Enraizar avanzando

Para cualquier persona de nuestra generación crisis es difícil ponerse a pensar sobre el balance de estos cinco años de Podemos sin verse reflejada a sí misma en el espejo. Nada que ver con la clásica discusión sobre quién puso la primera piedra y guardó mejor los orígenes y las esencias, sino con la capacidad que tuvo la herramienta morada de encarnar y dotar de contenido los atributos y las tareas históricas de la generación que cambiamos de chip en las plazas.

Por esas licencias que, a veces, te permite la vida de coincidir en tiempo y espacio con los grandes acontecimientos de tu tiempo, pasé el año de Vistalegre I, La Marcha del Cambio y la elección del primer Consejo Ciudadano en Madrid. Ninguna de las personas que asistíamos a todos los grandes eventos militábamos en Podemos por entonces.

Es más, ahora que se vuelve a recurrir tanto a la segmentación de sujetos y demandas por falta de cierto elemento aglutinador, diría que la foto del curioso grupo de personas que no nos perdíamos ni un acto del partido morado -por poner algunos ejemplos éramos gente de la CUP, del PSOE, de IU, posteriores votantes de C’s, abstencionistas, liberales desencantados- explicaba bien que, más que la suma de las partes, lo que se había conseguido era tocar la tecla que nos emocionaba, nos identificaba y nos esperanzaba a tener un hueco central en esa sociedad que nos consideró, en palabras de Natos Waor, una generación perdida.

Publicidad

Cinco años después, ese espacio sociológico de ciudadanía que se identifica o se siente más cercana a las ideas de Podemos sigue siendo, según el último CIS, el más pequeño de los cuatro grandes partidos. Si miramos el dato desglosado por comunidades autónomas, solamente superaría el 10% en País Vasco y La Rioja. Es cierto que en la mayoría de territorios estaríamos hablando de una muestra muy pequeña y, por lo tanto, poco representativa, pero en conjunto podría ser la alerta de dos cosas: que la opción electoral del cambio no se habría transformado en un bloque social y político consolidado y que la falta de aterrizaje de una hipótesis plurinacional dibuja un terreno muy homogéneo.

Ya que estamos de balance, diría que el foco en el cierto estancamiento que ha vivido Podemos desde su aparición hay que ponerlo en el quiebre que se dio durante el paso que muchos teorizaron como pasar de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones, después de la entrada en el Congreso de los Diputados. Es decir, en el momento en que hubo que pasar del “asalto electoral” y la grieta por donde colarnos, al ciclo en el que esas conquistas debían asentarse para seguir creciendo desde aparatos de reproducción de la nueva cotidianidad orgánica (es decir, que se auto-reproduce sin necesidad de intervención partidista tal y como sucede con la hegemonía dominante) que teníamos que ofrecerle al país.

Ejemplo de ello son la falta de líderes de opinión, famosos o medios de comunicación de masas portadores de estas nuevas ideas sin necesidad de estar vinculados a nivel de militancia. En relación al trabajo en nuestros barrios y pueblos, no se consolidó tampoco un modelo de intervención que apostase por dinamizar y abrir espacios de socialización y de ocio útiles al conjunto de la comunidad. Modelos más parecidos al de la izquierda abertzale o, en menor medida, a los de la Esquerra Independentista, que no sólo permiten crecer y enraizarse, sino generar lazos de solidaridad en barrios y pueblos que debería ser siempre nuestra principal tarea en tiempos de individualismo obligatorio.

El consultor argentino Mario Riorda tiene otra fórmula diferente a la gramsciana para hablar de este momento de transición entre lo que él llama el “momento funcional” y el “momento racional-burocrático” de una propuesta política. En este sentido, el primero sería un “irrupción predominantemente carismática donde entran en juego personas, personalidades, voluntad, carisma y pasión mientras que su evolución sería el momento en que entran en juego las organizaciones y políticas públicas que deben conseguir representar un horizonte de país que sobreviva más allá de sus fundadores.

Este tránsito de pasar de hitos comunicativos a la carrera a la elección de las dos o tres políticas públicas nucleares que vertebraran y anticiparan el espacio de lo que es Podemos hoy en España es, a mi entender, el principal lastre del trabajo institucional de un partido que hoy sigue dependiendo y pensándose casi exclusivamente desde la última propuesta política que haga cada uno de sus liderazgos más visibles; sea de la corriente, familia o territorio que sea.

La falta de consolidación de una visión de sociedad orgánica que se auto-reproduce se evidencia, por ejemplo, en la dificultad por incorporar a un discurso y un proyecto de país coherente y convincente elementos que han sido centrales para la vida política en España como, por ejemplo, el conflicto catalán y su posterior debate aún abierto sobre la naturaleza de la nación Española.

Esta debilidad para explicar y delimitar lo que somos se complica en un contexto de vuelta al eje izquierda-derecha, terreno que nos juega en contra y en el que combatimos por el mismo espacio con un PSOE en uno de sus mejores momentos; y en el que no sólo no copamos la agenda mediática sino se ha dejado de contar con la atención del público a causa del desgaste y los nuevos actores que acaparan las audiencias.

La tarea de cualquier nuevo espacio que pretenda fundar un bloque histórico nuevo debería ser la de arraigar para evitar que cualquier soplido del adversario haga tambalear y disperse cualquier enclave en el territorio conquistado. Asimismo, cuando se anda sobre el cambiante tablero político español, más vale estar en permanente avance porque igual que sucede cuando se nada por aguas revueltas, si una se queda, puede acabar desapareciendo como viejo accidente del pasado.

Hay compañeras que, por ejemplo, ya trabajan en una agenda como las que representan la Ley Contra las Violencias sexuales y la de permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles. 2019 no será el año en el que de un día para otro aprenderemos a rearmarnos para asegurar la trascendencia del proyecto, pero sí puede ser el año en el que acabemos de consolidar una mínima agenda de políticas públicas que, en sí mismas, dibujen más allá de las caras visibles lo que somos y lo que queremos para esta sociedad.

María Corrales es responsable de discurso de En Comú Podem y candidata de Podemos a las próximas elecciones generales