La nueva vieja izquierda ante el abismo tecnológico

  • Propuestas como la “auditoría ciudadana de la deuda” o los aspavientos sobre la salida del euro, presentes en los inicios de Podemos, han dado lugar a una aspiración poco virtuosa

Ekaitz Cancela es periodista. Su último libro es Despertar del sueño tecnológico. Crónica sobre la derrota de la democracia frente al capital (Akal, 2019)

Tres movimientos electorales debieran bastarnos para evaluar la maquinaria que diseñó la izquierda española hace cinco años: yace muerta, no ha producido programas e imaginarios políticos alternativos, como exigía la crisis sistémica del capitalismo —cuyas brechas cada vez son más estrechas—. La socialdemocracia, el dispositivo político que accionó la agenda neoliberal en 1982, ha ganado las elecciones generales casi cuarenta años después triplicando su ventaja sobre el partido que emergía como un laboratorio posnacional para la izquierda europea. Propuestas como la “auditoría ciudadana de la deuda” o los aspavientos sobre la salida del euro, presentes en los inicios de Podemos, han dado lugar a una aspiración poco virtuosa: formar un gobierno que, valga la redundancia, deberá otorgar estabilidad al «pacto presupuestario». Y si bien no se ha producido la revolución fiscal anunciada por los Spanish neocon, el Estado español deberá someterse igualmente a nuevos ajustes. Sea cual sea su color, el próximo Gobierno aplicará el programa de austeridad tras prometer en campaña algo así como una política fiscal expansiva. Tras una década de crisis, las finanzas públicas siguen bajo el examen comunitario —en parte debido a la inestabilidad que provoca la guerra comercial contra China, instigada por Donald Trump, la salida en falso del neoliberalismo en Reino Unido o la precaria economía europea, cuyo foco ahora se encuentra en Italia—. La crisis del equilibrio institucional no se ha resuelto en favor del empoderamiento de la democracia.

Por todo ello no podemos hablar de “ganadores” tras el 28A, y mucho menos en la izquierda; el eje político español sigue en la órbita de la derecha alemana. A lo sumo se ha minimizado temporalmente la cifra de perdedores (la clase trabajadora, el 99 por 100 de la población), desde un punto de vista histórico no es extraño que el autoritarismo medre en situaciones de excepción o los movimientos fascistas que se oponen a su homólogo liberal lleguen al poder. Aunque, ciertamente, la governance neoliberal en España ha sido tan autoritaria en las últimas décadas que la sociedad española ha desarrollado una suerte de Síndrome de Estocolmo. En este contexto, cualquier promesa de futuro vulgar a la que agarrarse para no transformar radicalmente la estructura económica, como la revolución tecnológica, bastará a nuestros líderes para seguir exigiéndole sacrificios a los desheredados. Las condiciones materiales no mejorarán en los próximos años. En cambio, la explotación que acarrea el capitalismo neoliberal se hará más sutil, o invisible, gracias a las ubicuas tecnologías digitales.

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En cierto modo, sólo quedan dos opciones políticas para cualquier formación de izquierdas: competir en el cada vez más salvaje mercado electoral hasta el desfallecimiento o innovar en la impugnación sistémica y aprovechar las oportunidades presentes en este ciclo de cambio. No seamos ingenuos, la última bala se ha quemado con el salario mínimo: no existe gasto público disponible a ojos de la troika (el endeudamiento alcanza el 97,1% del PIB) para salvar los muebles con otra jugada maquiavélica. Por eso, este amago reciente de empate catastrófico debiera llevarnos a reflexionar sobre algunas premisas de la nueva izquierda. Pero, sobre todo, a plantearnos cuál debiera ser la agenda de las fuerzas progresistas en el presente y si se deben buscar nuevas explicaciones a esta coyuntura para diseñarla.

En relación a la primera cuestión, basta señalar las conclusiones de un estudio del Instituto Rosa Luxemburgo que realizaba una amplia genealogía sobre la situación de la izquierda patria: “cómo batallar por la hegemonía cultural sin quedar atrapado por los valores dominantes, cómo forjar herramientas organizativas efectivas y democráticas, cómo construir amplios bloques sociales para ganar elecciones superando divisiones preexistentes, o cómo combinar las diferentes estrategias de cambio político.”

