántara Sáez, politólogo español, catedrático en la Universidad de Salamanca, conocido por su investigación en política latinoamericana.

Lula no podía presentarse a la candidatura por haber recibido un veredicto de culpabilidad, una norma conocida como “ficha limpia” que él mismo impulsó. Fuera una conjura o no para bloquear el acceso a las elecciones a quien fuera un presidente tremendamente popular, lo cierto es que el PT intentó su imposible candidatura hasta al final, cuando un juez ya le había condenado en segunda instancia. “Si la izquierda y el PT hubieran desistido de querer mantenerle, Haddad hubiera podido haber tenido un capital muy distinto”, esgrime.

Haddad, aunque era conocido en Brasil, se trataba de un político “de segunda fila”, según explica Alcántara. Hasta hace menos de dos meses el PT no lo había nombrado candidato, algo que según el experto impidió que el rival de Bolsonaro pudiera realizar una campaña en condiciones, en la que hubiera podido resaltar su amplia y variada experiencia como alcalde, ministro y profesor universitario. La importancia de ese error de cálculo del partido de Lula se refleja en solo una cifra: en este corto periodo de tiempo, solo dos meses, el candidato progresista consiguió un ascenso de vértigo al haber logrado un 44,9%, muy cerca de la mitad de los sufragios. Con la izquierda fuera del juego electoral se perdió el espacio durante muchos meses. Queda en el aire una pregunta, ¿qué hubiera podido conseguir el candidato progresista con más tiempo?