Auge e implosión de la “nueva política”

  • En el primer congreso de Vistalegre, se tomó la decisión de seguir un modelo verticalista de organización. A partir de ese momento, Podemos ha ido perdiendo la delantera en la situación política
  • Este viaje al centro ha terminado por jugar a favor del cierre de la coyuntura que el 15M abrió, quizá con la postración ante el PSOE de Pedro Sánchez como momento climático de la restauración y anticlimático del ciclo 15M

Isidro López, diputado en la Asamblea de Madrid, y Brais Fernández, miembro de anticapitalistas y en la redacción de Viento Sur.

Podemos fue la respuesta política a la ventana de oportunidad abierta por el 15M. Precisamente en la medida en que Podemos encarnaba la herencia política de esta revuelta, Podemos –buque insignia de ese espacio político relativamente homogéneo que es la nueva política– dio vida a la posibilidad de una transformación digna de tal nombre en un entorno español y europeo destrozado por la crisis económica.

Ese fortísimo descontento social empujó a Podemos a su momento de fuerza máxima en los meses comprendidos entre mayo de 2014 y octubre de 2014. Precisamente ese mes, en el primer congreso de Vistalegre, se tomó la decisión de seguir un modelo verticalista de organización, bajo la excusa de la inminencia de una victoria electoral rápida. A partir de ese momento, Podemos ha ido perdiendo la delantera en la situación política a medida que se ha ido integrando en el marco institucional español y en la lógica de la reconstrucción del Estado.

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En momentos de desmoronamiento del orden político, no tener una estructura en la que tanto la información como el poder circulen y se redistribuyan entre arriba y abajo, lleva a que las herramientas de marketing político, los medios y las encuestas demoscópicas sean el único vinculo con unos “representados” que son considerados como una suma de ítems, de botones simbólicos a pulsar para generar un vinculo afectivo, en vez de como un sujeto político autónomo. No es nuevo este atajo que utiliza la izquierda mainstream para saltarse el tedioso paso de construir una organización con capacidad de plantear horizontes estratégicos.

Sin ese horizonte estratégico de transformación, que solo puede venir de abajo a arriba, la peripecia de Podemos se ha situado en un tacticismo permanente, en una sucesión de conejos sacados de una chistera y de golpes de efecto que mantuvo viva la tensión durante los dos primeros años posteriores. Y entre conejo y conejo, un inexorable viaje al espacio donde tanto medios como encuestas de opinión registran su mayor concentración de ítems, el “centro político”. Ese lugar mitológico, donde habitan los dioses de los politólogos, y que en gran medida, está producido por los medios y, en menor medida por las encuestas.

Decir “centro político” es lo mismo que decir “clase media” y decir “estado”, el lugar donde tradicionalmente se anudaba la reproducción del régimen, y que hoy se encuentra dañado en medio mundo capitalista. Pero, por supuesto, por dañado que esté, aún recibe con los brazos abiertos al partido que tenía como misión liquidarlo. Este viaje al centro ha terminado por jugar a favor del cierre de la coyuntura que el 15M abrió, quizá con la postración ante el PSOE de Pedro Sánchez como momento climático de la restauración y anticlimático del ciclo 15M. La invención y consolidación de Pedro Sánchez y la vuelta del PSOE al gobierno ha sido el resultado final del ciclo de Podemos.

Intencionalmente incapaz de intervenir en las fuerzas sociales y económicas que estaban detrás de su rápido ascenso, Podemos ha dado una ventaja insuperable a las élites españolas y europeas en sus planes de reconstrucción. Ante el cambio de las políticas del BCE con la expansión cuantitativa como motor de una estabilización económica (que no recuperación), Podemos no contaba con los marcos teóricos y organizativos necesarios para navegar en un contexto con vientos de cola cada vez más leves para el proyecto.

Nadie había considerado seriamente qué tipo de estructuras organizativas debería tener Podemos para fortalecerse en una situación que no podía ser considerada más que un impasse económico y de ninguna manera un nuevo y sólido ciclo de crecimiento. El giro hacia el Estado, basado en las estrategias comunicativas del peculiar populismo tecnocrático practicado por Iñigo Errejón, y en gran medida por Pablo Iglesias, fue el único principio estratégico y organizativo.