En términos brutos, estas dos últimas cuestiones quedaron reducidas a cenizas tras Vistalegre II debido a una disputa por el poder dentro del Buró —y también por desavenencias ideológicas en relación a los debates del día a día, como nos muestra la política comparada—. Grosso modo, la decisión del partido de acudir a la batalla electoral con un bloque que se declaraba izquierdista (o materialista, es decir, IU) provocó una pavorosa desbandada en la filas errejonistas del partido. Estos criticaron el viraje hacia posiciones menos populistas (el pablismo cree que la “venta de oportunidad” se ha cerrado y que la geografía izquierda-derecha vuelve a explicar algunas conductas políticas), rechazaron la estrategia de uno de sus intelectuales orgánicos y terminaron proponiendo una “triple brújula” como oposición populista “incomprendida” al bioproducto ultraderechista y franquista surgido durante esta crisis: “la transformación aquí y ahora de la vida de la gente, la inequívoca vocación de mayorías y la inmediata vocación de gobierno”.

Hemos de señalar que la moda intelectual populista se ha ido adaptando a los acontecimientos sin hacer gala de mucho rigor empírico. Hace menos de un año, en compañía de Chantal Mouffe, Iñigo Errejón dudaba de que “en España haya riesgo en el corto plazo de una formación populista de extrema derecha antinmigración”. Después de las elecciones argumentaba que “una cierta izquierda cultural” tenga “una especie de gusto por regodearse en la catástrofe que venía con Vox”. Aunque estos discursos, o sus think-tanks, puedan parecer innovadores (en términos epistemológicos), en realidad no lleva aparejados acción práctica alguna para la transformación del orden actual de las cosas. Siendo benévolos: estamos ante reproducciones de los modelos institucionales del pasado mediante nuevos medios retóricos.

Conceptos como ‘pueblo’ o ‘nación’ (la famosa “línea nacional-popular”) —y probablemente también ‘clase’— se encuentran obsoletos y no contribuyen a inaugurar recintos nuevos de lucha. Los discursos populistas no desentrañan las relaciones de poder contemporáneas. Más bien, como hemos visto en la campaña electoral de Madrid, esta estrategia solamente las enfrenta desplazando “la frontera izquierda-derecha”, o sencillamente los conflictos históricos entre las distintas formaciones sociales, y colocando a los ciudadanos ante una vulgar jugada que empieza y acaba en las urnas.

Hemos visto que, llegada la campaña, los rivales dejan de ser “las élites” y en su lugar se atacan las agendas de las derechas del capital, ya que “movilizan el voto progresista”. En ese mismo instante, “la transversalidad” adquiere sus expresiones más obscenas: desde mostrarse como la opción sensata, como en actos de campaña con las calcomanías de Andy Warhol del circuito cultural madrileño (aquellos que recurrieron a sociedades ‘offshore’ tras sus primeras películas) hasta negar que los bancos sean responsables de los desahucios en foros empresariales en el Hotel Ritz. Además, como muestran los abrazos al feminismo y la obscena deriva de Ahora Madrid con los movimientos que los llevaron al poder, la relación entre la inteligencia técnica de la nueva izquierda con las estructuras sociales es meramente parasitaria (son útiles en términos políticos si sus energías sirven para llevarles en brazos a las instituciones, abandonándolas una vez llegados al poder), y corrosiva (silencian las voces radicales de las activistas en detrimento de simples competidoras políticas y demás figuras mediáticas).

Por otro lado, las prácticas burocráticas del sector más fiel al espíritu institucional del comunismo, antiguos o actuales militantes del PCE, tampoco han sido capaces de entender la experiencia del presente, la cual ha abierto la puerta a pensar en rediseñar las estructuras políticas centrales de la democracia desde una perspectiva radicalmente participativa, o incluso descentralizada. No hace falta más que fijarse en sus partidos (tan dependientes de la personalidad de sus líderes como contaminados de pseudo-revolucionarios culturales que entienden la autocrítica como un aparato para humillar a los enemigos internos) a fin de entender que la conclusión más relevante que extraer no es “Unidas Podemos, dispersas no”. Más bien, hubiera que decirse, se ha confundido la “oportunidad social” con los intereses de una facción.

