Poder y muerte en el mundo árabe

  • En toda la región, la muerte es un recurso habitual de mantener el poder o para alcanzarlo
  • Los líderes de toda la región han convertido la creación chivos expiatorios, en quien descargar la frustración acumulada, en una necesidad imperiosa

El mundo árabe se presenta ante nosotros como una aporía. Un universo con lógicas internas aparentemente insuperables y que a menudo se traducen en tragedias que suprimen la humanidad de cualquier observador. ¿Quién entre nosotros no ha normalizado,o al menos adoptado, una actitud indiferente frente a muchas de las tragedias que cada día nos llegan de la región árabe? Robert Greene decía que “la sensación de no tener poder sobre las personas y los hechos puede resultarnos insoportable: cuando nos sentimos desvalidos nos sentimos miserablemente mal”. Es una visión sombría de poder sin duda, no obstante le es perfectamente aplicable al mundo árabe en la actualidad. La visión patrimonial combinada con una concepción trágica del poder ha dado al traste con toda tentativa de avance en la región. Los gobernantes árabes, incluso cuando muestran cierta debilidad, en realidad no hacen más que reproducir con admirable sutileza el principio napoleónico: “Cubre tu mano de hierro con un guante de terciopelo”.

En la actualidad, los regímenes árabes y las organizaciones paralelas a ellos han acumulado tanto poder arbitrario que hacen que cualquiera pueda verse reducido al estatus de un objeto despojado de su humanidad y dignidad. Simon Weil decía: “Un hombre desarmado y desnudo sobre el cual se dirige un arma deviene cadáver antes de ser tocado”. Esta premisa explica a la perfección lo que hoy en día les acontece a las sociedades árabes. La gente ha perdido el control sobre sus vidas, carece de voluntad y su discurrir por la vida entraña más riesgos que certidumbres. A lo dicho hay que añadir un nivel de degradación moral y ética inescrutable. En paralelo discurren vidas cuya existencia “la muerte ha congelado largo tiempo antes de suprimirlas”, me refiero, claro está, a las mujeres, esa otra mitad que padece la muerte social.

Actualmente, en el mundo árabe la vida y la muerte son las dos caras de la misma moneda, conforman y determinan el sentir colectivo y social. Vidas extremadamente angustiadas que acaban ilusoriamente confiriendo a la muerte la categoría de liberación. La existencia en el mundo de los vivos se hace tan penosa e insoportable que el mundo abstruso de los muertos se convierte en la única emancipación verdaderamente eficaz. El final de este camino no puede ser otro que una población que deambula su existencia como si de muertos vivientes se tratara y unas élites que la parasitan tiranizando lo humano y lo divino.

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Bajo el yugo de los regímenes sultánicos árabes, la gente vive en un sistema totalizante careciendo de “personalidad jurídica”. Al estar sujeta a normas de un poder descendiente tampoco posee “personalidad moral” y mucho menos una “individualidad diferenciada”. Siglos de adoctrinamiento y décadas de gobiernos despóticos han creado una personalidad colectiva propensa a colectivizar la tragedia donde el sentir común es el regocijo en el victimismo y la autoflagelación. En definitiva, una mentalidad que arrincona cualquier atisbo de iniciativa transigente capaz de vislumbrar horizontes esperanzadores más allá de la cosmogonía y la mitología hegemónicas y homogeneizantes encumbradas como verdad sagrada incontestable.  

Necrofagia, necromanía y sus consecuencias

En la actualidad todos los regímenes árabes mantienen la pena de muerte en sus legislaciones; aunque algunos llevan más de 10 años sin aplicarla, la amenaza persiste, sin ir más lejos en marzo de 2017 Jordania ejecutaba a 15 personas acusadas de terrorismo a la vez que mantenía a 94 personas en el corredor de la muerte. Apenas un año después, en junio, Irak ejecutaba a 13 miembros del ISIS. El país del Tigris y el Éufrates atrapado en un círculo vicioso de violencia, consecuencia de una aventura delirante del trío de las Azores es hoy por hoy incapaz de ofrecer un mínimo de coherencia estatal. Sus habitantes viven atrapados entre la violencia atroz de grupos paralelos al Estado como el ISIS y antes al Qaeda y un Estado al borde de la extenuación.

Siria, hasta hace poco considerado país estable, lleva sumido en la tragedia desde marzo de 2011, una cruenta guerra donde se están ensayando las últimas tecnologías del arte de matar. El ISIS, por ejemplo, ha convertido la muerte en un espectáculo macabro, cuyo único fin es sembrar el terror en los corazones y las mentes, llevando así el miedo a límites desconocidos hasta el momento. La respuesta del Estado sirio tampoco deja mucho margen a la esperanza, el régimen de al Asad ha creado su propio grupo paramilitar: chabbiha -escuadrones de la muerte- que bajo el lema “o Asad o quemamos el país” han sembrado el terror en la población civil. Todo sospechoso de ser opositor al régimen de Bachar al Asad es susceptible de ser apresado, torturado y asesinado sin contemplaciones. Por supuesto estos no son los únicos bandos implicado en el conflicto bélico sirio. La población siria lleva ya más de ocho años atrapada en una guerra fratricida a la que no se vislumbra aún un final en el horizonte.    