Pero también ha sido fundamental la renuncia a términos de análisis y orientación en torno a la descomposición de las clases medias, y también, la situación de todo el espectro precario desde las viejas clases obreras hasta los inmigrantes. De hecho, Podemos ha sido un factor importante para reorientar la crisis de la clase media hacia el compromiso con el Estado y la espera pasiva de unas pocas migajas de redistribución, dos tópicos clásicos de la política de clase media que han tendido más a bloquear que a acelerar el proceso de composición de una nueva clase que surja de los rescoldos de la clase media.

Esto ha tenido, también, el efecto de enviar a millones de personas que fueron apeladas por el ciclo 15M/Podemos en algún momento a la desafiliación y a un creciente sentimiento de desencanto que, muy posiblemente, encontrará alguna forma de expresión política demasiado poco amable con los lugares comunes de la progresía.

Sin una burbuja del tamaño de la de 1995/2007, el crédito y la deuda ni siquiera han estado a punto de alcanzar las enormes cantidades que alcanzaron en ese período. De esta manera, también se cierra el camino financiero de corto plazo hacia el consumo y la creación de demanda. Si con unas bases tan exiguas, hoy tenemos una sensación tan marcada de restauración política es, sin duda, gracias al papel de sutura simbólica que ha jugado la nueva política. Aunque la etapa histórica de crisis política, social y económica dista de estar cerrada, sí que podemos considerar con bastante certeza que la ventana de oportunidad que se abrió en 2011 está cerrada y que España está experimentando algo que podemos llamar una restauración política del orden, que no implica su estabilización medio plazo.

Sin embargo, las fuerzas materiales que determinan la crisis de la clase media han operado muy intensamente sobre Podemos. El proceso de institucionalización también ha significado el acceso a un flujo de recursos, tanto en términos de dinero como de poder, que se han utilizado como medio para construir un partido burocrático y que pretende compensar la casi completa desmovilización de su base. Esto ha creado cientos de nuevos jóvenes cuadros profesionalizados, que nunca habrían llegado a posiciones de poder o escapado de la precariedad del mercado laboral cualificado español sin la nueva política y sus partidos. Esta composición plenamente profesionalizada y clientelista de las nuevas organizaciones políticas, de la que Podemos es el principal exponente (lo mismo puede decirse de sus variantes locales), ha decapitado al mismo tiempo a los movimientos de base y ha hecho que la organización dependa aún más de posiciones institucionales.

La derecha, por su parte, sabe bien como explotar el resentimiento que genera la monopolización de la nueva política por parte de los sobrecualificados expulsados de la reproducción de las clases medias. La falta de protagonismo de trabajadores y precarias en la nueva política, fortalece la idea de que una minoría “progre” ha usurpado la representación de la izquierda. La delirante gestión de la compra del chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero, con aquel demencial plebiscito interno sobre tal cosa, ejemplifican en el imaginario popular esta serie de renuncias.

En los países capitalistas occidentales, las instituciones políticas son extremadamente poderosas y pueden desarrollar sus propios programas con relativa autonomía frente a situaciones de deslegitimación bastante extendidas. España no es una excepción. Un partido que ha renunciado voluntariamente a construir una organización de abajo hacia arriba en torno al conflicto social, que pueda compensar esta poderosa dinámica de las instituciones parlamentarias enviando señales estratégicas desde abajo, no es un oponente a las fuerzas institucionales establecidas. Aislada de las fuerzas sociales y económicas externas, por muy sincera y fuerte que sea la voluntad de "cambiar las instituciones desde dentro", suele ser la institución la que cambia a los recién llegados, bienintencionados o no, convirtiéndolos en poco más que una cantera de recambios para la nueva élite política, reduciéndolos a una impotencia, que, en este caso, ha ido acompañada con un estridente triunfalismo que no se acopla en absoluto a los resultados objetivos.

Uno de los síntomas mas visibles de este proceso de institucionalización fue el paso de la crítica sistémica a la corrupción como único eje de ataque al gobierno de Rajoy. La denuncia de la corrupción per se, incluso tan extendida como está en el sistema político español, siempre va de la mano con la idea de la regeneración del modelo político más que de su derrocamiento. Empuja más bien a un cambio de nombres y rostros que a un desafío sistémico. Una vez en la dinámica de la política regenerativa, Podemos está lejos de estar solo, Ciudadanos ondea la misma bandera y el "nuevo" PSOE de Pedro Sánchez también está allí. Incluso las nuevas caras del PP, parecen muy contentas de reclamar su voluntad de regenerar el sistema institucional y de partidos.

