Andalucía y el reto de un federalismo plurinacional

  • Las izquierdas de Andalucía sí pueden y deben hablar de España y sus naciones, convocando a las derechas a que tomen el asunto con el rigor que merece
  • No hacen falta invocaciones a la patria, sino esclarecimiento ante la ciudadanía de una propuesta federalista que en España, para ser solución, ha de conjugarse en términos que respondan a nuestra diversidad de naciones

Me sorprende -¡perdón por la expresión retórica!- que en una campaña electoral como la que tiene lugar en Andalucía, dada la convocatoria para acudir a las urnas el próximo 2 de diciembre para elegir a quienes han de representar a sus conciudadanas y conciudadanos en el parlamento andaluz, se pasen por alto cuestiones fundamentales que habrían de tenerse en cuenta si se tomara en serio lo que se recoge con notable fuerza simbólica en el lema de la comunidad autónoma, el cual aparece en su mismo escudo. Sintetizando el sentir que late en el himno de Andalucía, y el sentido de su letra que, como bien sabemos, es debida a Blas Infante, tal lema reza así: “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”. Ciertamente es una pena que no se tenga más en cuenta toda la carga de significado que esas palabras portan.

Está más que constatado que los rituales, aunque sirven para actualizar con su simbolismo experiencias que han sido cruciales para una comunidad, siendo por eso que con ellos quedan grabadas en el imaginario colectivo, con frecuencia se desdibujan, e incluso se distorsionan, dando lugar a comportamientos que consideramos –en sentido negativo- ritualizados en tanto que se alejan de su sentido originario, hasta el punto de quedar como mera carcasa vacía el simbolismo que los acompañaba. No es fenómeno que sólo se da en el ámbito religioso; también se produce en el campo político. En el caso que nos ocupa, tal descarga de contenido que reduce los símbolos colectivos a mera parafernalia se presenta en la dinámica política andaluza, en la cual no se tiene en cuenta como se debiera todo lo que implica el lema en el que Andalucía se afirma volcándose hacia España y la Humanidad.

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Lo llamativo de la situación apuntada es que ella acontece en una campaña electoral que tiene lugar en medio de una grave crisis del Estado, como consecuencia del conflicto planteado por el independentismo catalán, que, más allá o más acá de sus excesos e ilegalidades, señala el déficit de legitimidad del Estado español en Cataluña y, desde ahí, mas no sólo por eso, el agotamiento del actual Estado de las autonomías, a pesar de los éxitos anotados en su haber. No cabe duda alguna acerca de cómo los partidos que concurren a unas elecciones autonómicas con sus candidaturas y programas han de dar respuesta a las diferentes problemáticas que desde la comunidad andaluza, en este caso, están planteadas. Es en ese sentido en el que tiene razón de ser la insistencia en que hay que hablar de Andalucía, de toda Andalucía y de todo lo que a ella le afecta, desde las infraestructuras hasta la educación y la cultura, pasando por el modelo productivo, la manera de afrontar el paro o las propuestas para mejorar un sistema de salud que urgentemente reclama cura. Pero dicha insistencia no ha de implicar desconocer lo que para Andalucía es necesidad y obligación: plantear su forma de estar en España y de contribuir a desbloquear la crítica situación de su Estado.

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No supone una inusitada novedad exigir que Andalucía reformule su ser y su estar en España como inexcusable tarea política. Reiteradamente se alude a cómo desde la masiva reivindicación de autonomía para Andalucía del 4 de diciembre de 1977, y con el referéndum autonómico del 28 de febrero de 1980, ciudadanía y fuerzas políticas andaluzas incidieron de manera decisiva en lo que habría de ser el desarrollo autonómico del Estado español a partir de lo posibilitado por la Constitución de 1978. Es más, las soluciones para los concretos problemas que Andalucía ha de abordar no pueden quedar como partes inconexas de programas construidos por mera yuxtaposición de demandas sociales.

Éstas, siendo legítimas, han de ser contempladas y ordenadas según prioridades en el marco de un proyecto político –cada partido da el tono de sí con lo que sea su proyecto, si lo hubiera, más allá de las actividades de campaña, tan condicionadas por alicortos enfoques de “marketing político”-, siendo dicha inserción en una visión de conjunto lo que prueba en qué sentido son fiables las mismas respuestas a las demandas que se formulan o detectan. La cuestión de fondo es que un proyecto político para Andalucía ha de explicitar aquí y ahora, análogamente a como se hizo en otras ocasiones, cómo se entiende desde ella el futuro del Estado. Así debe ser por cuestiones de principio y, además, por motivos pragmáticos. ¿O alguien piensa de verdad que se va a resolver todo lo que tiene que ver con el sistema de financiación autonómica, que de forma tan apremiante reclama solución, sin ofrecer una vía transitable que conlleve una salida al bloqueo en que se halla el Estado?

Por responsabilidad política y compromiso electoral, las izquierdas –hablamos de PSOE y Adelante Andalucía- no debieran desentenderse de asunto tan capital, si de verdad se presentan ante la ciudadanía con alternativas de transformación política. Las derechas, por su parte, hacen campaña haciendo ostentación de su españolismo, sea enfáticamente centralista –el caso de Ciudadanos y aún más del ultraderechista Vox-, o sea encubierto bajo el manto de un autonomismo regionalista que trasluce su mitología nacional españolista –como es el caso del PP-. No hablan de España ni para resolver la crisis del Estado ni para solucionar los problemas de Andalucía, sino sólo con la intención de ganar votos agitando el fantasma del separatismo catalán, con el que de camino se ahuyentan espectros de corruptos y sombras de recortes sociales. Las izquierdas de Andalucía sí pueden y deben hablar de España y sus naciones, convocando a las derechas a que tomen el asunto con el rigor que merece. Mas para eso hace falta que las mismas izquierdas lo hagan, lo cual, puestos a ir al fondo, supone el sostener sin miedo, porque hay buenos argumentos, la propuesta de federalismo consecuente que el Estado autonómico necesita de manera impostergable. No hacen falta invocaciones a la patria, sino esclarecimiento ante la ciudadanía de una propuesta federalista que en España, para ser solución, ha de conjugarse en términos que respondan a nuestra diversidad de naciones.

Entre tantas envolturas con los colores blanco y verde de la bandera andaluza, porque es lo que viste, pocas referencias hay –lo digo por si hubiera algunas- a Blas Infante. Además de los días de homenaje a su figura a los que obliga la memoria que se le debe, bien podría tenerse en cuenta su concepción de una Andalucía para la que reclamaba autonomía, exigiendo que fuera reconocida como nación desde la paradójica condición de una nacionalidad cuya identidad no se expresa en los usuales términos nacionalistas, pero que desde dicha identidad habría de reivindicarse como entidad política en el seno de la República española, y ello en clave federal. Como todavía habrá quien hable de “pueblo”, queda exigir para el día de hoy que, quien lo haga, respete al pueblo andaluz como “demos” constituido por ciudadanas y ciudadanos con derechos que reivindicamos y ejercemos, en esas claves de emancipación y solidaridad que nos llevan a hacerlo no sólo para nosotros, sino pensando y trabajando también para España y por esta humanidad que tanto necesita verse reconocida en lo común que compartimos.