Es compresible que la agotadora y fetichista competencia electoral dificulte la experiencia del despertar, pero hemos de entender que existen importantes transformaciones en curso a tener en cuenta. De hecho, estas se encuentran ampliamente relacionadas con repensar la práctica contrahegemónica y la creación de bloques sociales o mecanismos políticos constituyentes sobre los recursos colectivos. Nos referimos, en efecto a las oportunidades escondidas en las tecnologías digitales para avanzar en programas económicos transformadores o escapar a la rutina post-política del “me gusta”. A día de hoy se trata de pensar en cómo transformar las reglas de poder y producción a fin de entregar a los ciudadanos mayor capacidad a la hora de solucionar sus problemas mediante métodos ajenos al mercado. Atacar la economía colaborativa apoyando a los taxistas puede parecer un buen paso, pero para comprender la sociedad y las organizaciones laborales en la que estas lógicas se inscriben estos cambios hemos de remontarnos a “la crisis política abierta en 2011”, como propone la intelligentsia autonomista, aunque teniendo en cuenta una lectura económica algo más genuina sobre los cambios estructurales acaecidos en los últimos nueve años.

Tras el estallido de la crisis, cuando las plazas se llenaron de activistas entusiasmados con las prácticas revolucionarias que facilitaban las redes sociales, los grandes capitales que habían salido impunes de la crisis desplazaron buena parte del capital hacia un localización geográfica llamada Silicon Valley a fin de ensayar una segunda salida al derrumbamiento del sistema capitalista (la primera había sido la ‘solución final financiera’). En pocos años, unas cuantas firmas tecnológicas fueron adueñándose de la infraestructura digital global sobre la que se erigen las sociedades contemporáneas. Esto es, extrajeron y procesaron buena parte de los datos del mundo para diseñar una economía relativamente nueva (digital, postindustrial…), que permitiera al sistema capitalista continuar con su camino hacia ninguna parte (al final de este viaje, sólo existe la autodestrucción debido al calentamiento global).

En resumen, el viejo mundo no se desvaneció, y en cierto modo tampoco lo hizo “el espíritu del 15-M”. Más bien, la clase dominante sobrevivió al interregno (una crisis económica y política histórica) mediante el uso de las tecnologías digitales, innovadoras en lo que respecta a facilitar algo parecido a una revolución pasiva, aunque alejadas de dar respuestas a los problemas sociales que se pusieron de manifiesto en la Puerta del Sol. Así ocurrió que, mientras las masas se sumían en un presente precario y actualizado constantemente mediante algoritmos, las corporaciones tecnológicas lo disrumpieron todo. Incluida la lógica política contemporánea.

Por eso, un dato paradigmático a la hora para valorar la salida (dialéctica) a la tensión entre hegemonía cultural y posmodernidad podríamos buscarlo en la reciente campaña electoral, pues evidencia cómo el sentido común de época se ha instalado en quienes no sin cierta arrogancia creyeron estar ensayando su transformarción. Básicamente, el uso que en su inicios hizo Podemos de tecnologías como Appgree o Reddit o su propuesta de garantías a “la inviolabilidad de las comunicaciones personales privadas” ha desembocado en la dependencia sobre canales privados como Facebook y Google. Estas plataformas no sólo reproducen la brecha económica en directo en nuestros dispositivos y ejercen una fuerte violencia simbólica, sino que asumen funciones básicas de los Estados.

En efecto, este es el único acento que debe ponerse sobre “el poder que tienen las élites”, y su relación con los medios de comunicación no sólo debe buscarse en los accionariados, compuestos por bancos o fondo e inversión, sino en los medios de creación de feedback en propiedad de las empresas tecnológicas. Este es el argumento que no encuentra enemigos en frente, no las cloacas del Estado. Si se problematiza la propiedad de las infraestructuras digitales, no la de los medios de comunicación, “la época del acontecimiento” no parece algo tan difícil de prever: la dirección de los acuerdos institucionales básicos, buena parte de los conceptos que circunscriben nuestras prácticas rutinarias o discursivas desde hace cuarenta años, así como los conflictos contra los efectos desestabilizadores que provoca el sistema o la tecnología, están siendo determinados por el poder privado de las grandes corporaciones (ahora tecnológicas) para asegurar que el capitalismo se mantenga a flote.