Habiendo perdido casi todo su poder de iniciativa, no debe sorprendernos que Podemos tenga como horizonte firmar un acuerdo de gran alcance con el PSOE para formar gobiernos de coalición para el gobierno local, regional y, eventualmente, el nacional. De hecho, esto difícilmente puede interpretarse como otra cosa que una voluntad de permanecer como una fuerza subalterna del partido socialista en una situación en la que los partidos políticos están todavía muy lejos de un escenario de mayorías absolutas. De hecho, la rama escisionista de Carmena y Errejón no deja de ser una especie de punto avanzado en ese inexorable proceso de venta de la “nueva empresa emergente” Podemos al viejo poder monopolista del PSOE. Bajo el paraguas de Carmena, más del PSOE que el propio PSOE, Más Madrid es fundamentalmente un escaparate para que los “nuevos políticos” se muestren en su plenitud tecnocrática y gestora a sus potenciales compradores socialistas.

No es casualidad que Más Madrid haya surgido en el apocalipsis cortesano que es la nueva política en Madrid. La encarnizada batalla por ganar el favor de Carmena entre Pablistas y Errejonistas, no era sino un trasunto de la batalla por ocupar las mejores posiciones en el aparato de Podemos, controlar recursos y trabajadores, que ha ocupado a tiempo completo a las dos fracciones podemitas, sin que hubiera demasiada diferencia política entre ellas.

Y es que Madrid ha sido un laboratorio en el que se han reproducido las mismas dinámicas pro-neoliberales que han caracterizado a la socialdemocracia durante la crisis, y al PSOE tradicionalmente en España. El gobierno municipal, empezó por capitular a los intereses de BBVA y ADIF para convertirse en promotor de la Operación Chamartín contra el contenido explícito del programa con el que Carmena llegó a la alcaldía, y traicionando el sentido más de fondo de las candidaturas municipalistas.

Y continuó por aceptar sin chistar las exigencias de austeridad del gobierno central, aceptando un recorte casi total de la inversión, a pesar de que las cuentas registran superávit por primera vez en muchos años, impuesto por el gobierno del PP en nombre del articulo 135 lo que hace que el pago de la deuda sea un deber constitucional. Por supuesto, todas estas derrotas, justificadas en nombre de la realpolitik frente al quijotismo de los sectores críticos que pedían una mínima relación entre la política municipal de Ahora Madrid y los elementos políticos de la ola que aupó a Carmena al Ayuntamiento. La socialdemocracia europea rediviva.

El próximo ciclo electoral constatará esta falta de proyecto, esta crisis de estrategia de la nueva política y de implosión organizativa: que nadie se espere una removilización de energías y fuerza social en torno a siglas como las de Unidas Podemos, pero tampoco en formulaciones de centro-izquierda al estilo Más Madrid. No existe, a día de hoy, un proyecto de mayorías; como mucho, pequeñas élites que se entronizan sobre la resaca del ciclo anterior, un ciclo que solo ha dejado una serie de marcas electorales impotentes en el terreno de la transformación social, cada vez más menguadas para afrontar la lucha electoral y subordinadas a la hegemonía progre del PSOE hasta unos niveles rayanos al ridículo. Esto, aclaremos, no significa que de igual el resultado de las elecciones o a quién votar: significa ser consciente de los límites con los que se vota.

Sin embargo, lo más interesante puede conformarse a escala municipal y autonómica (por ejemplo, Madrid en Pie, si finalmente cuaja), en forma de candidaturas en ruptura con la agónica decadencia de la nueva/mala política, que sean conscientes de los límites de la coyuntura, abandonando la retórica vacua de la ilusión electoralista y que planteen el uso del terreno electoral como algo meramente instrumental, que tiene como objeto construir una estrategia basada en la movilización y en la auto-organización de un tejido vivo. Es obvio que esta estrategia requiere unos tiempos que no se traducirán en plazos cortos, pero que pueden ser fundamentales para crear “centros de anudamiento” que rompan con la inercia autodestructiva e impotente de la “mala política”. Se acabó el tiempo de la grandilocuencia y de la mitología de la ilusión y con ello, todo un tiempo político. Es la única certeza que existe a día de hoy.