República: ¿para qué?

  • La República tiene futuro si es un proyecto de todos, no de un partido, ni de las izquierdas, si la pone en el centro un movimiento popular no identificable

Desde hace unos pocos meses la cuestión de la monarquía ocupa cierto espacio de debate. Tenemos de vuelta la sensación de crisis institucional con la pérdida de legitimidad del poder judicial -sentencia de las hipotecas, whatsapps de Cosidó…-, el colapso del poder legislativo, el escoramiento ultra de los partidos de derechas… Y en la cumbre un rey que decidió dejar de ser el rey de todos los españoles para pasar a ser el rey de la derecha española. El CIS esconde la opinión de los españoles sobre la monarquía, los jueces y partidos monárquicos blindan a Juan Carlos… y en decenas de campus universitarios y barrios de las ciudades españolas se organizan consultas sobre la cuestión monarquía o república.

Surgen varias dudas sobre la cuestión republicana: ¿realmente tiene capacidad movilizadora o es sólo algo árido (y nostálgico) que en realidad no interesa más que a muy poca gente? ¿Cómo ayudar a que la cuestión republicana no se limite a la jefatura del Estado sino que sea un motor del cambio real en España, es decir, que sea una propuesta constituyente, una propuesta de país, una propuesta para todo el país?

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Es innegable que, más allá del poder formal que tenga en España un rey, la monarquía es la clave de bóveda del Régimen de la Transición. Un cambio democratizador sustancial en España traerá, sin duda, república: la duda es si la idea de la república es capaz de ayudar a traer un cambio democratizador sustancial en España.

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Desde hace algunos meses vengo escribiendo que el cambio político necesita un “nombre” y en España el único que tenemos disponible es República, tanto por cómo se estructura el Régimen de la Transición, como por el empeño de los monárquicos en mostrarnos que su causa está necesariamente asociada a la derecha autoritaria española.

En España sólo hay un movimiento que consiguió poner un nombre al cambio: el movimiento independentista catalán. Vale la pena observarlo no porque se comparta el objetivo ni la orientación del independentismo sino para entender un movimiento que ha sabido poner un horizonte que millones de personas, que no pensaban en la independencia hace apenas una década, pero que han identificado la independencia con todos sus anhelos políticos. En primer lugar: la independencia no era la mera constitución administrativa de un nuevo Estado, sino que era la respuesta a la crisis económica, a la corrupción, por supuesto a la crisis democrática y a la politización de la justicia. Fuera cual fuera la pregunta, la respuesta era independencia. En segundo lugar: el independentismo ha sido un movimiento cívico que desbordó a los partidos (y destrozó a algunos de ellos) y ante el cual los partidos independentistas (los de toda la vida y los recién llegados) decidieron ponerse detrás. Fueron arrastrados al independentismo por el movimiento ciudadano, incluso ERC, nominalmente independentista mucho antes del Procés, entendió que tenía que ponerse al servicio del movimiento, nunca en su vanguardia.

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Esos aprendizajes son fundamentales si queremos que la República sea un motor del cambio, si queremos que sirva para algo y si queremos que salga bien.

1.- La defensa de la república no puede ser sólo la obviedad de que la elección en urnas es más democrática y justa que la fecundación. La República como propuesta es útil si y sólo si es sinónimo de un conjunto de cambios radicales que responden a las crisis que vive España. “República” debe significar un país que funciona, instituciones democráticas, feminismo, derechos sociales, solución al conflicto territorial, libertades, expulsión de la corrupción… Es decir, si el imaginario popular asocia informalmente República a futuro y a los valores propios del republicanismo filosófico, la República tiene sentido como propuesta. Desde luego, y creo que es un consenso, República no puede ser ni retórica ni simbólicamente la tercera parte de lo que sucedió hace ochenta y ciento cincuenta años: tiene que ser futuro y modernidad, no pasado; por orgullosos que nos podamos sentir muchos de ese pasado.

2.- Si existe alguna posibilidad de que la propuesta republicana prenda en el imaginario popular, esa posibilidad no viene de que los partidos pongamos la República en el centro del debate. La monarquía se ha situado al borde del abismo porque en vez de ser una monarquía de todos ha decidido ser una monarquía de las derechas. La república tiene futuro si es un proyecto de todos, no de un partido, ni de las izquierdas, si la pone en el centro un movimiento popular no identificable y los partidos como mucho se ponen detrás de él. Por tanto lo más importante que está pasando ahora mismo son esas pequeñas consultas en facultades y barrios, que no tienen partidos detrás ni descansan sobre la simbología republicana de toda la vida.

3.- Por último, si lo que ofrece la República es un cambio de país, el adversario de la República debe ser quien gobierna realmente el país. La República no debe tener como antagonista al rey, sino a la corte. El rey cometió un gravísimo error en su discurso sobre Cataluña porque desde entonces su imagen está claramente vinculada a la derecha más dura. Pero probablemente eso sólo se racionalice así en Cataluña. En el resto de España es probable que se asocie a la monarquía con el pasado y a Felipe VI con Pablo Casado y Albert Rivera pero sin una crítica explícita a aquel discurso. Pero la importancia de la monarquía en España es que pone a una corte de empresarios (los que van a cada viaje del rey a para hacer negocios bajo su cobijo), de políticos, de medios de comunicación conservadores… En 2014 Podemos hablaba de casta. Y mucha gente entendió que Podemos se refería a los políticos (probablemente lo llegó a entender el propio Podemos y por eso dejó de usarlo al entrar en las instituciones). En España la casta que gobierna realmente es la corte que rodea a la monarquía, por eso la monarquía vertebra el Régimen de la Transición. Se le llame corte o no, el discurso de la República no debe dirigirse al rey sino a la élite chusca, caciquil, corrupta y rancia que ha conducido a nuestro país al colapso.

España vuelve a la crisis de régimen. Y necesitamos un proyecto de país sencillo de nombrar que encarne los anhelos de democracia, justicia y modernidad. Ese proyecto puede ser la República. Si no nos la cargamos los republicanos.