Egipto, el país de la revolución de Altahrir, inauguró 2019 con nueve ejecuciones. Asediado por las insalvables diferencias entre un ejército incapaz de ceder un palmo de poder y los Hermanos Musulmanes, inflexibles ante cualquier concepción de una sociedad al margen de una moral rígida, hicieron que finalmente el país del Nilo sucumbiera. En julio de 2013 el ejército liderado por Abdul Fatah al-Sisi daba un golpe de Estado, destituía el presidente elegido democráticamente, suspendía la constitución y comenzaba así una purga que dura hasta el día de hoy.     

El 24 de abril, Arabia Saudí volvía a ser noticia por haber ejecutado a 37 personas. En el caso de una de ellas, después de haber sido decapitado su cuerpo fue crucificado y expuesto en la plaza pública a modo de trofeo. Cabe señalar que en lo que va del año, en el reino saudita el número de ejecutados ronda el centenar. En el país ultraconservador, la muerte se ha convertido en espectáculo al que la gente es conducida para ver las ejecuciones en la vía pública. La muerte cruel no se vive como pérdida sino como glorificación del soberano. Desde que el actual monarca Salman y su hijo Mohamed Bin Salman se han hecho con el control del país, y establecida la “política de la firmeza”, las ejecuciones tanto judiciales como extrajudiciales se han sucedido de una forma alarmante: todos recordamos la muerte atroz del Jamal Khachoggi en la embajada en Estambul. Tampoco podemos eludir la guerra de Al Saud en Yemen, una guerra, según Save The Children se ha saldado ya con la muerte de 84.700 niños, nos podemos ni imaginar el número total de las víctimas.

En Sudán, las cosas no son muy diferentes, el lunes día 4 del mes en curso, el ejército volvía a las andadas asesinando a 101 de los acampados frente al cuartel general del Consejo Militar de Transición (CMT). Los acampados exigían el establecimiento de un gobierno civil, una demanda que el ejército y sus aliados –Egipto y Arabia Saudí, aunque no solos- no ven con mucho agrado. Según el Comité Central de los Médicos de Sudan (CCMS), 40 de los asesinados habrían sido arrojados al Nilo, lo que indica que el número de víctimas es, sin duda, mucho más elevado.

Estos son apenas algunos ejemplos de cómo la muerte es utilizada y consumida como modo recurrente. En toda la región, la muerte es un recurso habitual de mantener el poder o para alcanzarlo. Desde el Océano Atlántico al Golfo Pérsico no hay ninguna sociedad que se haya librado del terror. La lealtad para los regímenes árabes se fundamenta en la obediencia ciega y absoluta. Por supuesto, dicha práctica genera un efecto bumerán que les es devuelto en forma de violencia extrema: la muerte cruel y vengativa de Moammar Gadafi, Sadam Husein y de Ali Abdellah Saleh, expresidentes de Libia, Irak y Yemen consecutivamente así lo atestiguan.

Los regímenes despóticos árabes han hecho de la sospecha su modus operandi, cualquiera es percibido como potencial culpable hasta que demuestre lo contrario. Los líderes de toda la región han convertido la creación chivos expiatorios, en quien descargar la frustración acumulada, en una necesidad imperiosa; el objetivo, por supuesto, no es otro que legitimar el status quo y la desviación de la atención de los problemas enquistados, y a los cuales son incapaces de dar respuestas. La obsesión casi enfermiza por la dominación ha creado un grado de control asfixiante y que trasciende los cuerpos y alcanza las mentes creando así una mentalidad social que roza la caquexia.

Un verdadero cambio en el mundo árabe, hoy en día, no puede basarse únicamente en una transformación política; de ser así se seguiría reproduciendo el mismo sistema. Hoy más que nunca es necesaria una revolución de mentalidades. La región solo puede salir del pozo en el que está atrapada si es capaz de darle un nuevo significado al sentido mismo de la vida situándola en el centro de toda acción social y política. La región precisa de un enorme esfuerzo intelectual, y que necesariamente pondría a sus sociedades patas arriba enfrentándolas a sus propias contradicciones. Mustafa Hijazi decía que “no es posible avanzar cuando salvar la vida es la base de cualquier acción”. Es del todo inconcebible la construcción de una sociedad verdaderamente armoniosa cuando la sospecha y la desconfianza hacia el otro es la norma.