¿Cómo hemos llegado a esto en la izquierda madrileña?; ¿cómo cambiamos el rumbo?

  • En el ayuntamiento de Madrid hemos asistido, durante esta legislatura, a una experiencia privilegiada de los límites del gobernismo consensual encarnado por el proyecto de Manuela Carmena
  • En la Comunidad el panorama es aún más incierto. La dirección de Podemos sigue instalada en una posición arrogante que sólo busca subalternizar al resto de actores

Joseba Fernández, militante de Anticapitalistas

El panorama general de aquello que un día se llamó “bloque del cambio” no resulta muy esperanzador. Al contrario, aparece hoy como una máquina de generar hastío y frustración entre cada vez más gente, incluso entre los sectores militantes. Rupturas y divisiones aparecen en casi cualquier punto geográfico alimentando una política de “tierra quemada” en cada territorio. De fondo, unas previsiones electorales que no invitan al optimismo.

Asistimos, de forma paulatina pero con aceleraciones sucesivas, al agotamiento de todo un ciclo político. Un ciclo que no ha servido, si no todo lo contrario, para un fortalecimiento organizativo de las izquierdas, para la construcción de una cultura política pluralista y democrática o para abrir necesarios espacios de debate estratégico centrales en nuestra época y en el aquí y el ahora. Hoy el debate político-estratégico en las izquierdas apenas es un lejano murmullo frente al ruido de listas y de unos liderazgos que cada vez tienen menos que liderar.

En este contexto, el laberinto de la izquierda madrileña concentra muchas de las paradojas del momento, pero también de las posibles salidas a la misma en una dirección alternativa. Seguir el rastro de eso que podemos llamar “crisis de la izquierda madrileña” no es fácil y requiere hacer un poco de memoria para rehacer el camino que nos ha conducido hasta la situación actual. Y, sobre todo, para intentar transitar nuevas ideas y nuevas prácticas que nos permitan recomenzar por otro punto y no seguir instalados en una inercia auto-destructiva.

Los problemas de la coyuntura electoral actual de la izquierda madrileña tienen muchas razones estructurales y de fondo. Pero también otros motivos más pedrestres. Tal vez el punto de origen de esta coyuntura tan compleja y complicada lo podamos encontrar en Vistalegre II, en la derrota del errejonismo y en la “salida” bonapartista aplicada por Iglesias ofreciendo el “condado” de la Comunidad de Madrid al defenestrado Errejón. Desde aquella coronación abrupta del candidato Errejón solo se han sucedido problemas y diversos episodios de implosión. La responsabilidad de aquella unción, de la forma en que se hizo y de la ausencia de un plan real para Madrid parece que hoy ya nadie quiere asumirla. De hecho, el nombramiento de Errejón no hizo si no agrandar aún más la batalla soterrada entre un errejonismo destinado a “gobernar” Podemos en la Comunidad y un pablismo madrileño reacio a ceder terreno frente al nuevo inquilino.

Así, las primarias de Podemos para la Comunidad de Madrid se convocaron en abril tras un acuerdo de última hora entre el “errejonismo” y el “pablismo”. Acuerdo que se concretó en una ya famosa rueda de prensa bajo el cartel de “Nosotras” y en el que no había, de nuevo, ni un atisbo de contenido político. Se trataba de suturar esa larvada guerra que hasta entonces mantenían ambas corrientes y cerrarla de manera burocrática y, siendo conscientes todas las partes implicadas, de la debilidad de ese no-acuerdo y de cómo era apenas una suerte de ganar tiempo en una guerra que seguiría abierta.

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En realidad, como vino a demostrar la salida de Errejón y la creación de Más Madrid, aquellas primarias de Podemos no sirvieron para nada. En las mismas, ni se planteaba una discusión política de fondo ni sirvieron para cerrar ningún tipo de acuerdo colectivo sobre la estrategia electoral. Todo quedaba reducido a una pelea por el control posterior del grupo parlamentario y sus recursos. La política estratégica, la táctica electoral o cómo construir un proceso de unidad popular no aparecían por ningún lado. La prueba más evidente de la inutilidad extrema de aquellas primarias es que hoy Podemos Comunidad de Madrid está inmersa en unas nuevas primarias (por cierto, aún menos proporcionales y pluralistas que aquellas) y en las que solo toma parte un aparato estatal cada vez más aislado y en un permanente intento por hacer como si nada pasara a su alrededor.

