¿Quién ha ganado las elecciones?

  • Hemos evitado por el momento que gobierne la derecha radicalizada; no es poco, pero eso es todo
  • Más allá del 26M, de lo que hagamos durante esta prórroga dependerá el futuro de España

El peligro era tan cierto que la alegría sólo puede ser grande. Pero la alegría, a bote pronto, mide el mundo desde su propia intensidad y se deja llevar a exageraciones emocráticas [dominio de las emociones sobre la razón] de pescador de truchas: “España es de izquierdas”, “España ha dado una lección al mundo”, “España ha vencido a la ultraderecha”, “España va a contrapelo de Europa”.

Tras celebrar con alivio el resultado de las elecciones del 28-A conviene recordar que sólo hemos obtenido una prórroga; y una prórroga incierta y temblorosa. No es verdad que en España haya una mayoría progresista y de izquierdas ni tampoco que el próximo gobierno de Pedro Sánchez vaya a ser un gobierno transformador. Hemos evitado por el momento que gobierne la derecha radicalizada; no es poco, pero eso es todo.

De la fragilidad de esta prórroga da buena cuenta el modo en que se ha alcanzado. El bloque de izquierdas no supera en votos al bloque de la derecha y, si la izquierda obtiene una clara mayoría parlamentaria, se debe a la aplicación de esa misma ley electoral que siempre hemos criticado y que, en esta ocasión, ha beneficiado al PSOE. Por lo demás, el voto dirigido a la nueva derecha dividida es un voto políticamente más radical, no sólo porque ha facilitado la entrada de Vox en el Parlamento sino porque ha votado las posiciones más radicales de un PP vociferante y de un C’s muy derechizado.

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Aliviados por la mayoría parlamentaria, asumamos enseguida la realidad: respecto de 2016, la sociedad no ha girado hacia la izquierda; se ha dividido y erizado, pero con un reparto de orientaciones muy similar, y con regazos aún abiertos al anti-elitismo destropopulista que Vox ha intentado españolizar. En cuanto al Parlamento, el recién salido de las urnas no sólo es menos de izquierdas –pues en él hay menos Podemos y más PSOE– sino también más de derechas –porque al PP y C’s se suma ahora con 24 diputados un partido franquista de extrema derecha. En estas condiciones el PSOE –más allá de presiones exteriores y tirones desde el interior– estará más interesado en formar un gobierno de oposición “cultural” a la derecha que un gobierno arrimado a las propuestas de Podemos, formación mermada en escaños y desprestigiada en líderes y discursos.

Al mismo tiempo esta frágil prórroga, fruto de una ley electoral poco representativa, es el resultado también de una movilización sin precedentes del electorado. Han sido el voto calculador y el voto de excepción –de abstencionistas responsables– el que ha impedido el triunfo de la derecha radicalizada, de manera que buena parte de los votos del PSOE y de Unidas Podemos son en realidad votos prestados que ambas fuerzas deberían tratar con respeto si quieren aprovechar la prórroga para construir una verdadera mayoría social –o simplemente para no desangrarse en próximos comicios. En este sentido tiene razón Gerardo Tecé cuando dice que “el gobierno no les pertenece”. El voto prestado o instrumental ha sido un voto transversal, democrático, resignado y de contención; un voto que querría otro mundo, otra opción, otros candidatos; un voto que desconfía de Pedro Sánchez y no querría a Pablo Iglesias de presidente del Gobierno. Ambas fuerzas deberían tener en cuenta la voluntad de este voto antes de –respectivamente– cortejar a Ciudadanos o exigir carteras ministeriales.

Tampoco deberíamos olvidar que la frágil prórroga que prolonga la excepción española en esta Europa adversa, resultado de unas elecciones, comienza con otra campaña electoral. Íñigo Errejón la ha calificado de “segunda vuelta”; lo que es seguro es que para la derecha es una “revancha” y acudirá a ella muy motivada. El PSOE no debería fiar sus cartas a la inercia del 28A; Unidas Podemos, por su parte, no debería olvidar que su menguante resultado no es extrapolable a las elecciones del 26 de mayo, donde podría perder aún más apoyos. Las otras fuerzas de izquierdas, municipales o autonómicas, deberían tratar de frenar la tentación de reflujo de los ex-abstencionistas, una vez conjurado el peligro a nivel nacional, con estímulos más positivos que el miedo y la excepción.

La prórroga, digo, es muy frágil. Tenemos un 25% de abstención estructural, asociada a las clases más desfavorecidas, del que la izquierda se ha desentendido y que una ultraderecha más inteligente que Vox podría, sin embargo, interpelar. Tenemos además un reparto muy apretado de votos, y muy volátil, a un lado y otro del restaurado eje derecha/izquierda; en él la “gente común”, la que decide los comicios, no es “clase obrera” o no lo es, al menos, en términos de aurreconocimiento aspiracional. Esa “gente común” –nos recordaba Bernardo Gutiérrez en una indispensable reflexión– “no es necesariamente pobre, (…) tiene mentalidad propietaria” y, a pesar de la crisis, mantiene un “espíritu clasemedista”, lo que explica que “la derecha en su conjunto siga cosechando muchos votos en barrios populares”. Es verdad que el voto de Vox no es ni “obrero” ni “popular”, pero el hecho mismo de que esta idea nos pareciera hasta ayer verosímil da toda la medida de hasta qué punto es más fácil desplazar el eje hacia la derecha que hacia la izquierda.

La derecha radicalizada no teme que “el comunismo” venza, por ejemplo, en el barrio de Salamanca, donde el PP ha barrido por mayoría absoluta, mientras que la izquierda desmañada debe trabajar muy duro para que el destropopulismo no permee Carabanchel, donde el PSOE ha ganado con solo un 31% y Vox ha superado un no desdeñable 11%. La crisis económica y el fracaso del proyecto original de Podemos mantiene sordamente viva en España una veta anti-elitista que protesta menos contra la propiedad de la riqueza que contra la del lenguaje (“las élites de derechas y de izquierdas nos han robado las palabras que comprendíamos”), veta frente a la cual las fuerzas progresistas, si quieren tener alguna oportunidad, no pueden refugiarse en discursos obreristas y -menos aún- cosmopolitas.

¿Para qué aprovechar esta prórroga? De entrada para confirmar el alivio en los comicios del día 26: una victoria probable de la derecha en municipios y comunidades importantes desplazaría el eje a ras de suelo, en esas cortas distancias donde al poder institucional le resulta más fácil interpelar a la “gente común” y construir -o diluir- mayorías sociales.

Más allá del 26M, de lo que hagamos durante esta prórroga dependerá el futuro de España. Al Gobierno de Sánchez, en solitario o en coalición, no se le puede pedir mucho, aunque sí un puñadito de acciones modestas y razonables: ningún guiño a C’s, unos presupuestos decentes, reversión de leyes liberticidas y, sobre todo, un abordaje valiente de la “cuestión nacional española” en Cataluña. A Unidas Podemos, recidiva de la vieja y estéril IU , que aún jugará un papel en nuestras instituciones, tampoco se le puede reclamar demasiado: que presione al PSOE sin alharacas retóricas (algo podrían aprender de Aitor Esteban) y que no se convierta en un obstáculo pétreo para la construcción de nuevas mayorías de cambio. Tenemos solo cuatro años para asentar esa mayoría que hoy es de arena y aire; si la izquierda fracasa –siendo otra vez “de izquierdas”– la derecha que sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso, volverá con más fuerza y para quedarse.