No se trata de trazar la historia desde el siglo XVI, ni mucho menos hacer gala de un desarrollado materialismo dialéctico, para realizar un “análisis concreto de la situación concreta”. Para comprobar que nos encontramos ante un momento único sólo hemos de fijarnos en esa distopía de que líderes de izquierdas que concurren a las elecciones paguen enormes sumas de dinero (en el caso de Unidas Podemos, una inversión de casi 1,5 millones de euros) a una plataforma en propiedad de Mark Zuckerberg. Digamos que las redes sociales y el big data han sustituido a la estrategia mediática electoral. Incluso a la hora de difundir la que ha sido la mayor desilusión de los esperanzados con los medios de comunicación de masas. En tan solo cuatro años, este partido ha pasado de sacar rédito político en los burdeles culturales organizados por las grandes empresas televisivas a criticar a sus presentadores en directo y después atribuir intenciones conspiranoicas a empresas como WhatsApp. Seamos serios, votar desde el teléfono móvil ha roto su promesa de innovación para recuperar el poder público. Y aunque parece que lo único que no ha sido disrumpido es la mediocridad intelectual de los rivales a su derecha, a quienes un mero debate público puede hacer perder miles de votos, esta ventaja no durará mucho sin una comprensión más amplia sobre la economía global y la relación de las multinacionales españolas con las empresas de Silicon Valley.

No obstante, algunos reputados filósofos (aún en un filtro burbuja de cristal) han preferido dedicar su labor intelectual a reivindicar los giros discursivos más exitosos en esta campaña por considerarlos propios del talante errejonista. Este argumento parece propio de un capítulo de Black Mirror, ya que toda su reflexión sobre el revolucionamiento de la producción es una crítica al "monopolio estratégico” de un candidato. Aunque no están solos en su visión sobre el viejo mundo. La propuesta de que los bancos no tengan acciones en los medios de comunicación sin una comprensión amplia de la economía política de las comunicaciones muestra la anquilosada manera en que la izquierda se acerca a los problemas actuales y dejan pasar una buena oportunidad para presentar iniciativas estratégicas más ambiciosas. Una breve muestra de esta nula compresión del presente: Facebook tiene licencia para operar con tecnología financiera, negocia con los grandes bancos estadounidenses la entrega de los datos de sus clientes para especular de manera personalizada con las condiciones de vida de cada usuario e influye en los medios de comunicación (y, por ende, en la opinión pública) de una manera mucho más importante que el Banco Santander o BBVA.

En este mundo, uno en el que Facebook emerge como un banco central del capital social, las “multitudes inteligentes” no son otra cosa que usuarios atrapados en esas infraestructuras de inteligencia artificial que han generado la rápida extracción de datos. Y, desde luego, la creación de sujetos activos en términos político (“y, en ocasiones, sujetos emprendedores”) implica entregarles el control de acceso a las tecnologías de comunicación que facilitaron el “¡Pásalo!”. Necesitamos propuestas mucho más radicales que parar el cierre de fábricas o astilleros para luchar contra el poder de las firmas tecnológicas y emancipar a quienes en algún momento se agruparon como clases proletarias. Sólo teniendo en cuenta esta nueva geografía, y aunque sea una tarea harto complicada en la que serán necesarias enormes dosis de esfuerzo y pensamiento antisistémico, emergerán algunas respuestas al viejo ¿Qué hacer?

En primer lugar, el vínculo entre los conflictos radicales sobre el dominio del Estado y la base social debe resolverse con una propuesta de crecimiento económico estable y con políticas industriales que aseguren el control de todas las infraestructuras básicas en la civilización digital. También la turbulenta economía global y el inestable orden geopolítico deben llevarnos a recuperar las propuestas de “soberanía tecnológica”, como aparece mencionado en el programa de Unidas Podemos, pero desde una perspectiva europea. Pero serán necesarias otras muchas reformas institucionales (distintas a los modelos comunistas, como democratizar la información dentro y fuera de los márgenes del Estado) para asegurar la colaboración de los ciudadanos en la planificación económica gubernamental. Hacer que las instituciones fundamentales de la sociedad estén disponibles para una revisión regular (en lugar de excepcional o revolucionaria) es algo hasta en lo que hasta parece mostrar interés Perry Anderson.

Por concluir, y convirtiendo en pregunta la afirmación de uno de los teóricos más en forma de este presente, “¿podemos imaginar un mundo futuro alternativo que no perciba las condiciones sociales como un grabado en piedra que debe ser aceptadas y ajustadas mediante las últimas tecnologías?” Claro que podemos, pero hemos responder a esta experiencia histórica abandonando algunos guiones sociales escritos hace siglos y entregar a los ciudadanos el poder público para inventar prácticas de organización e instituciones que contengan cualidades auténticas. Democracia o comunidad son principios que se deben reivindicar contra quienes le han dado una forma práctica que no sirve para realizar ninguno de esos ideales. Un proyecto radical debiera estar a la vuelta de estas elecciones. Y debiera ser extremadamente utópico, pues nunca antes en la historia ha existido un ciclo de cambio o un contexto (per)formativo como el actual.