Conviene recordar el contexto de aquellas primarias. Apenas unos días después del escándalo que condujo a la dimisión de Cristina Cifuentes, en plena crisis del PP y escasos días después de una moción de censura contra la propia Cifuentes. Un contexto, por tanto, en el que Podemos se embarcó en un proceso interno que no era urgente y que demostraba, antes que nada, su desconexión sobre la situación política madrileña del momento.

En aquel momento, Anticapitalistas decidió colectivamente no concurrir a aquellas primarias. Dos fueron los principales motivos para tomar esa decisión. De un lado, el enésimo reglamento de Podemos que, en la práctica, buscaba reducir la proporcionalidad y la pluralidad de la lista resultante. Por otro lado, para denunciar que lo que se estaba planteando en aquel momento era un repliegue interno en un momento en que lo que se debería estar trabajando era en un proceso de articulación popular y de organizaciones capaz de abrir un espacio de encuentro real y de cooperación que pudiese romper la inercia de Podemos. Seguramente, esta decisión fue atrevida pero trataba de anteponer la política y las posiciones políticas al reparto de puestos en una lista. Se traba, en definitiva, de marcar una posición de fondo: recomponer la izquierda madrileña pasaba (y pasa) por abrir espacios y procesos plurales, de reconocimiento mutuo y de diseñar una estrategia común frente a las derechas y el PSOE. De hecho, esta apuesta (incluyendo unas primarias proporcionales entre todos los actores de la izquierda madrileña) estaba recogida en el último documento político aprobado por la Asamblea Ciudadana de Podemos Comunidad de Madrid.

El siguiente momento decisivo en la trama de la izquierda madrileña se produjo con la espantada de Errejón. Un auténtico terremoto con diversas sacudidas en distintas localidades madrileñas (Móstoles, Leganés…). Una ruptura cocinada en el más estricto secreto y con una buena dosis de conjura y revancha. De fondo, la legítima apuesta del “errejonismo” por explotar sus hipótesis de transversalidad, de consensos con el Régimen y ligar su futuro al carmenismo hasta sus últimas consecuencias. La reacción del aparato pablista (bueno, ni siquiera del aparato si no de su plenipotenciario Secretario General) no se hizo esperar: no cabía acuerdo posible alguno con Errejón y Más Madrid en la Comunidad. En el ayuntamiento, en cambio, dejarían el terreno libre a Manuela Carmena. Conviene en este punto señalar la trayectoria de esa extraña relación entre Podemos y Carmena. De fichaje estrella de Podemos en 2015 a la relación de desencuentro extremo en 2019. En ese tránsito, sin embargo, Podemos ha sido quien ha avalado sin ningún atisbo de crítica el devenir de la “Operación Carmena”, su programa menguante y de conciliación con las élites financieras de la ciudad y, en última instancia, su liquidación de Ahora Madrid. Solo cuando Carmena orilló definitivamente para su lista al Podemos de Pablo Iglesias se produce un alejamiento de Podemos respecto a Carmena, incluyendo la remozada visión del pablismo sobre la Operación Chamartín. De nuevo, los puestos por delante de la política.

Esta tensión no resuelta entre Podemos y Carmena nos conduce a una terrible paradoja electoral: Podemos no competirá contra Carmena en el Ayuntamiento de la capital. Una decisión de muestra de debilidad frente al ticket Carmena-Errejón y que ofrece una terrible sensación de ausencia de proyecto global del Podemos de Pablo Iglesias para la Comunidad. No hace falta más que ver a sus portavozas tratando, en los últimos días, de hacer equilibrios sobre su posición respecto a las elecciones al ayuntamiento de Madrid.

Días después del movimiento escisionista liderado por Errejón, se sucede la dimisión de Ramón Espinar como Secretario General de Podemos en la Comunidad de Madrid. De fondo, una divergencia de criterios sobre cómo enfocar el portazo del errejonismo y configurar el espacio electoral para mayo. Tras esta salida, Podemos decreta la desocomposición definitiva de su organización madrileña, nombra una gestora que no es si no una prolongación de la dirección estatal y se lanza a buscar un liderazgo alternativo e independiente. La búsqueda es infructuosa y muestra el aislamiento del aparato.

Ahora, tratemos de colocar las piezas de este puzzle para poder orientarnos en lo que viene, más allá de las próximas citas electorales. En el ayuntamiento de Madrid hemos asistido, durante esta legislatura, a una experiencia privilegiada de los límites del gobernismo consensual encarnado por el proyecto de Manuela Carmena. Una experiencia que, en la práctica, ha devenido en una bifurcación de proyectos entre los sectores más consecuentes (IU, Anticapitalistas y La Bancada) con el proyecto municipalista y transformador y quienes han optado por un tipo de gobierno dispuesto a la conciliación con los intereses financieros y especulativos que siguen gobernando la ciudad de Madrid. Ambas opciones-proyecto competirán en mayo en la búsqueda de la maximización del voto para frenar a las derechas, pero visibilizando las evidentes diferencias estratégicas y de modelo de ciudad que se han venido mostrando estos años.

En la Comunidad el panorama es aún más incierto. La dirección de Podemos sigue instalada en una posición arrogante que sólo busca subalternizar al resto de actores. Una posición que es aún más incomprensible viniendo de una organización que ha pasado por episodios tan críticos en los últimos meses. En este sentido, tanto IU como Anticapitalistas vienen planteando la necesidad de establecer un proyecto de conjunto para el Ayuntamiento y la Comunidad. Un proyecto de unidad en la diversidad, respetuoso y cooperativo.

Un proyecto con un horizonte de reconfiguración de un espacio político y social de lucha y radicalidad programática configurado de forma democrática. Es por eso que seguimos apostando por impulsar un frente político participado por diversas corrientes y partidos políticos junto a colectivos de diversa naturaleza que expresen las demandas de los movimientos sociales en defensa de las clases subalternas y que se configure a través de unas primarias proporcionales y mecanismos de cooperación y agregación real. No se trata, por tanto, del enésimo proceso de “unidad por arriba” entre las cúpulas de los grupos sino de abrir, sobre todo, un diálogo y acción común de los sectores activos del pueblo de izquierdas. Transitar viejas formas de “unidad” desde la imposición será el camino más corto para profundizar la deriva actual.

De lo que se trata es, ni más ni menos, de recomenzar el proceso de recomposición de la izquierda madrileña. Una recomposición que parta de las lecciones del ciclo anterior: los efectos de la auto-moderación política y programática, el gobernismo y las ilusiones institucionales, el autoritarismo extremo hacia dentro, la ausencia de mecanismos colectivos y organicidad efectiva, la falta de controles frente a los liderazgos, la necesidad de cuidar el pluralismo inherente de las izquierdas. En este sentido, si la dirección de Podemos no acepta la unidad en condiciones de igualdad y de democracia, será responsable de que esta unidad no se produzca. Sería ruinoso aceptar las imposiciones de un aparato en descomposición, que lejos de aprender de sus errores, solo parece profundizarlos. En ese caso, habrá de imponerse la necesidad de mantener un polo independiente que sea capaz de reconstruir un espacio militante, democrático y amable. Lo que pase en las elecciones de mayo y, también, cómo lleguemos a esas elecciones serán determinantes para ir poniendo los cimientos de una recomposición urgente. Recomposición que pasa por construir un polo que ponga la política emancipadora y el conflicto en el centro frente a las derechas y opuesto, a su vez, al social-liberalismo y los proyectos neo-restauracionistas.